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Martes, 17 de Octubre del 2017
Miércoles, 23 Marzo 2016

Salvar la Andelma

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Murcia es una región seca. En realidad, muy, muy seca. Y sin embargo, con un poco de agua, puede ser tremendamente fértil. A las pruebas me remito.

El hacer de buena parte de las tierras murcianas un oasis en medio de un páramo ha sido empeño de muchas de las civilizaciones que en ellas se han asentado. Los romanos crearon buena parte del sistema de regadíos que después perfeccionaron y ampliaron los musulmanes, y que hoy en día son la base de la principal riqueza de la Región, y también de Cieza: la agricultura de regadío.

 

Pero los sistemas de regadío que hemos heredado de nuestros antepasados no son sólo medios de producción, herramientas que utilizamos para multiplicar la productividad de nuestra agricultura. Se han convertido en parte integrante de nuestros paisajes, cuando no en origen directo de dichos paisajes, en señas de identidad, incluso en formas de disfrutar y entender la vida. El agua, escasa y preciosa, la savia vital de la Región de Murcia, corre por ellos como la sangre por nuestras venas, nos alimenta y nos da vida.

 

Aunque en la actualidad las cosas están cambiando. El poderoso caballero Don Dinero se ha convertido en la medida de todas las cosas, incluso en nuestras huertas, en nuestros regadíos. Sistemas de irrigación tradicionales que dan origen a ecosistemas, a paisajes, impensables en una región tan árida como es Murcia, están en el punto de mira de instituciones y empresas cuyos intereses son única y exclusivamente económicos. Muchos de ellos han desaparecido ya, entubados bajo tierra, y nada queda de los paisajes que nacieron y crecieron gracias al agua que transportaban. En Cieza, tres de las cuatro acequias antiguas ya no existen. Y la última superviviente, la Andelma, “la fuente del agua” en su traducción del árabe, está en peligro.

 

Fueron posiblemente los romanos los que pusieron las primeras piedras de la acequia, y los musulmanes y posteriormente los cristianos la ampliaron y desarrollaron para regar buena parte de la vega y de la Atalaya. Hoy en día ha sido entubada en su mayoría, pero todavía quedan algo menos de tres kilómetros y medio al aire libre. Tres kilómetros y medio que siguen cumpliendo con su función primordial, es decir, regar las huertas de la zona de la Atalaya, pero que tienen un significado mucho más profundo.

 

Porque la Andelma no sólo es parte de la historia de Cieza. Generaciones y generaciones de ciezanos y ciezanas han paseado junto a ella, entre una vegetación imposible si no fuese por la existencia de esta obra hidráulica. Sus árboles han dado sombra a los caminantes, su agua ha paliado la sed de gentes y animales, el verdor de sus veredas ha roto la monotonía de los secos ocres de la Atalaya, el murmullo de sus aguas ha acunado y tranquilizado a quienes lo escuchaban. Lo que queda de la Andelma es, además, el último refugio de una biodiversidad, de una bullente vida que antaño jalonaba los ochenta kilómetros de acequias tradicionales que recorrían Cieza y que hoy sólo resiste en el último reducto a cielo abierto del regadío tradicional.

 

Quienes predican el entubamiento de la Andelma afirman que es una infraestructura obsoleta, que pierde parte de su caudal y que es más rentable meterla bajo tierra. Puede que, desde el punto de vista económico, tengan parte de razón. Aunque no lograrán convencerme de que la Andelma no cumple con su función, que es la de regar los huertos de la Atalaya. Y si no, que se lo pregunten a todos los huertanos que riegan sus terruños con el agua de este viejo canal. Pero lo que no dicen los partidarios del entubamiento es que la falta de agua es causada muchas veces por los riegos ilegales o excesivos, por los desarrollos urbanísticos incontrolados, por la búsqueda del beneficio máximo e inmediato. Y tampoco dicen cuáles serán las consecuencias de entubar lo que queda de esta histórica obra hidráulica. Aunque es fácil saberlo: recorran ustedes los cauces de las otras acequias ciezanas que se entubaron, la del Horno, la de Los Charcos y la de Don Gonzalo. Nada queda ya, salvo los troncos muertos y secos de los viejos árboles de ribera, de la vida que antaño cubría sus márgenes. Sólo los cauces secos y alguna que otra mata. Eso es lo que quedaría de uno de nuestros monumentos naturales más importantes.

 

Cieza ha perdido en pocas décadas demasiada riqueza ambiental e histórica con el entubamiento de las acequias. Ahora quieren destruir lo poco que nos queda. Hay algunas propuestas para salvar la Andelma; algunas de ellas son sólo propuestas aparentes sin futuro, como la de desdoblar el cauce en uno entubado para regadío y otro, el propio de la Andelma, con un caudal ecológico que tendrían que suministrar los regantes. Otras, más sensatas, abogan por reparar y modernizar el actual cauce con técnicas tradicionales respetuosas con la biodiversidad existente. Y es curioso que estas últimas no son sólo propuestas de los grupos ecologistas y de asociaciones en defensa de la Andelma, sino que también los propios usuarios, los huertanos de la zona de la Atalaya, las apoyan y hacen suyas.

 

Yo me encuentro en este segundo grupo de personas. Queremos que quienes vengan después de nosotros en el discurrir de la existencia puedan ver, escuchar y disfrutar de la acequia de la Andelma y de todo lo que crece y vive con ella, al igual que lo hicieron las generaciones que nos precedieron. Queremos tener este pequeño oasis en nuestras secas tierras, y que el mal llamado en ocasiones “progreso” no sirva solamente para beneficiar a unos pocos y quitarnos a los demás algo tan nuestro.

 

Queremos, en definitiva, salvar la Andelma, la fuente del agua.

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