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Miércoles, 20 de Setiembre del 2017
Domingo, 14 Mayo 2017

Una Semana Santa sin Manuel Verdejo

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Manuel Verdejo Manuel Verdejo CLR

CLR/Giovanni R. Tortosa.

Los brazos apoyados sobre la barandilla del balcón; una mano en el pecho mientras con la otra sujeta un cigarrillo, cuyas volutas de humo se entremezclan con los destellos plateados de la barba. La espalda, ligeramente encorvada; los ojos vivarachos y nariz aguileña. La mirada perdida; -como en trance, en el gris del asfalto.

En realidad, su figura era como un homenaje al Quijote; una replica casi perfecta del caballero andante más famoso de la literatura española. Si tuviera que elegir una palabra para definirle; esa palabra sería: "humanista". Y aunque de gestos y modos nerviosos, era un hombre bastante calmado. Su cotidianidad se circunscribía a tres elementos: colegio, farmacia y familia. En Joaquín Jordán (padre) encontró a un segundo padre. Un día de semana santa, allá por los años noventa, su padre-jefe abandonaría la presidencia de la hermandad del Cristo de la Agonía, y Manuel se hizo cargo de ella. En sus muchos años en el cargo siempre fue un presidente "currante", de los de meter el hombro. El postureo, algo tan habitual en estos menesteres no formaba parte de su esencia personal.

 

De las diversas imágenes de su cofradía, su paso favorito eran los populares "Azotes". Por ellos sentía verdadera debilidad y veneración. Como dirigente de dicha hermandad siempre fue discreto, pero eficaz y contundente cuando hubo de serlo; como sucediera la noche en que le instaron desde el poder supremo a que la llamada procesión del silencio abarcara también el Paseo y Plaza de España. Manuel se negó rotundamente. Sabía que de esa forma se desnaturalizaba una de las procesiones mas singulares de Cieza: penitentes en noche de luna llena, la ensoñación de unos violines, el marco oscuro y pétreo de unas calles estrechas del llamado casco antiguo. Era como sacar un lienzo del genial Velázquez de su marco barroco para ponerle otro de plástico comprado en un chino.

 

Años mas tarde, la paciencia y equilibrio emocional de Manuel serían puestos a prueba con la puesta en escena de un estandarte encargado por él y su junta directiva. Después de haber pasado los pertinentes filtros y recibir la aprobación de la llamada Junta de Arte, por cuatro votos a favor y uno en contra; (el voto negativo sería de un miembro que al parecer había comentado con antelación, que su voto siempre seria en contra, viese lo que viese) surgió un señor en representación de la Junta de Hermandades con el fin de torpedear la salida procesional de dicho estandarte. Con su aparición en escena, las valoraciones de la famosa Junta de Arte volaban por los aires; ya que este señor ostentaba la máxima potestad de todo cuanto se hiciera para los desfiles semanasanteros.

 

Lo que sucedió en aquellas tensas y electrizantes reuniones me serviría para conocer y calibrar el énfasis que Manuel ponía en la defensa a ultranza de su cofradía. Vi en sus ojos vidriosos la impotencia de un ser que no acertaba a comprender aquella sarta de despropósitos; salvo que........¿estaban pasándole factura por haberse negado a procesionar por los adoquines del Paseo?.

 

Estas cosas nunca se sabe como acaban, pero lo curioso y después de superada aquella crisis, esta cofradía iba a recibir las bendiciones de la Junta, en forma de carteles, portadas "ANDA", nuevos directivos en la junta; incluso el propio Manuel Verdejo sería nombrado "Nazareno del año". Posiblemente, ese estandarte había dejado de ser un trozo de tela pintada, para ser el simbólico engranaje que restaurase unas relaciones que no eran precisamente de amor y felicidad entre la junta y cofradía. Y todo ello, por la lucha enérgica y pasional de Manuel Verdejo.

 

Pero los maravillosos bordados, los refulgentes brillos dorados de los tronos y la magnificencia de algunas imágenes impiden ver el bosque; en este caso el factor humano en muchas gentes que habitan en ese raro planeta que es la semana santa. Y es por eso, tal vez, que en su primera semana santa ausente; la que fuera su cofradía o sus actuales dirigentes han querido premiar sus esfuerzos, de haberse dejado la piel durante tantos años con el olvido; porque olvido es relegar parte de su legado a la oscuridad. Ni siquiera respetaron los faroles que acompañaban al mentado estandarte; que fueron donación del propio Manuel y Pepe de Valentín respectivamente. Ni el uno ni el otro están ya presentes.

 

La ultima vez que le vi; caminaba ensimismado, lentamente, cargado con la botellita de oxigeno. Nos saludamos, a la vez que tras una sonrisa cómplice me decía que iba a ver a sus amigos. Prosiguió calle abajo, hasta desembocar en la casa-museo de la semana santa. Manuel era consciente que Jesús y los suyos eran esencialmente judíos, que vivieron como tales y defendieron por encima de todo al pueblo judío; a pesar que el Cristianismo se empeñase en desjudaizarlos y hacernos casi creer que venían de otro planeta. Por ello, Manuel nunca tuvo sentimientos antisemitas. Sin ser consciente de ello, ese día sería su despedida, el adiós a sus mas entrañables amigos; una amistad cultivada en secreto, de tantos años, de casi toda una vida. Bajo la gran lona de plástico y con la gestualidad habitual, las potentes expresiones de sus miradas, allí estaban ellos.

 

Cuando Manuel empezó a musitar unas palabras, un crujido metálico producido por los pliegues del plástico le puso en alerta. Desde lo alto del trono había caído un voluminoso sobre y que Manolo recogió emocionado. Tembloroso, abrió el enigmático envoltorio, para extraer unos rugosos papeles con una caligrafía tortuosa y compleja. Aun así, Manolo pudo leer su contenido: agradecían el respeto y calor humano que él les había dispensado; porque nadie les regalo un instante de afecto. Solo habían conocido los reproches y desprecios. Junto a la nota escrita había un pequeño pergamino que era un pasaporte a la eternidad. Manolo salió de allí, feliz; increíblemente dichoso, y su figura se iría difuminando hasta quedar como un punto gris en la distancia; quizás para reunirse con el otro judío: Yeshu Ben Yosef (Jesús de Nazareth)....

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