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Domingo, 06 de Diciembre del 2020
Viernes, 23 Octubre 2020

Tergiversar la historia: el recurso de los malos (y peligrosos) políticos

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Soy profesor de historia. O sea, que intento enseñar a mis alumnas y alumnos cómo ha sido nuestro pasado: qué, cuándo, por qué y qué consecuencias tuvieron los hechos que han conformado nuestra historia. Sobre todo para comprender lo que ocurre en el presente y, dentro de lo posible, intentar evitar un mal futuro.

Que la historia puede resultar árida, no se puede discutir. Que puede ser fascinante, eso os lo puedo asegurar. Y que es una de las más viejas armas políticas utilizada muchas veces sin escrúpulo alguno, puedes constatarlo tú misma o tú mismo sin demasiado esfuerzo. No tienes más que leer o ver las noticias diarias para darte cuenta de ello.

 

Como siempre les digo a mis alumnos/as, lo primero que hace un partido político en cuanto llega al gobierno es meterle mano (con perdón) al currículo de la historia que se enseña en los centros educativos. Antes incluso que cambiar la ley educativa (cosa que cada partido en el gobierno suele hacer en cuanto puede) el nuevo gobierno intenta que los niños y adolescentes estudien una historia favorable a sus intereses, convertida más bien en propaganda y no en el auténtico relato del pasado común.

 

Y si hace falta, se inventan las cosas. Porque a veces no es suficiente con tergiversar, no se encuentra en la mentira o en la manipulación suficiente sostén a mis ideas. Entonces se imaginan batallas, reyes, civilizaciones, heroicidades, todo lo que haga falta para que el pasado coincida con nuestras convicciones, con nuestro relato de las cosas.

 

Recuerdo, por ejemplo, a los nacionalistas vascos inventando batallas que nunca existieron y estados que jamás fueron para justificar sus aspiraciones políticas. Recuerdo también la reciente polémica que en América y también en nuestro país pretende condenar la conquista y colonización española, olvidando o escondiendo que fue posiblemente la que más y más pronto protegió a los conquistados, a los que llegó a convertir en ciudadanos de su imperio, y que quienes se quejan de todo ello no existirían de no ser por dicha conquista. Recuerdo igualmente la defensa e idealización que algunos grupos ultraderechistas actuales hacen de la dictadura que el país padeció durante 40 años, intentando así autojustificarse. O, por el contrario, recuerdo también cómo en su momento la izquierda más extrema de nuestro país defendía a una dictadura sin paliativos y feroz como era la ya extinta Unión Soviética.

 

Pocas ideologías y grupos políticos se resisten a manipular la historia en su beneficio. O al menos a intentarlo. Y las más de las veces lo hacen de manera tan burda que el más mínimo análisis crítico los expondría al escarnio y la mofa general si, al menos en nuestro país, existiese una cultura histórica del nivel del que gozan en otros países europeos. Por tanto nos engañan con demasiada facilidad, falseando el pasado para presentarlo de forma favorable a sus interés ideológicos o políticos, para convencernos con mentiras de sus propias mentiras.

 

Incluso a veces, o incluso en demasiadas ocasiones, nos dejamos convencer con facilidad. Porque en nuestra ignorancia histórica o en nuestro cómodo y falto de análisis convencimiento ideológico nos encanta oír lo que nos gustaría que fuese cierto. Incluso aunque en muchas ocasiones sospechemos que lo que nos cuentan es más falso que un billete de doce euros. Pero como cuadra con nuestras preferencias, como nos gusta por así decirlo, nos lo tragamos con alegría incluso.

 

Y sin embargo… Sin embargo la historia tiene sus verdades. Sus certezas basadas en datos y en análisis rigurosos. Aunque algunos individuos afirmen sin empacho que están en su derecho de analizar e interpretar la historia como les venga en gana, la realidad es que lo que reivindican es su pretendido derecho a mentir sobre la historia como les venga en gana. Porque aunque el gran público, los ciudadanos en general, crean que la historia está para interpretarla como cada uno desee, el caso es que no es así. No digo que no se puedan hacer interpretaciones de los hechos y procesos históricos. Pero lo que sí afirmo rotundamente es que deberían hacerse sobre los datos ciertos, reales, contrastados, aplicando además criterios de interpretación que no hagan una extrapolación de nuestra realidad a la de otra época y utilizando cuando sea posible herramientas estadísticas, sociológicas, culturales y de otros tipos para que la interpretación de la historia sea lo más exacta posible. Porque hay una cosa cierta: cuantos más datos tenemos de una época o suceso histórico, cuantos más análisis realizamos, más definida es su posible interpretación y menos plausibles son las tergiversaciones o análisis interesados.

 

Para que te hagas una idea simple sobre la historia: muchos que no la conocen (no sólo los hechos, sino también los métodos de investigación y estudio) se atreven a dar lecciones sobre tal o cual hecho, a reivindicar interpretaciones alternativas y a negar cualquier otra que no sea la suya. Es como si yo, por ejemplo, que no tengo ni idea de medicina, tuviese a bien emitir diagnósticos sobre personas que presentan tal o cual síntoma. Mentiría con seguridad, porque no tengo la formación ni los elementos necesarios para ello. Quizá no lo haría con mala intención, pero engañaría al enfermo con mi diagnóstico. Sin embargo quien manipule la historia lo hará a sabiendas, generalmente con intención directa de engañar a quien reciba su mensaje. Por ello hay que desconfiar de quien intenta cambiar la historia a su conveniencia: sólo pretenderá engañarnos.

 

Porque la manipulación de la historia es una de las más habituales armas de los malos políticos. Como decía Camille Sée, “dicen que la historia se repite, lo cierto es que sus lecciones no se aprovechan”. Y yo añado: “antes de hablar, entérate de lo que estás hablando”.

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