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Miércoles, 26 de Julio del 2017
Sábado, 26 Noviembre 2016

El asunto Barberá

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Rita Barberá ha muerto. De forma inesperada, a una edad aún temprana, la veterana política valenciana no pudo recuperarse del infarto que sufrió el pasado miércoles. El hecho desnudo es éste: la muerte de una persona, siempre inesperada, siempre demasiado temprana.

Lo malo, lo peor, es el circo impúdico que se está montando alrededor de dicho fallecimiento. Tan descontrolado que ni siquiera se ha respetado esa costumbre tan española de alabar al difunto como una buena persona, contar sólo lo bueno de él.

 

No es necesario que hable a mis lectores sobre quién era Rita Barberá. Ya se ha encargado durante decenios la prensa hispana de hablar de esta mujer que ejemplificaba como nadie el epíteto de animal político. De hablar bien y de hablar mal. De alabarla y de denostarla. Lo cierto es que la señora Barberá era una de las políticas más influyentes del país. Y su actividad al frente del ayuntamiento de su amada Valencia le valió, durante mucho tiempo, el apoyo de una mayoría incluso aplastante del electorado valenciano. Por algo tuvo que ser.

 

Pero después llegaron los días aciagos. Los escándalos por corrupción empezaron no ya a salpicarla, sino a girar a su alrededor, convirtiéndola en ojo del huracán del escándalo político que afectaba a prácticamente todos los ámbitos de su partido en la Comunidad Valenciana. Hasta tal punto que, o se trataba de la tan manida conspiración de sus enemigos políticos para derribarla o algo, incluso mucho, de verdad, había en las acusaciones que recibía desde todos los ámbitos. El rechazo hacia ella fue aumentando. Cuando además, y a pesar de ganar las elecciones, tuvo que abandonar su adorada alcaldía ante la coalición de todos los demás partidos, su estrella política comenzó a apagarse. Hasta el punto de que sus amigos, al menos muchos a los que ella así consideraba, empezaron a alejarse, a evitar que les viesen cerca de la otrora reina de Valencia y ahora vergüenza del partido para no manchar sus propias imágenes públicas.

 

No piense el lector que de la noche a la mañana Rita Barberá se quedó sola. No, aún conservaba amigos en su partido, amigos influyentes que intentaron crearle un retiro dorado como senadora en Madrid. Un retiro que pronto se hizo amargo, dada la presión de los medios de comunicación, de la ciudadanía y de todas las formaciones políticas, incluida la suya propia, para que dejase el partido y el escaño. Rita, ¿desolada?, cumplió a medias. Dejó el partido, pero mantuvo el escaño. Eso permitió a los portavoces de su grupo político responder a las preguntas sobre la senadora con el invariable soniquete de “esa persona no pertenece ya a mi partido, no tengo nada que decir”. Aunque no piense el lector que la señora Barberá se achantó. En todas y cada una de sus intervenciones, en todas y cada una de sus ruedas de prensa, en todas y cada una de sus respuestas a las preguntas de los periodistas, se mostraba segura de sí y hasta desafiante. Desde luego, en absoluto triste o deprimida.

 

Y mientras tanto la justicia seguía su marcha inexorable. Y Rita Barberá se encontraba más cercada. Y más sola. Muchos líderes de su partido se alejaban, físicamente, de ella. Evitaban coincidir, y hasta saludar, a quien había sido titular hasta poco antes del carné número tres de su partido. Incluso concitaba el rechazo generalizado al acudir a actos públicos en su calidad de senadora. Y llegó el último acto. Finalmente fue investigada (antes imputada) por el primero de los casos que se le acumulaban. Rita Barberá tuvo que acudir al juzgado a declarar. De nada valía la línea argumental con la que intentaba defenderse (los famosos mil euros del pitufeo en el ayuntamiento de Valencia), ya que de lo que se le acusaba era de ser el centro y la organizadora de un sistema de corrupción política generalizada. Hasta sus antiguos colaboradores así lo atestiguaban.

 

Y el pasado miércoles sufrió un infarto. De forma inmediata, e inesperada, algunos líderes de su expartido se lanzaron a acusar a prensa y oposición de la desgraciada muerte de su excompañera. Los mismos líderes que, días y semanas atrás, abominaban de ella y corrían un tupido velo sobre “esa señora”. En especial la vieja guardia del partido, que salvo algunos, muy contados, casos, no movió un dedo por ella, y que ahora imputaban poco menos que un asesinato premeditado a todos aquellos que se habían hecho eco de la odisea judicial de Barberá. Sumiendo en la perplejidad, por cierto, a los dirigentes más jóvenes de su propio partido, a quienes se había colocado en puestos de responsabilidad para limpiar la formación y que habían criticado sin matices que personas como Rita Barberá manchasen su imagen y su honor.

 

Se han escuchado barbaridades sin cuento de la boca de muchos políticos españoles, pero, curiosamente, en su mayoría emitidas por antiguos compañeros de Barberá. Se han realizado homenajes en el Parlamento que nunca se habían hecho por otros políticos mucho más honestos y cuya muerte no fue utilizada como arma política. Se ha llegado incluso a afirmar que el tiempo ha demostrado que Rita Barberá era inocente, cuando el tiempo lo único que ha hecho es llevársela antes de que pudiese ser juzgada, y más que probablemente condenada, ya que, aún con todo el respeto a la presunción de inocencia, las pruebas, los testimonios, las acusaciones eran tantas y tan sólidas que difícilmente la exalcaldesa y senadora podría haber evitado una condena. O varias. Por su parte la familia se queja del abandono que sufrió Rita de sus compañeros y de su partido; lo mismo hace algún antiguo dirigente y aún presidente de honor del mismo. Hasta la Iglesia, o al menos alguno de sus miembros destacados, ha terciado en la polémica. Todos, en general, con argumentos tan peregrinos como que el infarto que mató a Barberá fue provocado por la crucifixión mediática o la cacería a la que había sido sometida la senadora. Olvidando muchos que ellos mismos fueron partícipes en el proceso que denuncian.

 

La política en España está llegando a unos niveles realmente execrables. Muchos de nuestros políticos actuales deberían plantearse o dejar la política y dedicarse a otras actividades (no digo cuáles, escoja el lector/a) o encerrarse en un balneario durante un par de meses, a ver si se relajan. Mientras tanto, dejemos a los muertos en paz. Que bastante tienen con dejar este mundo, por mal que éste les trate.

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