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Lunes, 15 de Octubre del 2018
Sábado, 22 Septiembre 2018

Soy tonto: yo estudié, hice mis exámenes y nunca, nunca copié

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Y así me va. Ni soy un alto cargo, ni un líder de un partido político, ni millonario, ni nada de nada. Sólo un simple funcionario.

Y tengo suerte. Porque muchos otros tontos como yo que estudiaron, hicieron sus trabajos y exámenes y nunca, nunca copiaron, no consiguieron trabajar en aquello en lo que siempre soñaron. Más bien al contrario, o engrosaron las listas del paro o sólo encontraron trabajos mal pagados y de escasa cualificación a los que accedieron, eso sí, gracias en parte a que tenían estudios.

 

¡Quién me lo iba a decir! A las mujeres y hombres de mi generación siempre nos sermonearon con el valor del trabajo bien hecho, del esfuerzo, de la honradez… Se nos decía que ser íntegro y sacrificarse por tu futuro daría después sus frutos. Y a ello nos pusimos. A algunos nos fue mejor, a otros peor. Y pasó el tiempo y los políticos que dirigieron el país durante muchos años fueron poco a poco retirándose de la palestra de la vida pública y dejando paso a una nueva generación de jóvenes a los que se nos presentó como brillantes, formadísimos/as y capaces de mejorar e incluso arreglar nuestro viejo país. No hay más que ver a estas chicas y estos chicos tan elegantes, tan casual, tan cargaditos de másteres y doctorados, tan guapos y guapas todos ellos, que se hicieron cargo de las grandes fuerzas políticas patrias tras caer éstas en la ignominia y el desprestigio por mor de su incapacidad para solucionar la crisis económica o por la podredumbre y la corrupción que en algunas de ellas reinaban.

 

Y he aquí que llegan nuestros jóvenes salvadores con sus sonrisas profident, sus caras inmaculadas y su aura de eficiencia y sapiencia. Pero, ¡oh, sorpresa!, empiezan a aparecer sospechas de que no es oro todo lo que reluce. Y de ser propietarios de todo tipo de estudios de postgrado y especializaciones mil pasan a ser afortunados a quienes se ha, simplemente, regalado títulos y honores académicos. Y resulta que muchos, demasiados de ellos, en realidad no saben hacer la o con un canuto, lo cual se demuestra cada dos por tres cuando alguien les pregunta sobre algún tema y no tienen a su lado a un asesor que les saque las castañas del fuego. Eso sí, escaquearse de las preguntas complicadas, desdecirse o desmentir sus declaraciones cuando las hacen, llenarse la boca con palabras rimbombantes y posar para la cámara, todo eso lo hacen de maravilla.

 

¿En qué país vivimos? ¿Esto es normal? ¿Qué hemos hecho para merecer esto? ¿A dónde vamos a llegar? Imaginemos el futuro de nuestro país con estos líderes, que han llegado a donde ha llegado como han llegado, que mienten sin despeinarse y sin dejar de sonreír y no una, ni dos, ni tres veces, sino siempre que les hace falta y en su propio beneficio. Y son ellos los llamados a regenerar la política española, a pilotar el país hacia el futuro. Pero ¿son creíbles?

 

Me temo que no. Porque para el ciudadano de a pie, para el que cumple con su trabajo y se gana sus titulaciones y grados con el sudor de su frente, esto es una afrenta. Y después hay quien dice que el español desconfía de la política, de los líderes de los partidos, de los dirigentes del país. Y a quienes dudan de la integridad de la política española les llaman antisistema, populistas y otros epítetos que pretenden insultantes, pero que más bien definen con total exactitud a quienes los profieren. Y no dudo de la integridad de muchos de nuestros políticos, a algunos de los cuales tengo el honor de conocer y contar entre mis amigos, pero permítaseme que sí dude de la de muchos otros a los que, a pesar de descubrírseles chanchullos y tropelías, no hacen sino negar la evidencia, mentir dos veces: una al obtener sus títulos de forma fraudulenta y otra, tras ser descubiertos, al afirmar su inocencia. Si lo llego a saber, me hubiera dedicado a otra cosa. Porque en España la meritocracia, la selección de los mejores (y no es que yo me incluya entre ellos) para gobernar el país, simple y llanamente no existe. Más bien lo contrario: en realidad no importan tus méritos para alcanzar el liderazgo político, sino tu capacidad para trepar por el escalafón de tu partido.

 

Y es una pena. De verdad.

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