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Lunes, 15 de Octubre del 2018
Viernes, 28 Septiembre 2018

¿Tanto pesas, tanto vales?

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

El caso de la semana no ha sido el de un político corrupto cazado in fraganti, ni el de un presidente americano haciendo ante la Asamblea General de las Naciones Unidas lo que mejor sabe hacer: el tonto.

Para el español de a pie la noticia de estos últimos días es el cruce de tweets entre las cantantes Malú y Amaia Montero por un quítame allá estos kilos. Hasta tal punto es así que si tú, querida lectora o tú, querido lector, buscáis el nombre de cada una de ellas en Google lo primero que aparece no es su carrera o su último éxito, sino el enfrentamiento que protagonizan en la red y fuera de ella.

 

Para resumir: Malú, con un punto de condescendencia pero realmente sin maldad (léanse completas sus declaraciones en la entrevista que le hicieron sobre el tema), se preguntaba porque una cantante tenía que estar siempre delgada y perfectamente vestida mientras que a un cantante masculino no se le exigía nada de eso. Se preguntaba por qué Amaia tenía que estar delgada, pero no fue ella quien puso a la cantante vasca como ejemplo, sino la entrevistadora.

 

Pero para Amaia estas declaraciones supusieron una afrenta, afirmando que aunque muy cortesmente Malú le había llamado gorda. Y empezó el cruce de declaraciones y tweets un tanto sobreactuado, ya que la pretendida ofensora no lo era tanto y la ofendida se ofendía con poca o ninguna razón.

 

Pero hay un trasfondo en esta polémica que es mucho más preocupante. Y es que los cánones de belleza se están transformando literalmente en grilletes de esclavitud que a más de uno le sorben además el me temo que escaso cerebro que la naturaleza les dio o más bien les escamoteó en el sorteo de la inteligencia humana. Porque para demasiadas personas el no cumplir con esos cánones es motivo no ya de preocupación, sino de desespero, mientras que para otros los que no los cumplen son dignos de desprecio y burla.

 

Me temo que los primeros están faltos de personalidad y autoestima. Porque esos cánones de belleza son, en realidad, poco menos que imposibles de alcanzar. Y están además impuestos por una serie de intereses económicos que sólo buscan su propio beneficio, sin importarles el daño que puedan causar para alcanzarlos. La belleza corporal, o al menos lo que como tal se considera, es un concepto muy cambiante y en ocasiones poco respetuoso con la salud del personal. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad lo elegante y bello era mostrar cuerpos orondos, con curvas en especial en las mujeres rotundas y anchas caderas. Y además cuerpos y pieles pálidos, lo más blancos posible. Se consideraba que las personas con peso (o sobrepeso) eran bellas y elegantes porque sólo quienes gozaban de una buena posición económica podían comer lo suficiente para engordar. Y además debían lucir sus carnes blancas, sin sombra de moreno, para demostrar así que no se veían obligadas a trabajar al sol, que no eran vulgares campesinos u obreros.

 

Compare quien esto lea lo que acabo de afirmar con lo que ocurre hoy en día. Desde hace algunas décadas el canon de belleza se ha transmutado en todo lo contrario: hay que estar delgado y moreno, cuanto más delgado y más moreno mejor. Pero hay una diferencia: mientras que en el pasado poca gente se podía permitir el preocuparse por su aspecto exterior y su peso, en la actualidad el aumento del nivel de vida y la rapidez con la que circulan las noticias hacen que cualquier descerebrado o descerebrada pueda criticar inmediatamente a cualquier persona del mundo porque, en su retorcida opinión, esté gordo o gorda. Y lamentablemente estos despreciables elementos no se limitan a la crítica, sino que se lanzan al insulto y al acoso contra quienes no cumplen con unas normas que son meras convenciones y que muchas veces hasta resultan malsanas.

 

Ejemplos hay muchos, pero curiosamente estas campañas se dirigen sobre todo contra las mujeres. Conectando con un machismo muy difícil de reducir, las críticas se centran en mujeres famosas que muestran tendencia al sobrepeso y a las que se insulta de una manera tal que hace pensar que el nivel intelectual y moral de las personas autoras de las críticas está muy por debajo del de las ratas de cloaca. Y no sólo se trata de presionar a famosas y, a veces, a famosos: de nuevo las redes sociales y la inmediatez de las comunicaciones permiten criticar y atacar prácticamente a cualquiera, desde la vecina del 5º hasta la compañera de trabajo. Y la violencia social se vuelve global y los gordos y gordas del mundo tiemblan ante la presión de quienes se creen mejores porque están delgados, cuando no escualidos.

 

Pues bien, flacos y flacas, gordos y gordas, debéis saber que el valor de una persona no se mide en kilos, tanto por falta como por sobra. El valor de una persona se mide por cosas que no pesan, que no se ven: la bondad, la simpatía, la empatía, la capacidad de trabajo y sacrificio, de amar y ser amado o amada, la inteligencia… Eso es lo que importa de una persona, y no su peso. Porque el peso, salvo que suponga un peligro para la salud por exceso o por defecto, sólo importa cuando vas a la tienda y tienes que buscar una talla que te vaya bien. Para todo lo demás, carece de importancia.

 

Y quienes crean lo contrario pueden contar con toda mi indiferencia. Porque son tan poca cosa, tan poco personas, que ni siquiera merecen desprecio. Sería darle más importancia de la que tienen.

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