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Sabado, 20 de Julio del 2019
Viernes, 25 Enero 2019

¿Qué ocurre en Podemos?

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Podemos es una formación política insólita en la historia de las formaciones políticas españolas.

Nació directamente del pueblo, del ignorado pueblo trabajador que estaba sufriendo casi en solitario las consecuencias de la crisis porque era a él a quienes la política tradicional se las cargaba. De la gente normal y corriente, harta de corrupción y de políticos corruptos, de las personas que no tenían voz pero que la encontraron a partir del 15-M y de su consecuencia política: Podemos.

 

Desde el principio Podemos asustó y mucho a los poderes establecidos. Y no por sus propuestas políticas, que no eran excesivamente radicales y sí preconizaban por una vez mirar más por la gente que por las multinacionales o por las grandes fortunas. El miedo surgía de la constatación de que Podemos era un movimiento transversal, popular, de gentes que habían votado previamente a partidos de derecha, de centro o de izquierda y que ya no se fiaban de los partidos tradicionales o que estaban desencantados con su actuación. Y eso sí que era peligroso para los de siempre, los poderosos, máxime cuando el sistema político es democrático y permite al pueblo expresar sus opiniones al menos cada cuatro años.

 

La consecuencia de este miedo fue inmediata: el “a por ellos” total, una campaña de desprestigio contra Podemos, especialmente en los medios de comunicación conservadores, que acusaba a la nueva formación de populista, de financiación ilegal por parte de potencias extranjeras y de otras cuestiones tan absolutamente increíbles que no demasiada gente creía estas acusaciones. Desmentidas, por otra parte, hasta por los tribunales, pero que se convirtieron en un mantra para muchos periodistas y políticos.

 

Podemos comenzó a crecer. A entrar en gobiernos locales y regionales, a conseguir representación parlamentaria a nivel autonómico y nacional. A “tocar pelo” al poder y a desarrollar una labor destacable allí donde pudieron aplicar sus recetas. En un momento dado incluso las encuestas de intención de voto llegaron a colocar a Podemos como la fuerza política favorita de los españoles. Pero entonces…

 

Entonces llegaron algunos casos no de corrupción, sino de actuaciones poco respetuosas con la línea de denuncia constante de quienes se aprovechaban de lo público o de los corruptos. Y claro, los medios de comunicación aprovecharon la oportunidad, dado que Podemos había exigido siempre limpieza. Ello no significó un grave detrimento para la formación morada (aunque algún líder del partido, como Monedero, tuvo que dimitir) pero entonces se empezó a notar una tensión interna dentro de un movimiento tan plural que sí que tuvo consecuencias que se agravarían con el tiempo.

 

En primer lugar, la pluralidad que había sido consustancial al nacimiento de Podemos dificultaba a la vez la operatividad del partido: resultaba tremendamente difícil que todo el partido apoyara unas medidas únicas cuando las propuestas eran tan dispares, las sensibilidades tan variadas, los intereses tan diferentes. Y la respuesta de la cúpula del partido fue reafirmar poco a poco el poder y el liderazgo de quien había encarnado a la formación desde su creación, Pablo Iglesias. A nivel organizativo, la decisión más lógica. A nivel de diversidad y funcionamiento democrático (en lo más alto del partido, al menos), en mi opinión un error.

 

Un error que ha hecho que muy pocos de los líderes iniciales de Podemos sigan hoy en día en la formación o en su cúpula. Pero un error que además se ha agravado con el escoramiento continuo a la izquierda que ha hecho perder al partido el voto de todos aquellos que no comulgaban con esta opción política. La unidad de acción con Izquierda Unida asustó a muchos votantes potenciales, pero la dirección de Podemos insistió en esta opción. Los resultados electorales no han bendecido la unión, más bien al contrario: la coalición de Podemos e Izquierda Unida no ha conseguido mejorar los resultados de ambas por separado, sino todo lo contrario.

 

Además los viejos pilares del partido lo abandonan. Íñigo Errejón, representante del sector más moderado de Podemos y valedor de la transversalidad de su ideario y militantes se enfrentó a Iglesias por el poder en la formación y perdió. No era cuestión de desperdiciar este activo y aunque sus seguidores sí fueron apartados a Errejón se le intentó colocar como valor seguro en la carrera por la comunidad autónoma madrileña o por el ayuntamiento de la capital. Pero la herida era ya profunda y Errejón optó por abandonar el partido e integrarse en un movimiento, el de la alcaldesa capitalina Manuela Carmena, donde la transversalidad es más visible.

 

El golpe para Podemos ha sido evidente. La marcha de Errejón escenifica el final de la transversalidad y el posicionamiento en el más puro espacio de la izquierda. Ello limita las posibilidades de crecimiento de Podemos, al renunciar al voto de centro que, como siempre digo, da la victoria o la quita en la política española. Y en mi opinión es una pena, porque el experimento de transversalidad, de diversidad, de democracia y de sentido común que fue Podemos en un principio ha dejado de ser tal. Y eso es malo para la gente, la gente normal y corriente que vio en el partido morado la respuesta a sus necesidades y deseos. Mucha de esta gente sigue confiando en él, pero mucha otra se ha asustado con este giro a la izquierda que no comparten y abandona su apoyo al proyecto.

 

Veremos qué ocurre en el futuro.

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