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Lunes, 22 de Julio del 2019
Domingo, 01 Junio 2014

Tardes de fútbol

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Marta Semitiel Marta Semitiel

CLR/Marta Semitiel.

En las tardes de fútbol, yo leía libros de ficción. Mi hermano iba a casa de la abuela a ver el partido. El ruido de las televisiones se colaba por las ventanas, con esas voces tan varoniles que hoy suenan a infancia.

Aquellas tardes, todo corría diferente: los amigos eran más amigos y los rivales, más rivales. Los niños ensayaban goles en la plaza, horas antes del juego. Los bares hinchaban el pecho. Los supermercados y las zapaterías cerraban antes de tiempo. El pueblo entero tenía una cita. Igual que yo la tenía en mi habitación.

 

En las tardes de fútbol, yo leía libros de ficción mientras me acunaba el silencio callejero del partido, interrumpido por los coros hechos de suspiros de alivio o por los cánticos de gol.

También recuerdo que, ciertas tardes de fútbol, el abuelo se escondía en el coche para atender la retransmisión. Era un Seat Panda blanco que olía a leña en invierno y a barro todo el año.

 

Las tardes de fútbol siempre tuvieron ese algo tranquilizador. Un ritmo acelerado que aminoraba la velocidad de la vida, de mi vida. Un soniquete adormecedor que acompañaba mis juegos, mis lecturas, mis fantasías, mis sueños, mis escrituras.

 

Adoro las tardes de fútbol porque sosiegan el presente; porque me llevan a aquellas páginas de ficción para, de pronto, hallarme en estas.

 

Gol. Gol porque, en las tardes de fútbol, yo leía.

 

Aunque lo mejor, sin duda, de aquellas gloriosas tardes, era cuando ganaba el Madrid. Mi hermano y el abuelo subían corriendo a casa, con la euforia de buscar camisetas y bufandas, porque banderas nunca tuvimos. “¡Mamá, corre, que hemos ganado!”, decían.

 

Y entonces yo les acompañaba. Nos metíamos en el Seat Panda. Ellos pitaban y bajaban las ventanas: Hala, Madrid; hala Madrid! Yo tan solo observaba, mientras el pueblo daba vueltas en coche a una plaza abarrotada. Algunos llevaban petardos, bocinas, bengalas, bombos. Los padres montaban a sus hijos más pequeños en los hombros. Vestían de blanco una vez al año.

 

Aquellas tardes de fútbol, yo era merengona por sangre, no por afición. Luego la celebración terminaba. El pueblo volvía a su casa. Nos íbamos a la cama. Pero la victoria quedaba para siempre.

 

Ahora, en las tardes de fútbol, ya no leo libros de ficción: escribo realidades viejas para que sigamos jugando en el mismo equipo, mi hermano, mi abuelo y yo. 

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