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Jueves, 23 de Noviembre del 2017
Viernes, 30 Diciembre 2016

Una vela por los que ya no están

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Es Navidad. Lo cual puede significar algo muy diferente para unas o para otras personas.

Hay quien no soporta las fiestas con significado. El tener que pasarlo bien porque es lo que toca, el tener que recordar a alguien porque es el día en el que debe ser recordado, el tener que amoldar su humor a las convenciones sociales. Otros, por el contrario, adoran las fiestas, sean las que sean, y hacen e incluso piensan lo que haya que hacer y pensar en cada momento de esas fiestas. Otros se amoldan a las circunstancias festivas, aunque con sus propias opiniones y formas de celebrarlas.

 

Pero la Navidad es diferente. En primer lugar, son varias fiestas en una, de significación diferenciada cada una de ellas. Desde la celebración más intimista y familiar en Nochebuena hasta la fiesta y la desinhibición de Nochevieja, con el apoteósico final pensado para los más pequeños y para la alegría del comercio en general que es la Noche de Reyes. Se trata por tanto de una fiesta larga, de múltiples facetas, que ha perdido en buena parte su significado religioso pero que mantiene algunas de sus esencias más básicas, como su carácter familiar.

 

Porque en todas y cada una de sus diversas celebraciones está presente la familia. Son los días por excelencia para que todos nos reunamos con los nuestros, para que todos comamos, cenemos, y hasta desayunemos con nuestra familia más allegada. No es que siempre resulte agradable. Hoy en día, muchos hermanos y hermanas apenas se ven en estas fechas, olvidándose unos de otros durante el resto del año. A veces se sacan a relucir cuestiones que deberían dejarse para otro momento. Por no hablar de esa institución tan hispana que es el cuñado o la cuñada sabelotodo, ésos y ésas que son el alma de las sobremesas y que son capaces de agotar la paciencia del santo Job. ¿Y qué decir de las discusiones a los postres? ¿O de la abuela que se ha tomado un par de copitas y se pone a cantar las coplas de su juventud? ¿O de los niños corriendo y gritando por los pasillos con sus juguetes recién recogidos del árbol navideño?

 

Pero hay algo más. No sé a qué se debe, pero incluso la gente más descreída con respecto a esta fiesta se deja dominar por las buenas intenciones. Los buenos deseos vencen casi siempre a lo sombrío. La gente contemporiza, besa mejillas y estrecha manos, los abrazos forman cadenas que recorren el mundo occidental, la gente está más alegre. Quieres ver a los tuyos, quieres estar con ellos, quieres hablar con ellos, quieres contarles tus cosas y que ellos te cuenten las suyas. Y es entonces cuando te das cuenta de que los tuyos ya no son todos los que están. Es entonces cuando te apercibes de que algunos de ellos ya nunca compartirán la mesa y el mantel con la familia. Porque, al menos en muchos casos, los ausentes se habrán ido para siempre.

 

Es ley de vida. Los mayores, y a veces algunos no tan mayores, nos van dejando. Pasan los años, y aquélla que parecía la roca en la que descansaba el edificio de la familia, aquél sin el cual no podía explicarse que todos estuviéramos allí, juntos, ya no están. Y cuando se pone la mesa el hueco se hace dolosamente notorio, sobre todo las primeras veces que el hueco se encuentra vacío. Y muchos de quienes viven gracias a quienes hoy faltan quedan apesadumbrados, pierden la alegría que forma parte de la Navidad. Muchas y muchos dicen: la Navidad para mí ya no significa nada, mi padre, mi madre, mi hermano, mi hija, se han ido.

 

Pero yo, al menos personalmente, creo que no es ésta la respuesta. Y no porque se trate de la fiesta de la Navidad, o de cualquier otra. No. Simplemente, porque estoy convencido de que los que ya no están, los que se han ido, no estarían en absoluto de acuerdo con esta postura. Porque ellos, cuando estaban entre nosotros, formaban parte de nuestra vida. Y de ningún modo querrían que su ausencia significase tristeza, supusiese estropear, tirar por la borda una ocasión de estar todos juntos, de volver a ver, a sentir y a compartir a los nuestros. Aunque nos cueste, debemos intentar ser felices. Porque eso, y sólo eso, es lo que los ausentes, los que ya no están, querrían.

 

Hace unos años en mi familia tuvimos la primera pérdida importante de un ser querido. Después, con el tiempo, las pérdidas, las despedidas, las ausencias, se multiplicaron. Desde el principio mi esposa tuvo una magnífica idea: encender, en cada celebración, una vela por los que ya no están. Porque aunque no estén, siguen vivos en nuestro recuerdo. Y la vela, la llama, ilumina la noche en su memoria, que nunca dejará de formar parte de la nuestra. Y cuando llegue el momento, y una vela brille para recordarnos a nosotros, otro paso más en la cadena de la vida del ser humano se habrá dado. Y la memoria de todos nosotros, los que han vivido, los que viven y los que vivirán, será la guardiana de las generaciones que nos precedieron y a las que debemos la mismísima existencia.

 

Sea en Navidad, o en cualquier otro momento.

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