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Martes, 23 de Julio del 2019
Sábado, 16 Mayo 2015

El menos malo de los sistemas políticos

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Tino Mulas Tino Mulas CLR

CLR/Tino Mulas.

Un tal Winston Churchill, pobrecito desconocido de los bregantes de la política que han dirigido el Imperio de su Graciosa Majestad, dijo una vez en el parlamento de su país (léase Westminster, de la Gran Bretaña): "De hecho, se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las otras formas que han sido probadas de vez en cuando."

Esta frase, pronunciada allá por 1947 en la Cámara de los Comunes, se resume en una escueta afirmación: la democracia es el menos malo de los sistemas políticos.

 

Gran razón tenía Sir Winston. Él, bregado en las lides de la política, ministro a secas y primer ministro en muchas ocasiones, sabía de lo que hablaba. No en vano había liderado al país que implantó este sistema por primera vez en su lucha por la supervivencia contra algunos de los regímenes más totalitarios y antidemocráticos que el mundo ha visto. Y al final, venció.

 

Para muchos de los españoles que en este año tendrán la posibilidad de votar, criticar la democracia es poco menos que un leit motiv de su pensamiento político. Buena parte de ellos, de hecho, critican el sistema democrático sin haber conocido (o sufrido) otros. Cierto es que en los últimos años nuestra democracia adolece, por decirlo suavemente, de algunos problemas que alejan a los ciudadanos del sistema. Pero si utilizamos el idioma de la cruda realidad, podríamos hablar de una corrupción feroz, poco menos que sistémica, de una desvergüenza de buena parte de la clase política más que inaudita, de una interpenetración mutua entre empresa y política que convierte esta última actividad en un auténtico negocio al que se apuntan gentes de aquilatada trayectoria de ineptitud y falta de formación, pero con una capacidad de aprovecharse del sistema realmente excepcional, de una impunidad de la que disfrutan estas gentes que va más allá de la imaginación…

 

Vale. Pues sí. El estado de nuestra democracia no es quizás el más brillante que podamos imaginar. Ni siquiera, lo admito, medianamente pasable. Y puede que hasta sea lamentable. Puede que muchos de nosotros nos sintamos traicionados, desilusionados, abandonados, ofendidos, hartos, cabreados en suma y con ganas de romper cosas. Puede que muchos de nosotros deseemos fervientemente derribar el sistema y a quienes se aprovechan de él y, créanme, no faltan motivos para ello.

 

Pero debemos ver un poquito más allá del impulso inmediato. Vayamos por partes. Primero, la democracia ofrece la posibilidad de que las cosas, sobre todo las malas, se conozcan. De que el ciudadano de a pie, aunque luego vayamos todos en coche o transporte público, se entere de que este señor al que votamos en su momento es un chorizo redomado que esquilma las arcas públicas. De que ese jerifalte que anatemizaba a los incumplidores de sus obligaciones para con papá estado resulta ser el mayor incumplidor de todos; de que quien, elegido por el sufrido pueblo, maneja los caudales destinados a los más desfavorecidos en su propio y vergonzante beneficio; de que aquel político que se las daba de intachable se pagaba viajes de placer con nuestros impuestos.

 

Porque en un régimen no democrático estas cosas no se conocen, a no ser que el régimen así lo desee. Nosotros, ciudadanos en buena parte nacidos o criados en democracia, no nos damos cuenta de este hecho, pero les aseguro que es así. Aquí podemos criticarles, abominar de ellos, incluso, castizamente, ponerlos a caldo. Pero si no tenemos democracia, si no existe la libertad, ¡ay de quien se atreva a decir verdades, o a criticarlas! De ello pueden dar fe muchos españoles que, en tiempos no muy lejanos, sufrieron en sus carnes la represión por decir, hacer o pensar lo que estaba prohibido decir, hacer o pensar. Y curiosamente, lo que sí criticamos es el sistema que nos hemos dado a nosotros mismos y que nos permite conocer, aunque sea de forma incompleta, la verdad del propio sistema. O sus cloacas. Aunque a veces, y amparándose en las garantías que nos ofrece tal sistema, muchos de los corruptos nieguen sus corruptelas y amenacen a quienes las hacen públicas.

 

¿Y qué ocurre cuando, conocido el funcionamiento anómalo del sistema, conocida la corrupción, la ineficacia, o simplemente descontentos con la labor realizada por los gobernantes, nos planteamos como ciudadanos y seres políticos qué hacer? Pues que este sistema democrático que muchas veces denostamos y criticamos nos ofrece la posibilidad de decir “basta”, de purgar el mecanismo, de limpiar los entresijos de la democracia y de abrir el portón de los palacios de gobierno a nuevas personas y a nuevas ideas. Y no olvidemos que, en última instancia, somos nosotros quienes ponemos en la poltrona a nuestros gobernantes y quienes, en última instancia, tenemos la capacidad de hacerles rendir cuentas por sus actos. Para bien y para mal.

 

Y es que la democracia no es perfecta; a veces nos gobierna quien no queremos, se toman medidas que no nos gustan, no estamos de acuerdo con esto o con lo otro que hace el ejecutivo de turno. Pero es la mayoría quien ha tomado la decisión básica de que gobiernen unos u otros, y esa mayoría, que debe ser respetada, tomará en su momento una nueva decisión en función de lo que aquéllos que eligió, han hecho. La decisión final es nuestra, del pueblo soberano.

 

Otro político, también poco conocido el pobre, Manuel Azaña, a veces ministro, a veces primer ministro y en ocasiones Jefe de Estado, dijo una vez hablando de nuestro terruño que había que “cambiar el sistema político y la política del sistema”. Nosotros tenemos un sistema que puede funcionar. Incluso se puede, y personalmente creo que se debe, reformar. Pero lo que sí es seguro es que hay que cambiar su política, y no lo olvidemos: el sistema nos permite, nos exige, a nosotros, los ciudadanos, la fuente de toda legitimidad y poder, hacerlo.

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