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Jueves, 25 de Mayo del 2017
Sábado, 16 Julio 2016

Nadie me quiere (palabras del señor presidente)

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Quien siembra vientos, recoge tempestades. O de aquellos polvos vienen estos lodos. O trata a los demás como quieres que te traten a ti.

Es rica nuestra lengua en refranes para cualquier ocasión. Y los que acabo de citar vienen como anillo al dedo para iluminar el actual proceso de negociaciones para intentar formar gobierno tras las elecciones del 26-J. Proceso liderado por el Partido Popular y por su presidente y presidente del gobierno en funciones, Mariano Rajoy.

 

Rajoy esta vez ha decidido que sí va a intentar formar gobierno. Le avala una innegable mejora en sus resultados electorales que le ha reforzado políticamente. El problema es con quién.

 

El actual presidente en funciones ha estado cuatro años al timón del país apoyado en una mayoría absoluta que le permitía gobernar sin sobresaltos y a voluntad. Las mayorías absolutas no suelen ser buenas consejeras, pero en este caso el señor Rajoy ha batido todos los récords en la aplicación del conocido rodillo: ha gobernado prácticamente por decreto, con escasísimo (casi nulo) debate parlamentario. No ha consensuado ninguna de las medidas que ha tomado, y menos aún en asuntos esenciales como la educación, los derechos y libertades, la seguridad ciudadana, la estructuración territorial del Estado, etc. No ha actuado en absoluto contra la corrupción en su partido. Ha menospreciado a la oposición y, lo que resulta evidente a los ojos de todos los observadores políticos, ha llevado la política de su partido hacia el ala más conservadora y rancia, más derechista de los últimos 20 años.

 

Y como dice otro refrán, todo se paga en esta vida. Rajoy y el Partido Popular necesitan ahora de socios que les apoyen no sólo en la investidura, sino en la diaria tarea de gobierno que, a vista de las inexistentes mayorías, se aventura muy, muy complicada. Pero los partidos en los que busca ese apoyo no olvidan que hace apenas diez días Rajoy gobernaba con mayoría absoluta, y menos olvidan aún cómo gobernaba. No es extraño que varios líderes políticos cuyo concurso sería no sólo recomendable, sino casi indispensable, le hayan recordado al presidente sus dichos, sus hechos y los de su partido, que aún se mantienen calientes de lo recientes que son. Y tampoco resulta extraño que le hayan dicho, en su mayoría, que no. Y menos aún con él al mando.

 

Hasta no hace demasiado estas situaciones eran más sencillas. El partido ganador, aunque lo fuera con mayoría simple, nunca bajaba de los 160 diputados, y existía el recurso a buscar el apoyo de los partidos nacionalistas moderados, PNV y CiU, que apoyaban la estabilidad del gobierno estatal a cambio, claro está, de mejoras para sus comunidades. Hoy CiU ya no existe, y Convergencia se ha radicalizado hasta el extremo, empujada en gran medida por el inmovilismo del gobierno central. Además, su fuerza es menos de la mitad de la que fue. Por su parte el PNV ha moderado su discurso y su estrategia, pero no olvida los últimos cuatro (casi cinco en realidad) años de gobierno de Rajoy y el PP, y se niega en redondo a ayudar a éste. Los mismo pasa con otros grupos políticos, aunque sean más radicales en sus planteamientos.

 

Lo que sucede, a decir de muchos analistas, es que la figura de Rajoy está tan deteriorada que nadie quiere unir su destino político al presidente del PP. Los líderes de otras formaciones políticas saben por las encuestas que Rajoy no es un activo en su propio partido, sino más bien lo contrario. Es casi seguro que sin Rajoy el Partido Popular hubiera conseguido resultados notablemente mejores de los cosechados en las dos últimas convocatorias electorales. Pero mientras que a todos los niveles Rajoy sigue la política de Tancredo de esperar y ver, a nivel de su dominio interno del partido, y aunque sea soto voce y en secreto, mantiene con mano férrea el liderato, y no parece dispuesto a cederlo.

 

¿Tendría más oportunidades un posible pacto de prosperar de no estar Rajoy de por medio? Las declaraciones de algunos líderes políticos así parecen indicarlo. Pero es difícil, incluso aunque el presidente en funciones así lo decidiera, que se llevase a cabo una sucesión ordenada en la jefatura del Partido Popular, ya que el propio partido no tiene en sus estatutos un mecanismo para que los militantes elijan un nuevo líder. De hecho, el nuevo líder debería ser nombrado por el saliente, como ocurrió con el propio Rajoy cuando asumió el mando del partido. Y no parece muy dispuesto a dejar su puesto a otro. Aunque nadie le quiera. Al menos, fuera de su partido.

 

Y mientras tanto, el reloj corre. Y las perspectivas de que el país tenga un gobierno estable y con capacidad de maniobra no parecen haber mejorado excesivamente con la segunda convocatoria electoral en menos de un año.

 

¿Iremos a la tercera?

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