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Martes, 23 de Julio del 2019
Viernes, 05 Febrero 2016

EL Viaje (Final) a Ninguna Parte. La cosa está mal, pero que “mu” mal

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Tengo que admitir públicamente que no conozco, en mi vida cotidiana, la palabra aburrimiento. Y eso que desde hace algún tiempo no desarrollo ninguna actividad –remunerada o gratis et amore- por cuenta ajena, salvo esta del escribir, que en España ya se sabe que es llorar y, en los últimos tiempos, a lágrima viva.

Consagro mis días –y mis noches- al placentero dolce fare niente, esa suave y musical expresión italiana que alude a dejarse llevar por la contemplación ensimismada (¿quizá habría que decir entimismada?) del lento transcurrir de las horas, sin obligación alguna impuesta por persona o circunstancia externa a uno mismo, como debe ser. Pero –insisto- no me aburro.

 

Y no me aburro –aunque ya llevan tiempo aburriendo- a pesar de Pedro Sánchez y de Mariano Rajoy (ese par de calamidades que han coincidido por infausto y azaroso designio del destino –siempre he sido determinista- en esta desgraciada coyuntura); porque, ¿qué habrá hecho España, esta España mía, esta España nuestra, para merecerlos? A Rajoy le ha dado miedo el morlaco, no ha querido pasar por el seguro desaire de la sesión de investidura del Congreso e, insólitamente, le ha dicho NO dos veces al Rey, se ha echado a un lado, dejando paso al atrevido malandraque, temerario e inconsciente banderillero debutante, que, extrañamente jubiloso, las va a recibir todas en el mismo sitio. Lo que pasa es que es más que probable que la jugada acabe amortizando y jubilando a Rajoy para siempre y desarbolando al voluntarioso y esforzado pero torpe y bisoño aspirante, al tiempo que los palos harán sangre donde más duele y la herida está más viva: en el propio toro de Osborne, imagen de esta desventurada España nuestra a la que entre todos la mataron y ella sola se murió. Sus numerosos enemigos exteriores no pudieron con ella, pero se encargó de darle la puntilla el cainismo de sus propios hijos. ¡Ah, si Machado levantara la cabeza y volviera a contemplar la resurrección, o el despertar, mejor, de las dos Españas que nunca estuvieron del todo muertas!.

 

Pedro Sánchez no va a conseguir formar gobierno, y mejor que no lo consiga, porque, aunque el éxito acompañara su gestión y dentro de un mes tuviéramos un gobierno presidido por él y vicepresidido (sic) por Pablo Iglesias, sería un gobierno de efímero recorrido que sólo nos traería más inestabilidad y más trastornos para el país, más sufrimiento y más dolor. De momento, el secretario general del PSOE, ya tiene el juguete, y el pase a la posteridad garantizado. El niño grande tiene permiso real para empezar a jugar e intentar auparse a la cima del pesebre permanente en el que ha fundamentado su hasta ahora mediocre carrera profesional y política, gris, tópiquera, vacía y teórica, junto a otros que aspiran al cielo y que, de momento, mejores charlatanes, con más sentido de la oportunidad y retórica y dialéctica más brillantes, se han acercado a él ocupando el gallinero del Congreso de los Diputados. Pedro Sánchez es político crecido en el endogámico pesebre sociolisto de los Zapatero y sus venus de las pieles, Bibiana Aído, Leire Pajín, Trinidad Jiménez o Elena Salgado, por citar algunas, que otras me dejo, porque hubo más. España está en una tesitura tremenda de la que, en función de cómo se sustancie, dentro de unos años podrían hablar los libros de historia como hoy hablan de la crisis de 1898.

 

No creo que Pedro Sánchez, ni Mariano Rajoy, sean la solución, una solución que desde mi punto de vista pasaría más bien por esa gran coalición a la alemana (¿o es que son tontos los alemanes o menos demócratas y por eso se les ocurre a ellos?), coalición que tanto les repugna a muchos, y no sé muy bien por qué. Esto ya lo dije en otro artículo hace unas semanas. Una coalición con dos patas bien robustas, P.P. y PSOE, lijadas, saneadas, bien ceñidas y escrupulosa y celosamente vigiladas por un tronco sano y pujante, sin historia, sin historias ni complejos de ninguna clase: Albert Rivera (que podría ser el presidente del gobierno) y sus ciudadanos, con planteamientos regeneracionistas a lo Joaquín Costa, y sin dejar pasar ni una. Más de 250 diputados para un tiempo de emergencia nacional en el que hay que salvar a España, sin más elecciones que sólo van a complicar aún más el desbarajuste actual. Para eso hace falta unión, altura de miras, generosidad y firmeza para cortar, sin contemplaciones, doscientas o trescientas cabezas de cabrones. El rebaño de pacíficas ovejas lo agradecería.

 

De momento, si pudiera, me iba de España…emigraba. Este es un país con mucho pasado, pero parece que sin demasiado futuro…Me iba al Reino –UNIDO- de la Gran Bretaña, un país respetable que se hace de respetar…

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