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Viernes, 21 de Julio del 2017
Sábado, 05 Noviembre 2016

Vandalismo en las calles de Cieza

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Domingo por la mañana. Paseo Ribereño. Recuento de papeleras. De las que hace pocas semanas se colocaron, han desaparecido la mitad. Literalmente, desaparecidas. Algunas otras han sido golpeadas hasta darles la vuelta.

Sábado por la mañana. También Paseo Ribereño. En el merendero que hay en la ampliación de la margen izquierda, alguien parece haber roto dos lunas de coche sobre los bancos, sembrando literalmente de cristales prácticamente todo el merendero.

 

Viernes mañana. Una calle de la ciudad. Una señal de tráfico, arrancada de cuajo, yace en el suelo. La noche anterior la señal estaba en su sitio.

 

Domingo por la mañana. Paseo de Ronda. Entre la maleza que han retirado las brigadas de limpieza de los consejos comarcales de empleo aparece una papelera de las antiguas, que por lo visto fue arrancada y arrojada tal cual a las matas que bordean la acera.

 

Jueves tarde. Un grupo de chicos atraviesa en bicicleta una calle. De pronto se oyen ruidos: algunos de ellos se dedican a golpear con los pies los retrovisores de los coches aparcados, rompiendo unos cuantos.

 

Madrugada del viernes al sábado. Se oyen las voces, más bien los gritos, de un grupo de jóvenes que despiertan a todo el vecindario. Para complementar la proeza, se lían a patadas con un contenedor de basura y acaban volcándolo.

 

Una mañana de verano; entre semana. Dos jóvenes dan patadas a uno de los bancos de madera del merendero del nuevo centro de interpretación del paseo ribereño, hasta que lo rompen. Días después, viendo que ha sido repuesto, vuelven a destrozarlo.

 

Una mañana de invierno. Un comerciante va a abrir su tienda y se encuentra con que alguien ha pintarrajeado la persiana que la protege. Esa persiana que tanto dinero le ha costado, y cuya pulcritud hasta ese día daba buena imagen a su negocio.

 

Cualquier día: todos los días. Un coche aparcado sobre la acera o en las zonas de paso para sillas de ruedas de minusválidos o carritos de bebé impide a los más indefensos seguir su camino con seguridad. Mientras, el propietario o la propietaria del vehículo se toman un café en el bar de la esquina.

 

Cualquier día: todos los días. Un chico, acompañado de otros chicos, raya con una llave todos los coches de una calle. Los otros ríen mientras contemplan la “hazaña” de su amigo.

 

Estoy seguro de que éstos y muchos otros actos de vandalismo e incivilidad han sido vistos y padecidos en demasiadas ocasiones por mis convecinos de Cieza. No es nuestro pueblo, lamentablemente, parco en estas lacras. Pero, ¿qué ocurre? ¿Nos pasa sólo a nosotros?

 

El vandalismo, la destrucción de bienes comunes porque sí, es algo muy habitual hoy en día. No sé cómo calificar a los que destruyen los bienes comunes. Como mínimo, habría que decir que son tontos rematados, ya que esos bienes los pagamos entre todos, incluidos ellos mismos, y los solemos utilizar todos. Muchas veces nos quejamos de la falta de limpieza del pueblo, de que no hay papeleras suficientes, pero como he oído decir a varios concejales del ramo: “las ponemos y al día siguiente ha desaparecido la mitad”. Si un grupo de vándalos está decidido a destruir lo que es de todos y autocalificarse como tontos de remate, habrá que tomar medidas de otro tipo para impedirlo.

 

¿Qué ocurre? ¿Por qué el vandalismo no sólo no desaparece en nuestra sociedad, sino que incluso aumenta? Las explicaciones pueden ser variadas. Desde una mayor permisividad a una falta de valores, esos valores que muchas familias ya no inculcan a sus hijos. Desde el culto a la violencia al convencimiento de que todo vale y todo está permitido. Sea por los motivos que sea, el vandalismo está aquí. Y hay que hacer algo.

 

Lo primero, educación. Desde el parvulario al instituto, en casa y en el centro escolar, hay que convencer a niños y jóvenes de que lo público es de todos, y lo privado de sus dueños. Que piensen en qué les parecería que alguien les dañara o destrozara algo que es suyo, y se apliquen el cuento.

 

Lo segundo, vigilancia. Buena parte del vandalismo, y la mayor parte de los vándalos, son cobardes por naturaleza. Sólo se atreven a hacer lo que hacen a escondidas, creyéndose impunes porque nadie les ve. Una mayor vigilancia, ya sea con mayor presencia de fuerzas de seguridad en la calle, mediante cámaras de vigilancia o combinando éstos y otros sistemas, reduciría con toda probabilidad los índices de vandalismo.

 

Lo tercero, castigo. Quien destruye el bien común debe pagar por ello. Si son niños, sus padres deben ser responsables civiles subsidiarios. Seguro que, después de pagar los destrozos causados por sus hijos, estos padres harán lo que tengan que hacer para que sus vástagos no vuelvan a las andadas. Si son jóvenes y adultos, la ley debe dejar de calificar como faltas lo que en muchas ocasiones provoca más daños y gastos que otros hechos considerados como delitos. Y, naturalmente, el vándalo debe hacerse cargo del coste económico de sus actos.

 

Y si a alguien se le ocurren más soluciones, por favor, preséntelas. Las necesitamos. No podemos dejar que lo que tanto nos cuesta pagar y lo que tanto nos beneficia a todos acabe arrasado por cuatro energúmenos cuya única diversión parece ser destrozar sin testigos todo aquello que puedan.

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