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Miércoles, 28 de Junio del 2017
Sábado, 24 Septiembre 2016

Adiós, selectividad

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Acaban de hacerse públicos los resultados de las últimas Pruebas de Acceso a la Universidad (PAU), conocidas popularmente como Selectividad.

Uno de esas efemérides que serán rápidamente olvidadas por buena parte de la población, aunque otra parte recordará siempre aquellos días en los que tuvo que enfrentarse a las pruebas y jugarse su futuro académico y profesional en ellas.

 

¿Qué es (era) la Selectividad? En esencia, un método para acceder a los estudios universitarios y un instrumento de desempate para entrar en algunas carreras. Mediante una batería de exámenes combinada con la nota media de Bachillerato se establecía un baremo que determinaba (si se aprobaba) si podías cursar estudios universitarios y si podías acceder a algunos de ellos de mayor demanda. La proporción de nota de Bachillerato y de Selectividad fue variando a lo largo del tiempo, favoreciendo siempre el esfuerzo continuado del Bachillerato sobre los resultados de las pruebas puntuales que constituían la Selectividad.

 

La Selectividad fue en su momento producto de los nuevos tiempos que llamaban a la puerta no sólo de la educación, sino también de la sociedad española en su conjunto. Una nueva ley educativa, la Ley General de Educación de 1970 (LGE-70), pretendía adecuar el sistema educativo español a una realidad en la que se adivinaba ya un gran cambio político y, también en buena medida, social. Era una ley franquista, o más bien tardofranquista, pero una ley que al menos intentaba responder a las nuevas necesidades que se planteaban en la educación española.

 

Y una de esas realidades era el acceso progresivo de los hijos de los trabajadores y de la clase media a la universidad. Por primera vez en la historia de nuestro país hijos e hijas de gentes del pueblo podían estudiar una carrera universitaria, lo cual les proporcionaría un trampolín para mejorar su estatus social y acceder a los puestos dirigentes de la sociedad. Pero claro, la avalancha de estudiantes universitarios y las limitaciones de la red de universidades española obligaron a establecer algún tipo de sistema de selección para evitar el colapso de la universidad. Y ese sistema, naturalmente, fue la Selectividad.

 

La Selectividad ha sido, durante al menos dos generaciones, el coco de los estudiantes de Bachillerato y la pesadilla de buena parte de sus profesores. Temidas, odiadas, menospreciadas, aduladas, las PAU han evaluado tanto el esfuerzo continuado y puntual de los alumnos como la labor docente de sus profesores, quienes debían también rendir cuentas de los resultados de Selectividad de sus alumnos. Unas pruebas que fueron en sus principios contestadas por buena parte de los alumnos y de los profesores, pero que contaban entre sus virtudes con el igualitarismo, el trabajo coordinado entre los niveles de Secundaria Y Universidad y la valoración, progresivamente más equilibrada, tanto del trabajo realizado durante toda una etapa educativa, la de Bachillerato, como del esfuerzo en una batería final de pruebas selectivas que, a pesar de muchas críticas bien fundamentadas, era un buen sistema de selección.

 

La Selectividad ha finalizado su ciclo vital, al menos en teoría. Quien esto escribe ha sido muchos, muchos años, profesor de alumnos de 2º de Bachillerato que iban a enfrentarse al finalizar el curso a las PAU. Ha sido también en varias ocasiones vocal evaluador de la Selectividad, examinando y corrigiendo a alumnos de toda nuestra Región que querían abrir las puertas de su educación superior para labrarse un futuro. Ha sido igualmente representante de su instituto en las PAU, haciendo de “mamá gallina” con sus chicas y chicos en el trance al que se enfrentaban. Ha sido por otra parte responsable de matricular a muchos alumnos y alumnas en las pruebas, aconsejándoles sobre qué materias escoger para sus exámenes y en qué fase colocarlas. Ha sido padre de alumnos que han hecho sus correspondientes pruebas de acceso para poder convertirse en universitarios. Mi esposa y yo mismo, en su momento, hicimos y superamos la Selectividad.

 

Y quien esto escribe, o sea, yo, lamenta profundamente que se sustituya un sistema probado y eficiente por algo (y no utilizo este epíteto tan indefinido sin motivo) que ni siquiera quienes tuvieron la pésima idea de instaurarlo saben muy bien qué es lo que han hecho. Las reválidas que se quiere que sustituyan a la Selectividad son en primer lugar tremendamente injustas, ya que de su superación depende la obtención del título de Bachillerato, sin tener en cuenta el esfuerzo realizado para ir superando las distintas etapas, en este caso el mentado Bachillerato. En segundo lugar, su pretendido carácter de evaluación externa huele tan descaradamente a la apropiación por empresas privadas del proceso que podría ser uno más de los innumerables procesos de privatización de los servicios públicos que degeneran casi de forma inexorable, en la degradación de dichos servicios públicos. En tercer lugar, la vuelta a las reválidas supone retornar al sistema y las propuestas educativas no ya del siglo XX, sino del XIX, que parece ser el objetivo último de la ley educativa que las introduce, la LOMCE. Y en cuarto (que no último) lugar, las reválidas irán acompañadas por pruebas específicas de acceso de cada universidad, complementadas en algunas facultades con pruebas propias; es decir, el nuevo sistema se convierte en una carrera de obstáculos que triplica el número de pruebas de la anterior Selectividad, con todo lo que ello conlleva.

 

El tiempo de la Selectividad ha pasado. Llega el tiempo de la LOMCE y de sus propuestas sustitutivas. Y me temo que, en este caso, el tiempo pasado sí que fue mejor.

 

Incomparablemente mejor.

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