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Martes, 23 de Julio del 2019
Sábado, 12 Septiembre 2015

Un otoño ardiente. Capítulo I: la cuestión catalana

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Tino Mulas Tino Mulas CLR

CLR/Tino Mulas.

No es justo. Acabamos de volver de vacaciones, de desembarcar desde nuestro paraíso veraniego-agosteño a este valle de lágrimas diario que es la vida cotidiana, y ¡zas!, nos encontramos a las puertas de un otoño que, a fuer de caliente, se está haciendo ardiente.

Y es que parece que la historia se acelera. Desde hace unos 25 años, pasan cantidad de cosas de esas que llamamos históricas (muchas no lo son, la verdad) y, además, todas juntas, de golpe, sin dar un respiro a nuestra cada día más limitada capacidad de asombro. Para regocijo de analistas y periodistas, agotamiento de políticos y pasmo del público en general, la actualidad nos desborda con sus múltiples frentes que merecen una atención individualizada y un análisis riguroso.

 

Este otoño viene cargadito de cuestiones de primera plana. La situación en Oriente Próximo y Medio, con la guerra en Siria, la expansión del Estado Islámico y sus atrocidades y la avalancha de refugiados que huyen de estos conflictos, es quizás la más llamativa a nivel internacional. A nivel nacional la cuestión catalana y las próximas elecciones generales de fecha aún incierta destacan entre las demás. A nivel económico la desaceleración de la locomotora china y el riesgo, cada día más cercano, de hundirnos en una recesión aún mayor que aquélla de la que aún pugnamos por salir son el top del noticiero otoñal.

 

Vamos a centrarnos, para empezar, en la cuestión catalana. Una cuestión a la que hay que acercarse con cuidado, con mucho cuidado, y aún más con rigor, con muchísimo rigor. Rigor histórico, rigor económico, rigor político, rigor en definitiva que se sobreponga a las críticas que, de una y otra parte, pueden llover para quien trate este tema.

 

Lo primero es aceptar que existe un problema. Un problema complicado, al que no cabe enfrentarse desde posiciones simplistas, que tiene múltiples soluciones y no todas buenas. Veamos en qué consiste.

 

España, la España que conocemos, es un país relativamente nuevo. Aunque nos han enseñado que España llevó a cabo la Reconquista durante ocho siglos, que España fue un gran imperio en el que no se ponía el sol, la realidad es que España no existía. La última ocasión en que la Península Ibérica constituyó un estado unificado fue durante el reino visigodo. Su destrucción por los musulmanes supuso la aparición de diferentes núcleos cristianos que, aunque tenían un origen común, fueron alejándose poco a poco unos de otros y creando estados independientes. Aunque el origen común es aún hoy más que notorio.

 

Cuando los Reyes Católicos se casaron, no crearon un país unificado. Su nieto, Carlos I, no se convirtió en rey de un país unificado, sino en rey de Castilla (dentro de la cual había zonas, como las provincias vascas o Navarra, prácticamente independientes), de Aragón (formado por cuatro reinos que tenían cada uno sus propias leyes, sus propios parlamentos y hasta sus propias monedas: Aragón, Valencia, Mallorca y Cataluña), de los estados hereditarios de los Austrias, incluidas los que hoy son Bélgica y Holanda, del Imperio Alemán… Todos y cada uno de ellos eran estados independientes, con sus propias lenguas, administraciones, leyes, costumbres, pasaportes, monedas, fronteras… Lo único que tenían en común era el rey. De hecho, si se quería viajar entre los diferentes reinos hacía falta un pasaporte.

 

Así siguió la cosa hasta comienzos del siglo XVIII. Tras la Guerra de Sucesión el rey vencedor, Felipe V, decidió castigar a los reinos de la corona de Aragón que habían apoyado a su rival, el archiduque Carlos, eliminando sus leyes particulares, implantando las leyes y la fiscalidad de Castilla y estacionando tropas castellanas en ellos. Castellanizándolos, en suma.

 

Y ahí empieza a empezar, valga la redundancia, España. Por primera vez, aunque sea a nivel legal, hay un estado unificado, al menos en su mayor parte. Muchos de quienes lo integraron mantuvieron buena parte de sus costumbres y su propia lengua, pero lo cierto es que también se desarrollaron costumbres nuevas y comunes a todos, y unos y otros adquirimos parte de la cultura de los demás compañeros de viaje en la nave común del nuevo país.

