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Jueves, 25 de Mayo del 2017
Domingo, 08 Mayo 2016

TTIP: ¡No, por favor!

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

En las últimas semanas se oye hablar cada vez con más insistencia de las negociaciones del Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones, más conocido por sus siglas en inglés TTIP. En esencia es un intento de crear una gigantesca zona de libre comercio entre los Estados Unidos y la Unión Europea. Un intento, por cierto, rodeado del secretismo más absoluto en cuanto a qué y cómo se negocia.

¿Qué podría traer de bueno este tratado de llegar a firmarse? Sus defensores afirman que sería poco más o menos una especie de panacea universal para la crisis que, por mucho que se empeñen algunos, seguimos sin dejar atrás. Argumentan que se incrementaría el comercio entre las dos orillas del Atlántico (cierto), que se crearían cerca de un millón de puestos de trabajo (permítame el lector que lo dude), que aumentaría la riqueza general (lo del reparto de esa riqueza es otro cantar) y que el nivel de vida crecería por el descenso de los precios que traería la mayor competencia (para eso los salarios deberían mantenerse, y me temo que no sería así).

 

Y yo, ciudadano europeo cada vez más baqueteado por la crisis, por el estado que debería defenderme y que hace todo lo contrario y por una UE que cada día se parece más al mayordomo de las clases poderosas y las multinacionales, yo, repito, me pregunto en mi ingenuidad: ¿por qué si algo es tan bueno, si va a ser tan positivo para todos nosotros, se mantiene tan en secreto desde que se inició su negociación?

 

Las negociaciones del TTIP son, seguramente, uno de los secretos mejor guardados de los últimos cincuenta años. Los grupos de negociadores son secretos. Las reuniones, también. Tan sólo un número limitadísimo de eurodiputados, previa firma de un compromiso de confidencialidad y sin poder llevar encima ningún medio de reproducción o almacenamiento de datos, puede consultar las actas de dichas reuniones. Y desde luego, que no se atreva el eurodiputado a divulgar lo que vea, porque las consecuencias legales pueden ser terribles.

 

Pero nada es eterno. Y poco a poco se van divulgando detalles de lo que se está negociando entre equipos de la UE, representantes de Estados Unidos y de los lobbies (grupos de presión) empresariales, estos últimos en representación de las grandes multinacionales. Y lo que se va conociendo explica perfectamente el porqué de tanto secreto.

 

En esencia, el TTIP pretende crear una zona de libre comercio entre la UE y Estados Unidos, sí, pero imponiendo a la Unión Europea las normas industriales, de consumo y medioambientales norteamericanas. Que ni que decir tiene que son mucho más favorables a las empresas que las europeas. Por poner un ejemplo: mientras que en Europa, antes de aprobarse la comercialización de un nuevo alimento debe probarse previamente que es inocuo, en USA rige el principio contrario; es decir, primero se comercializa, y si causa daños, pues ya veremos, aunque siempre tendrá las de perder el cliente que ha consumido ese alimento nocivo. Por no hablar de las hormonas y sustancias de todo tipo que se emplean en la industria agroalimentaria estadounidense y que aquí están absolutamente prohibidas. Otro tanto sucedería con las normativas medioambientales, mucho más estrictas hasta ahora en la UE que en USA.

 

Lo mismo ocurriría, por ejemplo, en el mercado laboral. Estados Unidos es uno de los poquísimos países que no ha firmado todos los convenios de la Organización Mundial del Trabajo; en realidad, no ha firmado casi ninguno. El mercado laboral estadounidense carece casi por completo de regulación, existiendo el despido prácticamente libre y siendo los derechos laborales mínimos. Y eso es lo que los negociadores estadounidenses y los lobbies quieren imponer en la Unión Europea, contando para ello con el beneplácito de muchos gobiernos europeos y de las grandes multinacionales de uno y otro lado del Atlántico.

 

Más efectos perversos del TTIP en su actual configuración: la privatización prácticamente absoluta de los servicios públicos, al más puro estilo americano. Educación y Sanidad están en el punto de mira del neoliberalismo y las multinacionales desde hace ya años. El TTIP pretende abrir las compuertas a que los servicios públicos europeos, los mejores del mundo, se conviertan en pasto de las grandes empresas transnacionales, con los pésimos resultados económicos y de empeoramiento y encarecimiento de los servicios que podemos ver en los mismos Estados Unidos.

 

Pero aún hay más, y peor, dentro de este TTIP que quieren vendernos. Y es que, sin ánimo de exagerar, nuestra vida, nuestros derechos, se entregarían a las multinacionales para que éstas no tengan control alguno. De hecho, está previsto que los estados de la UE tengan que ceder soberanía, literalmente, a las multinacionales, a las cuales no se podrá perjudicar en sus beneficios (o incluso expectativas de beneficios) por ninguna iniciativa legal. Y en el caso de hacerlo, se establecen tribunales especiales de mediación que no pertenecen a los tribunales de cada país y en los que las multinacionales son juez y parte. Para que lo entienda el lector: las leyes de cada país miembro de la UE quedarían supeditadas a los intereses de las grandes empresas, tanto norteamericanas como europeas, sin tener en cuenta los intereses y las necesidades de los ciudadanos de dichos países.

 

Y para rematar la faena, se pretende que en la ratificación de un tratado en el que se cede soberanía no sólo de cada país individual, sino de toda la Unión Europea en su conjunto, no se pida su opinión a los ciudadanos; se quiere que sean los parlamentos, cuando no directamente los gobiernos, los que lo aprueben. Es decir, muchos de nuestros en teoría representantes literalmente nos quieren vender a los intereses de las multinacionales, ignorando los nuestros.

 

Hay que hacer algo. De momento algunos gobiernos con algo más de decencia política, como el francés, admiten que, en su actual estado, no firmarán el TTIP. La movilización contra este tratado va in crescendo, conforme se van conociendo más detalles de su negociación. Un buen elemento de presión por parte de los ciudadanos consiste en simplemente no votar a aquellos partidos que se muestran a favor del actual proyecto de TTIP, y que pretenden además aprobarlo a puerta cerrada, sin preguntar a los ciudadanos. Otro, en no comprar productos de esas grandes compañías transnacionales que quieren imponernos sus condiciones, que no son otras que ganar dinero por cualquier medio y a cualquier precio, y generalmente a nuestra costa.

 

Hay que actuar. Porque, visto lo visto, no es de extrañar tanto secreto.

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