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Viernes, 20 de Setiembre del 2019
Sábado, 07 Noviembre 2015

Un otoño ardiente. Capítulo 2. Desigualdad: todo para unos, nada para todos

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CLR/Tino Mulas.

El dinero es como la energía o la materia: ni se crea ni se destruye, se transforma. O se esconde. O se concentra. En pocas, muy pocas manos.

Atención, pregunta. De las de cole y nota. Dos niños, Paquito y Pepito, tienen dos pollos asados. ¿A cuántos pollos tocan cada uno? La respuesta es que… depende.

 

Paquito y Pepito pueden vivir en un país rico o en un país pobre. Su vida estará marcada por este hecho. Pero, últimamente, el reparto de los pollos será muy parecido vivan donde vivan.

 

Paquito es un buen chico, hijo de una familia pudiente. Le habrán enseñado desde pequeñito el valor sagrado de la propiedad, el espíritu emprendedor como impulso supremo, el desprecio por quienes no son capaces de valerse por sí mismos, de triunfar en la vida y la sociedad. Y por consiguiente, intentará no sólo quedarse con el pollo asado que la estadística y las matemáticas le otorgan. Intentará quedarse con los dos. Y a fe mía que lo conseguirá, porque estará preparado y formado para ello y contará, además, con la ayuda de los repartidores de pollos asados, que no cumplirán con su trabajo de repartir los pollos equitativamente, sino que harán lo que sea necesario para que Paquito tenga los dos pollos. A cambio, recibirán un muslo, o un ala, o un trozo de pechuga del pollo que, graciosamente, adjudicaron a Paquito, aunque éste ni lo merecía ni lo necesitaba.

 

Pepito, por su parte, es hijo de una familia del montón; tirando a pobre, vamos. Buen chico hasta la médula, Pepito es sin embargo un tarado. Tarado por una educación que desde pequeñito le ha inculcado el valor sagrado de la propiedad, el espíritu emprendedor como impulso supremo, el desprecio por quienes no son capaces de valerse por sí mismos, de triunfar en la vida y la sociedad. Una educación magnífica para quienes lo tienen todo, pero que para quienes no tienen nada es la lápida que cierra con peso eterno cualquier oportunidad de mejora para Pepito.

 

Pepito tendrá que contentarse con los restos de los pollos que Paquito y quienes le ayudan se han zampado. Si Pepito y Paquito viven en un país rico, los pollos serán gordos, y sus desperdicios bastarán para que Pepito no pase hambre. O bastaban hasta hace poco. Porque el mundo ha cambiado mucho en poco tiempo. Y nuestro país, también.

 

No hace mucho tiempo España era un ejemplo de redistribución y justicia social. Durante la Transición Democrática los políticos españoles, muchos de ellos Hombres de Estado con mayúsculas, de los que hace tiempo que no hay, llegaron a una conclusión que, aunque evidente, nunca se había aplicado en nuestro país: hay que contar con el pueblo, aunque sea mínimamente, para montar un sistema nuevo, o que parezca nuevo. En los tiempos que corrían, con el mundo tendiendo a la izquierda y la Unión Soviética, patria maldita del proletariado, amagando y amenazando al otro lado del Telón de Acero, era más que recomendable que se dejase al pueblo disfrutar de algunas de las ventajas de la riqueza general que, a pesar de su nombre, estaba en manos de unos pocos. Una riqueza que adquirió forma de educación casi gratuita, seguridad social universal, seguros de desempleo, pensiones de jubilación medianamente dignas, apoyo a los desfavorecidos… España, los españoles, nos encontramos de pronto con algo que nunca habíamos tenido: seguridad y protección. La enfermedad se hizo más llevadera, la vejez más alegre, el desempleo menos traumático, la educación accesible. Durante unos años, algún decenio, España fue puesta como ejemplo de la redistribución de la riqueza y de la puesta en pie de un contrato social que hacía que los españoles nos sintiéramos orgullosos de serlo.

 

Pero todo esto cambio. No sólo en España, todo hay que decirlo. Pero a cada uno le duele lo suyo, y a nosotros, lo nuestro.

 

Cayó el muro de Berlín. Y otros muchos muros que escondían las vergüenzas de las odiosas dictaduras comunistas que, sin embargo, habían constituido una fuente constante de temor para los países capitalistas, o más bien para sus clases dirigentes, ya que eran un peligro que ofrecía el paraíso en la Tierra a las clases bajas de dichos países. Un peligro que había llevado a las clases dirigentes a repartir al menos una parte del pastel de la riqueza con su pueblo, para adormecer así cualquier posibilidad de cambio de sistema.

