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Lunes, 22 de Julio del 2019
Sábado, 28 Noviembre 2015

Un otoño ardiente. Capítulo 3. Terrorismo: vencer en la guerra; ganar la paz

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Para comenzar, vamos a hacer un experimento. Toma unas fichas de dominó. Pon la primera, y a sus lados, otras dos. A los lados de cada una de éstas, otras dos más. Ve creando un árbol hasta que utilices la última ficha. Ahora, empuja levemente la primera ficha. Verás en primera persona lo que significan las palabras “efecto dominó”: empujando una sola ficha crearás un efecto de reacción en cadena, magnificando así el resultado del pequeño esfuerzo realizado.

Esa es la esencia del terrorismo. Las bandas y los grupos terroristas no tienen fuerza para plantear un conflicto clásico, de grandes proporciones, con sus enemigos. Deben recurrir entonces a golpear de forma localizada en donde más duela, con crueldad, acusando a las víctimas de ser las culpables de su propia muerte, y aprovechando las debilidades o la idiosincrasia de las sociedades occidentales modernas para multiplicar de forma exponencial la onda creada por sus atentados.

 

París, Malí, Túnez, los tres últimos escenarios de la barbarie yihadista, son también tres ejemplos de hasta qué punto los estrategas de la guerra santa aplican la más estricta lógica empresarial: haz una mínima inversión, uno o dos locos dispuestos a morir o a ser muertos; mata a todos los occidentales que puedas, de la forma más indiscriminada y descerebrada posible; amenaza con más acciones si no se cumplen las condiciones que exiges; haz un par de atentados en zonas periféricas, donde es mucho más fácil golpear y con lo que consigues dar cierta credibilidad y continuidad a tus bravatas, aunque tú mismo sepas que no son más que eso, bravatas. Pon a funcionar tu maquinaria de propaganda, que has creado y mimas por lo útil que es. Y siéntate a esperar.

 

Los estrategas de la yihad verán cómo los medios de comunicación no sólo se hacen eco de tus acciones, sino que las convierten en monotema de los telediarios, de los informativos radiofónicos, de los periódicos, de las conversaciones de la gente. Los gobiernos, en una actitud comprensible pero las más de las veces poco estudiada, toman medidas excepcionales e intentan matar las moscas terroristas a cañonazos. Ciudades enteras se paralizan, aunque ni siquiera hayan sido objetivo de las salvajadas yihadistas. Los terroristas consiguen lo que quieren, la extensión del terror. Con una mínima inversión, pero presentándose a sí mismos como los soldados de Dios, invencibles y justos. Y sus estrategas se frotan las manos. No es para menos.

 

Es difícil mantener la calma cuando tus muertos riegan con su sangre los lugares de ocio de tu capital. Cuando el mismo presidente debe salir corriendo de un estadio amenazado por los terroristas suicidas, o cuando los trabajadores que acuden una mañana a su trabajo vuelan en pedazos en el tren de cercanías en el que una mente desquiciada ha colocado de forma artera y traicionera una mochila bomba. La primera reacción es la de buscar venganza, rápida, brutal. En tu país se busca, cumpliendo con la legalidad vigente, a los salvajes que han cometido los atentados. A muchos se les encuentra. Otros caen abatidos.

 

La segunda reacción, comprensible tanto por el rédito político que puede dar como por la propia rabia de los líderes políticos, ciudadanos al fin y al cabo, es lanzar tu fuerza militar contra los que han ordenado los atentados. Una acción que, en esta ocasión, no se atiene a las reglas que rigen la sociedad occidental, o a los valores y derechos humanos. Por decirlo claramente, las bombas no distinguen entre las bestias terroristas y quienes viven aterrorizados bajo su yugo. Máxime cuando es más que probable que las bestias se hayan largado antes de que caigan las bombas, quedando sólo los inocentes para recibirlas.

 

El terrorismo yihadista es un problema grave. No hay duda de ello. Hay que solucionarlo, y ponerse a ello lo más rápidamente posible. Pero hay que solucionarlo de verdad, haciendo un análisis riguroso de sus variables, viendo qué resultado han tenido las soluciones aplicadas hasta ahora y proponiendo actuaciones de todo tipo que respondan a cada una de esas variables.

 

Lo primero, el análisis. No vamos a escribir un libro sobre el tema, pero sí a dar algunas ideas con las que están de acuerdo muchos analistas que conocen muy bien el problema.

 

1-El origen del conflicto, en contra de lo que cree la mayor parte de la gente, no es un choque entre musulmanes y cristianos, sino entre musulmanes chiíes y sunníes. La mayor parte de los atentados yihadistas, los más sangrientos y sanguinarios, se han cometido contra musulmanes de una u otra creencia. Por cada occidental que muere, cincuenta musulmanes pierden la vida en manos de estas bestias. Los musulmanes son, en su inmensa mayoría, las víctimas, no los verdugos, aunque los verdaderos verdugos quieren que todo el mundo piense que los musulmanes son todos terroristas. Es la teoría del caos.

 

2-El conflicto se agudiza por los intereses geoestratégicos y económicos de los países desarrollados, y el enfrentamiento entre los países que lideran el islam de uno y otro signo. No olvidemos que la intervención occidental en Irak y Afganistán fue el detonante del inicio de las acciones yihadistas a nivel global, y que los primeros grupos yihadistas fueron creados por Estados Unidos para responder a la invasión soviética del país afgano. Por otra parte, la lucha por el liderazgo del mundo árabe entre Irán (chií) y Arabia Saudí (suní) hace que cada uno de ellos y sus aliados apoye a grupos armados y yihadistas. De hecho, el estado islámico (no merecen estas bestias las mayúsculas), que es un grupo suní, recibe una cuantiosa financiación de las monarquías petroleras del Golfo. Pero no se oye a ningún dirigente occidental quejarse de ello.

