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Sabado, 24 de Junio del 2017
Sábado, 16 Abril 2016

Velo sí, velo no ¿Hay límites en la integración?

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

En las últimas semanas asistimos al despertar de un debate ya viejo. ¿Deben respetarse las costumbres sociales o religiosas de los extranjeros que residen en los países occidentales, o bien éstos deben integrarse por completo en las costumbres de los países de acogida?.

Es muy difícil tomar una decisión al respecto, pero cada día que pasa también se hace más urgente el hacerlo. La pasada semana los medios de comunicación se hacían eco de un caso ocurrido en Suiza, donde es costumbre que los alumnos y alumnas estrechen la mano de sus profesores y profesoras al entrar y salir de clase. En esta ocasión dos alumnos inmigrantes que profesaban una versión integrista del Islam se negaron a dar la mano a su profesora, surgiendo de inmediato un debate sobre la cuestión que ha atravesado fronteras y se ha extendido por toda Europa. Esta misma semana el primer ministro francés, Manuel Valls, se declaraba partidario de prohibir el velo integral en las universidades francesas. También en las últimas semanas, en las redes sociales, se han puesto en marcha campañas contra la mutilación genital femenina, que sigue practicándose de forma masiva no sólo en los países de origen de muchos inmigrantes, sino también en los propios países de acogida, aunque de forma ilegal en estos últimos.

 

A la hora de diseñar una estrategia al respecto del respeto a las costumbres de los inmigrantes o de su integración en las del país de acogida, las posturas son variadas. Una, la más simple, sigue la máxima castellana de “en casa ajena, haz lo que vieres”, aunque de forma forzada. Los partidarios de esta postura, la asimilación absoluta, esgrimen varios argumentos, como el hecho de que en muchos de los países de origen de nuestros inmigrantes se obligue a quienes los visitan a cumplir con los usos propios de dichos países, o la afirmación de que si permitimos que practiquen libremente sus costumbres no se integrarán nunca, se “guetizarán” y además contaminarán o harán desparecer las nuestras. A veces, incluso, se arguyen motivos de seguridad contra costumbres como el velo islámico.

 

Por otra parte, hay también quien propugna todo lo contrario; es decir, que se respeten hasta el límite de lo posible sus usos y costumbres. En su favor argumentan el respeto a los derechos humanos y la riqueza que supone la multiculturalidad para cualquier país.

 

¿Qué postura es más positiva? Es difícil saberlo. De hecho, ambas tienen algunas cosas buenas y otras no tanto. Por ejemplo, la integración forzosa es contraproducente: obligar a alguien a cambiar por completo sus costumbres e incluso sus creencias no es en absoluto respetuoso. Puede ser incluso peligroso y servir de impulso al extremismo. Y si se argumenta que en sus países sí que se hace, habría que recordar que en los nuestros se respetan los derechos humanos, y tenemos “esa cosa sin importancia” que se llama libertad. Y en cuanto a la postura contraria, habría que decir lo mismo: hay algunas costumbres propias de nuestros inmigrantes que en sus países pueden parecer naturales, pero que conculcan los derechos más elementales de las personas, como es el caso de la discriminación hacia la mujer. Además, el respeto absoluto a todos los usos sociales y religiosos impediría cualquier tipo de integración de los inmigrantes en las sociedades de acogida, y les llevaría a vivir en comunidades cerradas, aisladas, casi sin posibilidad de salida, lo que a la larga con seguridad generaría problemas de todo tipo. Sin contar con que en la práctica sería absolutamente imposible este respeto llevado hasta sus últimas consecuencias.

 

¿Qué hacer?- En mi opinión, y siguiendo también el viejo adagio castellano, en el término medio está la virtud. No se puede exigir a los países receptores de inmigración que cambien sus costumbres y usos sociales de forma significativa, porque al fin y a la postre están “en sus propias casas”. Pero tampoco se puede obligar a los inmigrantes a renunciar por completo a su herencia cultural y religiosa. ¿Dónde podríamos poner la frontera, o mejor, la línea de confluencia entre ambas posturas? Pues, por ejemplo, en el respeto a los derechos humanos. Porque cualquier ser humano es, independientemente de su bagaje cultural o la religión que practique, y valga la redundancia, un ser humano, depositario por el mero hecho de serlo de una serie de derechos y de una dignidad que no pueden ser conculcados en nombre de ninguna cultura o religión. Un segundo lugar de encuentro debería ser, al menos en mi parecer, el respeto a unas normas básicas y comunes de comportamiento y relación social, que deben ser aceptadas y practicadas por todos en beneficio de todos. Un tercero, el respeto a las creencias y cultura personales, sin que se pueda pretender imponer éstas a nadie. Y, cómo no, luchar contra cualquier tipo de discriminación que impida la integración de quienes vienen a nuestros países en busca de una vida mejor o de sus hijos, nacidos ya aquí pero que nadan en demasiadas ocasiones entre dos aguas que, también en demasiadas ocasiones, no tienen puentes que las unan. Con los resultados de extremismo y rechazo que, desgraciadamente, estamos viviendo en los últimos años.

 

En resumen: difícil tarea la de lograr un punto de equilibrio en esta cuestión, aunque animo a quien sea responsable de hacerlo, porque si lo hace medianamente bien, los resultados harán que el esfuerzo haya merecido la pena. Para todos.

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