 

Pero eso no significa que ciertas cuestiones desaparecieran. Mientras que en otros países, como es el caso de Francia o Gran Bretaña, la unificación cultural y política comenzó antes y fue más completa, en España el proceso si inició mucho más tarde y nunca se finalizó, imponiéndose a veces mediante la violencia y la represión, pero nunca de forma definitiva. Aunque, curiosamente, la unidad legal y de mercado benefició mucho más a los antiguos estados y territorios que hoy tienen un nacionalismo definido que a Castilla, imponiéndose un mercado cerrado desde el siglo XIX en el que los productos de las industrias vasca y catalana eran los únicos que se podían comprar en España. Y así, en el caso de Cataluña, el desarrollo económico se basó en que su industria estaba protegida y con un mercado cerrado, el español, en el que no tenía que enfrentarse a la competencia de productos extranjeros. Después, en los años del desarrollismo, Cataluña no sólo continuó con esta privilegiada posición económica, sino que recibió una enorme cantidad de mano de obra barata de otras regiones del país y se convirtió en el motor económico de España. Manteniendo, además, y aunque de forma poco menos que clandestina ante la represión, su identidad nacional y cultural.

 

La democracia trajo consigo el reconocimiento del derecho al autogobierno de las regiones. Cataluña obtuvo de nuevo (ya lo tuvo durante la II República) un estatuto que, aunque de menor entidad que el vasco, le permitió un autonomía de gestión como nunca había tenido. Una autonomía que fue ampliándose con el paso de los años, en un pulso constante con un Estado a cuya gobernabilidad contribuyó Cataluña de forma primordial.

 

Y en eso llegó la crisis, y los problemas económicos y los recortes llevaron a un enconamiento de la política y de la dialéctica entre España y Cataluña. Políticos de escaso recorrido y de menor sentido de estado tomaron en sus riendas esta dialéctica y la convirtieron en un enfrentamiento entre nacionalismos, el español y el catalán, de imprevisibles, pero siempre funestas, consecuencias.

 

Por una parte, el independentismo catalán ha sumado adeptos ante el inmovilismo del gobierno central y el giro radical del nacionalismo moderado hacia posturas secesionistas. Un giro sospechoso, que se da en pleno proceso de pérdida de apoyo electoral por los tremendos recortes aplicados y de descubrimiento de entramados de corrupción que afectan a sus líderes históricos y actuales. Así, un partido independentista (y un tanto populista y demagógico) de toda la vida como Esquerra Republicana, capitaneado por líderes que no tienen empacho en decir que Dios se les aparece para animarles hacia la independencia, capitaliza el descontento y marca el tempo de la política catalana. Por otra parte, un gobierno estatal cuya ejecutoria desde la mayoría absoluta ha sido tal que le ha llevado a perder prácticamente el poder autonómico y municipal, anclado en el nacionalismo español más rancio y con nula sensibilidad hacia los hechos diferenciales ha sido incapaz de negociar en lo más mínimo, y su torpeza le ha convertido, como dicen acertadamente los más radicales de los secesionistas, en la mejor fábrica de independentistas. Ante la proximidad de las elecciones nacionales, la búsqueda de rédito electoral lleva al gobierno a la mayor de las intransigencias y a envolverse en la bandera de la legalidad para negar cualquier concesión.

 

En resumen, nos encontramos ante una situación complicada. El choque de nacionalismos liderado por políticos como los que conocemos puede acabar, por decirlo de forma castiza, como el rosario de la aurora, y aunque uno se imponga a otro, los dos acabarían perdiendo. Los nacionalismos son respetables, pero la tendencia que tienen hacia la negación, cuando no el menosprecio, de los que no son de su “tribu”, es peligrosa. No hace falta recordar la historia.

 

Una historia que últimamente va por otros caminos. Los países más avanzados, más “civilizados”, buscan la unión, no la división. De hecho, todos los días vemos que cuando actuamos desunidos, no logramos más que frustrar las esperanzas y necesidades de nuestros pueblos. Exigimos siempre actuar unidos, lo cual nos vendría muy bien a todos los europeos.

 

¿Consecuencias? Veamos algunas de las que se podrían producir de llegarse a una separación Cataluña-España.

 