 

3-Hay un factor que magnifica todo el conflicto, y es la cuestión palestina. No es que sea esta cuestión el meollo del problema; más bien es una de las banderas a las que se agarran todos los grupos terroristas islámicos que en el mundo han sido, y serán.

 

4-El caldo de cultivo de los terroristas es la miseria y la desesperación. Cuando no hay nada que perder, cuando no hay futuro, cuando la educación y la cultura simplemente no existen, es fácil abrazar el extremismo y convertirse en soldado de Dios, tanto en los países islámicos como en los occidentales.

 

5-El avispero sirio y el desplome del estado iraquí han creado un vacío de poder en la zona que ha sido aprovechado por unos grupos (léase estado islámico) que ni en sus más disparatados sueños habrían conseguido asentarse en ella de existir una situación normalizada.

 

6-No hay que olvidar que el estado islámico busca sus propias fuentes de financiación vendiendo petróleo barato a países de la zona, como la descompuesta Siria e, incluso, Turquía. También utilizan el tráfico de drogas, de órganos y de personas para conseguir recursos.

 

Hasta aquí un análisis somero. Como dije, no vamos a escribir un libro, sino a abrir el melón para echar un vistazo a sus tripas. Y una vez vistas, vamos a ver cómo podemos actuar.

 

1-Los musulmanes son tan buena gente como los cristianos, los judíos o los budistas. Islam no es terrorismo; eso es lo que están deseando que creamos los yihadistas, para que los musulmanes sean perseguidos y así justificar sus macabras acciones, consiguiendo también que muchos de ellos se les unan. Cada persona que crea que los musulmanes son todos terroristas será una victoria de los terroristas. Cada persona que no lo crea, una derrota. Es además necesario que las víctimas musulmanas de los terroristas tengan el mismo apoyo y la misma solidaridad que las no musulmanas. Eso restará apoyo a los yihadistas y lo sumará a la causa de la paz.

 

2-Hay que dejar claro a los países que apoyan a los grupos yihadistas que el juego se acabó. La paz es el bien supremo, por encima de enfrentamientos religiosos o luchas por el poder regional. Hay que apoyar además a los grupos moderados que, dentro de estos países, se ven muchas veces relegados en favor de intereses poco confesables.

 

3-La cuestión palestina debe ser solucionada de una vez para siempre. Por increíble que pueda parecer, lleva más de 70 años envenenando las relaciones internacionales y desestabilizando una zona ya de por sí inestable. Es cuestión de voluntad política, que tienen que aplicar las grandes potencias.

 

4-Miseria y desesperación son el elemento en el que colocan sus nasas los extremistas. En los países donde asientan sus reales las bestias yihadistas, hay que crear estructuras estatales sólidas, que favorezcan el desarrollo económico y que ofrezcan un futuro a una juventud que, ahora mismo, carece de él. Una mayor justicia social permitiría también cercenar la base de apoyo de los terroristas. Y en Occidente, hay que revisar las políticas de asimilación y de integración que se han mostrado ineficaces. Muchos franceses, belgas o británicos de tercera generación, de origen musulmán pero que ni hablan árabe ni conocen el islam, acaban en brazos de los terroristas porque sus países y sus sociedades les niegan su lugar al sol por el mero hecho de su origen étnico. Además de por justicia, una mejor asimilación e integración permitiría cercenar la base de la que se nutren en Occidente organizaciones asesinas como estado islámico.

 

5-Guerra. La solución militar es imprescindible, aunque no única, sino considerada como una de las patas de una solución global. No existe posible negociación con los yihadistas por la simple naturaleza de éstos, que sólo conocen los términos de victoria (y consiguiente esclavización de los vencidos) o muerte. Pero la guerra ha de ser de verdad, no de propaganda. No se puede ganar desde el aire en exclusiva, lanzando bombas a diestro y siniestro y matando a más inocentes que extremistas; hace falta sacar a las ratas de la madriguera, y eso se hace con tropas sobre el terreno, ya sean propias o de los habitantes del lugar. El estado islámico cuenta con un ejército de opereta que sólo ha medrado por la ausencia de un enemigo con un mínimo de entidad. Destruirlo no supondrá un esfuerzo excesivo. Más complicado será asegurar la paz.

 

6-Reconstruir. Muy relacionado con el punto 4. Hay que reconstruir estados y economías en el epicentro del conflicto. Estados consolidados y economías en positivo son la antítesis de lo que los yihadistas buscan, que es debilidad, pobreza y división. Cuando el estómago está lleno y hay futuro para tus hijos, no te vuelves hacia quien te promete expiación, venganza y guerra santa. Un poco de democracia, aunque sea adaptada, no vendría tampoco mal.

 

7-Sin dinero ya no hay…yihad. Hay que cortar el flujo de petróleo barato o de drogas de diseño con los que se financia el estado islámico. Aquí se mezclan las soluciones militares, policiales y diplomáticas.

 

Resumiendo: la solución no es única, sino que presenta múltiples facetas interdependientes que hay que tener en cuenta. Porque los discursos, las soflamas, las banderas, las bombas, pueden acabar momentáneamente con el problema, pero sus raíces seguirán ahí, como las de las cañas del río, que vuelven a nacer una y otra vez tras ser cortadas. Los problemas, este problema, debe ser resuelto para siempre, porque si no se hace así las lágrimas y la sangre formarán un río de desesperación sin fin que correrá año tras año por el devenir de este mundo. No sólo hay que vencer en la guerra; hay también que ganar la paz.

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