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Jueves, 21 de Setiembre del 2017
Sábado, 17 Diciembre 2016

¡Quiero mi trozo de autopista! ¡Y lo quiero ya!

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Lo último de lo último. El colmo de los colmos. Ahora tenemos que pagar entre todos el rescate de las autopistas de los amigotes de un señor con bigote, muy aficionado él a dar lecciones a los demás y que el tiempo ha demostrado que no dio una a derechas (y eso que, en teoría, era lo suyo).

Muchas y muchos de quienes esto leen son empresarios, sobre todo pequeños y medianos. De esos que deben sacarse las castañas del fuego ellos solitos, sin ayuda de nadie, y mucho menos del Estado. Seguro que si quiebran nadie les va a rescatar, nadie les va ayudar. Y las deudas que genere su actividad se las cargarán ellos y ellas, sin que nadie acuda a asumirlas. Y mucho menos el Estado.

 

Pero la culpa es suya, por no ser amigos o amiguetes de quienes tienen que ser amigos o amiguetes. Si tuvieran los amigos o amiguetes que hay que tener, sus empresas habrían sido montadas casi sin gasto, con créditos avalados por el Estado y que casi nunca tendrían que devolver; ya se encargaría el Estado de ello. Además, hubiera dado igual el tipo de empresa que hubiesen montado; el que fuese o no viable no importa un comino, ya que los informes de viabilidad, si hace falta, se inventan. Y si el negocio va mal, pues casi mejor, porque los leoninos contratos que el Estado, bajo el mando de ese señor de bigote, firmó con las empresas constructoras y concesionarias de estas autopistas, decían más o menos lo siguiente: si las empresas van bien, si generan beneficios, pues para mí (el empresario-amiguete); si van mal, si generan pérdidas o quiebran, pues para ti (el Estado, que el señor de bigote-amiguete considera patrimonio suyo). Eso, queridos y queridas pequeños y medianos empresarios, es lo que hay que hacer: ser amiguetes del señor de bigote o de otros similares.

 

Pero hay algo que el señor de bigote y su amiguete-empresario obvian: que el Estado soy yo; y el panadero de la esquina; y el obrero de la fábrica; y el albañil; y el administrativo; y la dueña de la tienda de ropa; y el parado; y el bebé que llora en el piso de arriba; y la señora que vende el cupón de la ONCE; y así hasta cuarenta y cinco millones de personas (todos, menos los amiguetes profesionales y muchos de los que más tienen) que pagamos nuestros impuestos, que son la sangre vital con la que funciona el Estado. Así que si tenemos que pagar por las ruinosas autopistas que se sabía desde antes de que se construyeran que iban a acabar siendo eso, ruinosas, pero aun así se construyeron para que varios empresarios-amiguetes del señor de bigote ganaran grandes cantidades de euros; pues entonces yo quiero la parte que me corresponde. Porque, vamos a calcular, voy a tener que pagar mucho por ella. Echemos cuentas.

 

Según la patronal del sector de las autopistas, el rescate de las radiales costará alrededor de 5700 millones de euros. Seguro que será más, pero vamos a suponer que, por una vez, se acierta en la estimación económica. Si dividimos los 5700 millones entre los 45 millones de personas que componen la población española, resulta que tenemos que pagar algo más de 122€ por persona. Como en mi casa somos cuatro, la broma me va a salir por unos 500€. Pero si tenemos que pagar 500€, yo quiero a cambio lo que me corresponde: una parte entre 45 millones de esas autopistas que estoy, literalmente, pagando. O si no, que se abran de forma gratuita al tráfico a todo aquél que quiera utilizarlas, para que de esa forma puedan cumplir la misión de una autopista radial: descongestionar el tráfico de las grandes ciudades. Y desde luego, les prohíbo que las saneen con mi dinero y que luego se las regalen literalmente a los empresarios-amiguetes del señor de bigote de turno que esté al mando de las riendas del Estado.

 

Y lo peor. Con esos 5700 millones de euros podría mejorarse notablemente la sanidad, la educación y la atención a la dependencia sin subir un solo euro el déficit del Estado. Con ese dinero no sería necesario realizar un solo recorte o subir un solo impuesto para cumplir los objetivos de déficit. Con ese dinero se podría fomentar la economía productiva, construir hospitales, residencias de ancianos, colegios… Pero no, ese dinero va a pagar las deudas de los empresarios-amiguetes del señor de bigote, unas deudas que por cierto están en manos de fondos buitre participados por esos mismos empresarios-amiguetes y familiares de quienes nos han (mal) gobernado.

 

Lo dicho: quiero mi trozo de autopista. Y lo quiero ya. Que para eso voy a tener que pagarlo.

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