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Viernes, 28 de Julio del 2017
Viernes, 02 Diciembre 2016

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Hay gente que, en su modestia, merece ser recordada

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Romeo Romeo

CLR/Bartolomé Marcos.

Al cabo, la vida se resuelve en cuatro capítulos mal contados (y eso si hay alguien que los cuenta) y dos que buena o malamente se recuerdan.

Pues bien, uno de esos capítulos en mi vida tiene nombre y apellidos: José Piñera Ballester, un nombre y dos apellidos que a casi le dirán nada, ni en Cieza ni –menos aún- en el resto del mundo, pero también un nombre que a bastantes les sugerirá mucho y que a otros les recordará alguno de esos capítulos de su vida aparcados quizá en la memoria por las urgencias cotidianas, si les decimos que José Piñera Ballester, que murió en Cieza un 18 de Octubre del año 2003, hace ya más de trece años, no era otro que Romeo, el Rey del Río, adusto, severo, melancólico y peripatético personaje, caballero sempiterno de a pie, infatigable senderista que, transcurridos muchos años desde que se fuera sin despedirse, sigue silenciosamente reclamando un modesto homenaje. Hasta a mí me lo dio hace poco más de una semana la asociación fotográfica Photo3 por mis trabajos durante más de veinticinco años con la imagen dinámica. Bueno pues Romeo, el Rey del Río, lo merece más aún, aunque por razones diferentes.

 

Gran senderista sin escuelas, nadie conocía como Romeo los caminos, veredas, vericuetos, atajos y senderos, de los alrededores de Cieza; los más próximos, eso sí, pues que a todos se desplazaba siempre a pie desde el pueblo, rodeado de pequeños mozalbetes que veíamos ante nosotros el pequeño promontorio del Cabecico Raya como si fuera un inaccesible y descomunal Almorchón (por lo menos). Conocimos Cieza y su entorno de la mano y bajo la guía de nuestro casi siempre ensimismado, misterioso e irónico mentor José Piñera Ballester, Romeo. Fortalecimos al tiempo nuestras piernas: en los cuerpos estilizados y fibrosos de aquellos niños que vivían casi siempre en la calle, no había espacio para la grasa. Muchos –bajo su inapelable sistema de inmersión, consistente en empujarte sin más hasta el centro del río- aprendieron a nadar –y guardar la ropa- en las rápidas aguas del Segura.

 

Aunque lo suyo era la paz y hombre de paz siempre fue, José Piñera Ballester, Romeo, el Rey del Río, hizo la guerra en la División Azul y fue más de media vida funcionario municipal de los que funcionaban, cuando los funcionarios del Ayuntamiento, como los capítulos de nuestra vida, eran cuatro mal contados: él, Solita, su esposa (que también murió hace unos años, después que Romeo), Lagardere, Martínez Morcillo y - como él decía, hasta los últimos días de su vida- Vaso, el interventor. Gracias a Romeo, que no merece el olvido (como casi nadie lo merece, por otra parte), varias generaciones de jóvenes ciezanos descubrimos el río, ese prodigioso milagro de la naturaleza que se renueva y sigue ahí cada día, curso abajo, como nuestra vida. Por entonces no había cursos ni cursillos de natación, ni piscinas en Cieza, salvo las balsas del esparto, y los escuálidos renacuajos de la postguerra tenían que aprender a nadar en aguas bravas. Ninguno se le murió a Romeo, ninguno se le desgració. Sin títulos oficiales para ello, sin pedir nada a cambio, Romeo inició a centenares de ciezanos , ya digo - por el sistema de inmersión directa en las aguas de un Segura que él volvía seguro- en la práctica de la natación, que Romeo dominaba como un Johnny Weismuller nacido en el secano. Allí, a la vera del Cabecico Raya y a la sombra protectora (que de tan discreta pasaba inadvertida) de un Romeo cuyo pseudónimo sigue siendo una incógnita para mí porque él se llamaba Pepe, colocábamos en las vías del tren “perros gordos” o “perras chicas” (¡ojo!, monedas de diez o cinco céntimos de las de entonces, respectivamente), para esperar a que pasara el tren Rápido Madrid-Cartagena y poder comprobar después el despachurre de la moneda, efigie ecuestre incluida del Generalísimo sobre modesto aluminio…¡qué gozada! Nos acercábamos hasta la estación del ferrocarril y subíamos en los trenes que hacían maniobras de enganche y desenganche de vagones. Al caer las tardes, cansados y contentos, bajábamos de nuevo a casa entre oliveras e hiladores, a comernos el sabroso bocadillo de sobrasada sentados en el poyo de nuestra casa mientras leíamos el último tebeo del “Guerrero del Antifaz”, “Roberto Alcázar y Pedrín” o “El capitán Trueno”, o, tal vez, el último “Hazañas Bélicas” que habíamos cambiado en “la casetica”. Romeo fue mentor y guía sin doctrina, tutor y avanzadilla atlética de nuestras excursiones infantiles, pionero del feliz descubrimiento de la riqueza natural inmerecida que atesora este pueblo.

 

Además del río –su gran pasión- Romeo era un cinéfilo fiel, un experto y sabio ajedrecista y un incondicional de las tertulias del Casino. Aficiones, afanes y pasiones sin estridencias, sin desbordamientos. Apuesto, elegante y flemático como un gentleman, cuando se acabó su vida laboral, cuando le cerraron el cine y cuando se le acabó el Casino, Romeo sobrellevó la pérdida de horizonte vital que todo ello supuso con la aparente indiferencia de un estoico. No sabía vivir de los recuerdos, no le bastaba. La vida, probablemente, aun habiéndole sido generosa en años (86 contaba a su muerte), se le había acabado hacía tiempo, antes de que se consumiera definitivamente un 18 de Octubre, sábado, de 2003. Aunque aún vivía su esposa, su hija o sus sobrinos, el mundo le había arrebatado su mundo; su río, su Casino, su línea del horizonte…

 

Hola, Romeo, amigo…yo aún recuerdo al hombre que –sin tener ninguno propio- tuvo tantos hijos.

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