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Sabado, 20 de Julio del 2019
Jueves, 08 Enero 2015

Tiempos de odio

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Tino Mulas Tino Mulas CLR

CLR/Tino Mulas.

Europa entera se encuentra conmovida por la última muestra de barbarie ocurrida en su suelo. Una barbarie que, a primera vista, parece ciega y sin sentido.

Pero quizás no lo sea tanto. Pensamos que los asesinos salvajes cometen acciones bárbaras como fieras carentes de raciocinio. Cuando una acción así se produce, la mayor parte de los comentarios recalcan el sinsentido de la violencia fanática. Intrínsecamente tienen razón: no hay sentido en el radicalismo religioso o político. Ni futuro. Pocas personas en su sano juicio se convertirían, en circunstancias normales, en seguidoras de estas opciones de vida y de pensamiento. Sin embargo, la táctica, la estrategia de quienes mandan en los grupos extremistas no tienen por qué ser ciegas, ni ineficaces.

 

Quienes guían a los extremistas religiosos o políticos son conscientes de su inferioridad ideológica, de la falta de atractivo de sus “ideas” o de sus verdades inapelables para sus propios pueblos. Por ello buscan fomentar la inestabilidad, crear un caldo de cultivo adecuado para cocinar un ambiente que radicalice al máximo de personas posibles, convirtiéndolas en un río revuelto en el que poder pescar seguidores. Y para ello, nada como la estrategia del odio.

 

Un fanático de cualquier tipo se cree por encima de todos los demás, en posesión de la verdad absoluta. Y por ello, y por su incapacidad para convencer a los demás de sus ideas, debe recurrir al odio, a la anulación del contrario, a la imposición por la violencia y la represión de sus creencias. Y para que estas creencias se extiendan en la sociedad, hay que buscar un enemigo, hay que radicalizarlo mediante ataques lo más sangrientos y salvajes que sea posible, con el objetivo de que pierda los nervios y el barniz de civilización y que responda de la misma manera contra los que pueden ser en un futuro tus seguidores. Se crea así una espiral de odio, de agresión y respuesta, que radicaliza a los individuos y a las sociedades y que echa en brazos de estos fanáticos a personas que, en condiciones normales, nunca les apoyarían.

 

También pescan los fanáticos en las revueltas aguas de la exclusión y la pobreza. Quien no tiene nada que perder, quien se ve excluido por su origen o por su credo de una vida plenamente integrada en la sociedad, quien se ve ahogado por la pobreza, puede ver a estos fanáticos y sus delirantes credos como la panacea a todas sus miserias y el arma justiciera que dará la vuelta a la tortilla y pondrá a quienes hoy en día están abajo en la cúspide de su sociedad. Una vuelta de tortilla hecha de violencia y odio, un ajuste de cuentas cruento que lo hace aún más atrayente para este sector de la sociedad.

 

¿Qué odian más estos grupos? La libertad. El pensamiento. El respeto. La tolerancia. La solidaridad con quien no es como uno. Todo aquello por lo que la civilización ha luchado, todo aquello que hace al ser humano precisamente eso: un ser humano. No soportan que alguien piense de manera diferente, que crea en otro dios, o en ninguno, que respete a los demás, que sea solidario con quien lo necesite, aunque sea diferente. Y es esto lo que les hace más daño. En ello se debe basar la respuesta al salvajismo: en la civilización, en el respeto a los derechos del ser humano, en la libertad…

 

¿Qué desean estos asesinos? Que, en estos tiempos difíciles, pensemos que todos los musulmanes son terroristas, y que todos los musulmanes sean castigados en consecuencia, para así llevar a muchos de ellos a la desesperación y a abrazar sus tesis sanguinarias. Desean, ni más ni menos, sembrar el odio, el miedo, para aparecer como los salvadores de los suyos, los representantes de la verdad y sus únicos valedores. Y como en el otro bando también hay extremistas deseosos precisamente de lo mismo, cuentan con ellos para, en una alianza contra natura que no por no firmada es menos real, destruir la libertad que tanto odian.

 

No debemos odiar, porque del odio surge la bestia que acaba por aniquilar la civilización. Contra el fanatismo, la respuesta debe ser doble: por un lado, la ley, que debe perseguir y castigar a quienes matan y amenazan en nombre de unas creencias que, por radicales, son indefendibles. Por otro, la humanidad, entendida como libertad y respeto, en la infinita superioridad moral que da el hecho de que nosotros, seres humanos, civilizados, nunca cometeremos las salvajadas que ellos, los asesinos fanáticos y radicales, cometen.

 

No debemos seguir su juego. Mucho hemos luchado, mucho hemos sufrido, y nadie podrá quitarnos lo que pertenece a todo ser humano y con tanto esfuerzo el ser humano ha ganado: la dignidad y la libertad.

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