 

Y el péndulo se desplazó hacia el otro lado. La concentración de la riqueza subió como la espuma. El reparto se hizo progresivamente más injusto, justificándose con teorías macroeconómicas que sólo afectan al pueblo llano de forma negativa, nunca positiva, y que eran posibles gracias a que ya no existía un “peligro rojo” más allá del Telón de Acero hacia el que pudiesen volver sus ojos los trabajadores. De hecho, las clases dirigentes han conseguido desprestigiar tanto las teorías políticas de corte obrero que su simple mención aterroriza incluso… a los obreros.

 

Hace pocos días un informe de la OCDE hacía público que España es el segundo país con mayor desigualdad social de todos sus miembros. Hace poco tiempo otro informe de la Unión Europea afirmaba que España es el segundo país miembro con mayor pobreza infantil, sólo por detrás de Rumanía. En los últimos años se ha recortado más de un 20% el presupuesto de la sanidad y de la educación, se ha prácticamente abandonado el apoyo socioeconómico a las personas dependientes, se han desindexado (léase recortado) las pensiones, se ha bajado el sueldo a funcionarios y trabajadores en general, se ha privado de sus derechos sociales a numerosos colectivos… Como ejemplo paradigmático de lo que le ha ocurrido a nuestro país, en Madrid, su capital, se da la mayor distancia entre ricos y pobres de toda Europa.

 

En resumen: la que no hace mucho era una sociedad cohesionada, donde la pobreza extrema era prácticamente anecdótica, se ha convertido en otra donde la desigualdad no sólo aumenta, sino que se hace estremecedora, donde los ricos son cada día más ricos, y los pobres, más pobres. Donde las rentas del trabajo, las que sostienen a la inmensa mayoría de la población, han pasado de ser más de un 60% de la riqueza nacional a apenas un 40%. Donde los poderosos no pagan prácticamente impuestos, cargándose la presión tributaria sobre los trabajadores y las PYMES. Donde aumenta la riqueza general y, al mismo tiempo, la pobreza de la mayoría. Donde cientos de miles de familias son expulsadas de sus hogares y encima condenadas a la miseria perpetua, al tener que pagar las hipotecas de unas casas que les han sido arrebatadas. Donde los poderosos reciben subvenciones y prebendas, y los pobres, pobreza. Donde la protesta contra la miseria, la injusticia y la desigualdad sólo encuentra como respuesta la represión y la amenaza. Vivimos tiempos convulsos. Un otoño ardiente con múltiples frentes que nos traen, como dice mi madre, por la calle de la amargura. Pero bajo todo ello subyace la corriente principal, la que riega la realidad de la vida. Una vida cada día más amarga, más dura, más pobre para la mayoría de la población. Una población que no hace mucho se sentía orgullosa de ser española, porque la patria no es un concepto abstracto, un símbolo, un himno. La patria, el país, es el lugar donde crecen tus hijos, en el que tienen un futuro, donde tú das lo que puedes y otros dan o reciben en la misma proporción, el lugar en el que tus mayores viven sus últimos años tranquilos y protegidos, es la comunidad con la que te identificas porque vela por ti y los tuyos, y tú devuelves la protección, el bienestar, la seguridad, en forma de cariño, de esfuerzo, de verdadero patriotismo. Porque sientes que la patria es algo más que la tierra de tus padres, que es en realidad una gran familia que se ayuda y apoya, en la que no todo es perfecto, pero en la que sí hay muchas cosas buenas.

 

Pero cuando todo eso se rompe, se rompe también la patria. Y es entonces cuando el ondear de banderas, el tronar de los himnos, el “nosotros o ellos”, intentan suplir, cuando no suplantar, el verdadero sentimiento de comunidad. Y aquéllos que más han hecho por fomentar la desigualdad, los campeones en los recortes y en la expansión de la pobreza, se envuelven en las banderas y cantan a voz en grito himnos que no son sino la exclusión de los demás. Y es curioso que todos ellos, paladines de una u otra patria, no sean capaces de ofrecer otra cosa que la versión bastarda de la máxima que Alejandro Dumas puso en boca de sus cuatro, que no tres, mosqueteros: “todo para unos, nada para todos”.

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