-Consecuencias económicas: para decirlo de forma rápida y concisa, empobrecimiento general. Y probablemente, mucho mayor para Cataluña. España perdería una de sus comunidades más ricas y activas, aunque esta pérdida se recuperaría en parte con la migración de numerosas empresas desde Cataluña, sobre todo de tamaño medio y grande, que buscarían no perder su pertenencia a la Unión Europea o su mercado español. Por otra parte se produciría un indudable rechazo en España hacia los productos y servicios catalanes, algo que el independentismo catalán pretende obviar, pero que los propios empresarios catalanes temen y explicitan en sus intervenciones. No se debe olvidar que España es, sigue siendo, el principal mercado de los productos y servicios catalanes, y que la independencia no solo acarrearía, como veremos después, la salida de Cataluña de la Unión Europea, sino también un sentimiento contra el nuevo estado en España cuyas consecuencias serían terribles para la Cataluña independiente. Por no hablar de las pérdidas en economías de escala, la salida del euro o la desaparición del carácter de puente (a nivel de comunicaciones y económico) que la actual Cataluña española ejerce. Por otra parte la pretendida independencia no traería para Cataluña una mayor disponibilidad de recursos al no tener que tributar a la Hacienda española. El descenso del PIB, que muchos expertos cifran en un 20% para el nuevo estado, eliminaría de un plumazo cualquier mejora de recaudación, y las arcas del nuevo estado deberían además hacer frente al pago de la deuda que les correspondiese, de su propio sistema de previsión social, de un ejército y una diplomacia catalanes, de todo aquello que conlleva tener un estado propio. Sin contar con que la vuelta a la Unión Europea sería una larga y complicada carrera de obstáculos en la que España, más que probablemente, opondría su veto a la entrada en el club europeo de Cataluña. Por no hablar de los inmediatos problemas financieros que sufriría Cataluña al quedar fuera de la zona euro y de la UE, que podrían alcanzar proporciones gravísimas y cuyas consecuencias, como la hiperinflación o los recortes draconianos, son ocultados de forma sistemática por los partidos y asociaciones independentistas.

 

Para la España amputada, la situación no sería tampoco halagüeña. Como hemos visto, una de las principales fuentes de recursos del erario público español es Cataluña. Aunque se produjese un éxodo de grandes proporciones de empresas catalanas y multinacionales hacia España, este éxodo no sería capaz de reequilibrar por completo el desequilibrio producido por la secesión. También se produciría un empeoramiento de la competitividad de la economía española por la disminución de las economías de escala o el desvío de los sistemas de transporte hacia el oeste, mientras se creasen nuevas redes ajustadas a las nuevas circunstancias. Igualmente, y con toda probabilidad, se produciría un rechazo en Cataluña hacia los productos españoles, aunque su montante final sería con toda probabilidad inferior a su recíproco, del que ya hablamos. Sin olvidar que la situación de inestabilidad haría más difícil el acceso de España a recursos financieros en buenas condiciones. Un 10% de descenso del PIB no sería improbable, y quizás nos quedamos cortos. Pero este descenso siempre podrá ser, aunque sea en parte, enjugado gracias a la pertenencia de la unidad supranacional que supone la UE.

 

A nivel social, la independencia catalana traería consigo un innegable sufrimiento para muchas, muchísimas personas. Millones de ciudadanos deberían decidir de qué país quieren ser ciudadanos. O mucho desconozco la naturaleza humana o muchos de estos ciudadanos quedarían en el lado equivocado de la frontera (para ellos), considerados extranjeros en su propio país y sufriendo las consecuencias de la intolerancia y el rencor de “los buenos patriotas” y del estado que no los considera como suyos. Se producirían éxodos de población, siempre traumáticos, y las dos nuevas sociedades resultantes serían sociedades más radicales, excluyentes y cerradas, lo cual redundaría en perjuicio de todos y cada uno de los antiguos miembros de la vieja sociedad unificada.

 

¿Y a nivel político? La consecuencia inmediata de la independencia de Cataluña sería su salida instantánea de la Unión Europea (de la cual ya han avisado los principales líderes de la UE) y un aislamiento internacional agravado por la presión que, con seguridad, ejercería España en este sentido. Apoyada, con toda seguridad, por todos los estados de la UE con problemas secesionistas en su seno. Pero ojalá todo se limitase a esto. Hace muchos años, un estudio del Departamento de Estado norteamericano y de la CIA determinó que la probabilidad de una guerra entre una Cataluña independiente y España en un plazo de dos años tras la secesión sería de un 100%. Un servidor no es adivino, ¡ya quisiera yo!, pero sí conoce la historia, y cualquiera que lea esto y tenga cierta edad recordará lo que pasó en la antigua Unión Soviética o en lo que en su día fue Yugoslavia no hace mucho tiempo. Cuando se producen sucesos traumáticos de este tipo las política se desliza inexorablemente hacia el extremismo, y políticos indignos que sólo buscan su beneficio personal lo encuentran a través de las banderas, la barbarie, el populismo y la guerra. No hay más que ver las declaraciones de políticos de ambos bandos que se han producido en las últimas fechas y que deberían avergonzar no sólo a quienes las pronuncian, sino a sus compañeros y líderes. El seny, la cordura, el sentido común, e incluso la propia democracia se baten en retirada ante el extremismo y la intolerancia.

 

Somos diferentes, y también somos iguales. Tenemos mucho, demasiado en común. Desde el respeto a nuestras identidades, desde el reconocimiento mutuo, desde el interés por mantener el bienestar que compartimos, de mejorarlo, creo que la opción de todo aquel que no se deje cegar por banderas y patrioterismos, por nacionalismos trasnochados propios de hace dos siglos e impropios de sociedades maduras y civilizadas del siglo XXI, es clara.

 

Seny. Sentido común. Nos hace falta. De verdad.

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