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Miércoles, 23 de Agosto del 2017
Domingo, 18 Septiembre 2016

Vergüenza

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Y mucha. Me explico.

Hace unos días, pocos, en un programa de televisión estadounidense se producía un hecho llamativo. En el programa, similar en formato al “Mira quién baila” patrio, participaba el nadador estadounidense Ryan Lochte. Por si el lector/a no lo sabe, este deportista, medallista olímpico y representante de su país, había denunciado un falso robo durante las pasadas olimpiadas para intentar esconder las tropelías cometidas por él y unos compañeros durante una salida nocturna.

 

Pues bien, en medio del programa, y cuando Lochte se encontraba bailando en la pista, dos hombres saltaron al escenario vistiendo camisetas en las que se podía leer el nombre del nadador tachado. Era una forma de protesta, tal vez algo estentórea, pero eficaz, por la vergüenza que Lochte había hecho pasar al pueblo norteamericano con su deplorable actitud en los juegos de Río. Una vergüenza que había sido objeto de análisis en toda la prensa y la sociedad americanas, y que acabó en buena medida con la carrera mediática de Lochte casi antes de empezar.

 

Cambiemos de aires y volvamos a nuestro terruño. Y retrocedamos unos meses en el tiempo. A principios de abril de este año, más concretamente. Varios medios de comunicación filtran un completísimo listado de clientes de un bufete de abogados de Panamá especializado en gestión de empresas offshore, de las que evaden impuestos en el mejor de los casos. Entre los numerosos ciudadanos españoles que forman parte de esta lista está José Manuel Soria López, tristemente famoso no sólo en España sino también a nivel internacional por ser el artífice de la destrucción del hasta entonces pujante y puntero sector de las energías renovables español, por favorecer de forma tan descarada a las compañías eléctricas y petroleras que fue merecedor de reprobación de la Unión Europea, por permitir perforaciones petrolíferas en su propia tierra chica, Canarias, y en contra de la opinión de todos sus paisanos, y sobre todo por el impuesto al sol que instauró para acabar con la producción individual de energía solar y forzar a todos los españoles a conectarse y a pagar a las grandes compañías eléctricas; este esperpento le convirtió en objeto de chufla y burla en todo el mundo occidental, y de investigación por parte de la Unión Europea.

 

No es que fuera delito. Se puede tener una empresa offshore en un paraíso fiscal, siempre que se haga de forma pública y pagando los impuestos (pocos) que haya que pagar en España. Pero sí es vergonzoso que un ministro del Reino de España, de esos que deben dar ejemplo tributando en la patria hasta el último céntimo de sus beneficios para poder así exigir a los ciudadanos que hagan lo mismo, se lleve sus dineros y empresas a un paraíso fiscal. Pues bien: el ínclito ministro Soria negó tener ninguna empresa offshore en Panamá. Hecha pública su firma, dijo que no, que era falsa. Demostrada su autenticidad, juró que la empresa no era suya. Cuando se vio que sí, dijo que no se acordaba. Mintió, mintió, mintió y mintió. Finalmente, y poniendo cara de víctima, el 15 de abril dimitía tras haber mentido sin cesar para defender su sillón (que no cartera) ministerial.

 

En resumen: un magnífico exponente de un político que de ninguna de las maneras puede representar a su país; de hecho, más le valdría a su país que dejara de dedicarse a la política, que no avergonzase a su nación.

 

Y llega el debate de investidura del 2 de septiembre. Apenas dos minutos después de votar el último diputado en la segunda vuelta de la fallida investidura, el gobierno en funciones hace público poco menos que a traición el nombramiento de José Manuel Soria López como director ejecutivo del Banco Mundial en representación del Reino de España. Un nombramiento absolutamente discrecional, a pesar de lo que luego afirmaron algunos de los altos cargos gubernamentales.

 

Y vergonzoso. El escándalo fue mayúsculo. La oposición en bloque y buena parte del partido en el gobierno saltaron como un resorte para denunciar no sólo el nombramiento de una persona que no tenía ningún mérito que avalese el dedazo, sino la vergüenza que suponía para el país que semejante personaje nos representase. Pero cuál no sería la sorpresa de la mayoría del país cuando varios miembros del gobierno se lanzaron a la defensa del exministro y de su idoneidad para el cargo, apoyándose en una sarta de argumentos que luego se demostraron, uno tras otro, como mentiras como la copa de un pino.

 

Una idoneidad que fue puesta en duda discretamente por el propio Banco Mundial y por antiguos altos cargos del mismo nombrados en su momento por el propio gobierno. Ante estas advertencias y la proximidad de las elecciones vascas y gallegas, y engarzando otra sarta de mentiras, pero esta vez contrarias a las de pocos días antes, Soria presentaba su renuncia al cargo previa llamada del presidente del gobierno. Un presidente del gobierno que encabezó el circo de mentiras y contradicciones sobre el tema y que, hasta el último momento, y en connivencia con otros miembros de su gobierno, pretendió premiar a su dimitido amigo personal con un puestazo en un organismo internacional, sin importarles el ridículo y la vergüenza que para nuestra patria supusiese que dicha persona la representase.

 

¿Saben ustedes? A veces, habría que seguir el ejemplo de los americanos. A ver si tenemos suerte, y alguien se pone una camiseta y aparece en público para avergonzar a quienes nos avergüenzan. Aunque, la verdad, lo dudo. Porque esta gente no tiene vergüenza. Ni sabe lo que es.

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