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Miércoles, 08 de Abril del 2020
Sábado, 25 Enero 2020

Mis queridos fantasmas. A veces llegan cartas…

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Así comenzaba una famosa y romántica canción que el conocido compositor jerezano Manuel Alejandro escribió hace décadas y que intérpretes como Rafael, primero, y Julio Iglesias, después, convirtieron en sonados éxitos de la música pop.

Y hay que decir que es verdad. A mí me ha pasado. A veces, separadas nada menos que por diez años (10), llegaban cartas (2) de Pedro Juan Lloret Escortell a Bartolomé Marcos Carrillo. Ya puestos, sin pedírselo a él, pero contando arrogándome el implícito permiso de su autor, se las voy a dar a conocer. La primera decía así:

 

1.- Altea. Veinte de Octubre de 1993.

 

De vez en cuando (eso sí, muy de vez en cuando) apareces por mi cabeza sin llamar ni ser llamado ¡Muchacho! Tienes la terrible virtud (¿) de ser inolvidable.

 

Pero bueno, al grano. Hace casi dos años que me casé. Ella se llama Jolanda (sí, con jota);habla un castellano algo raro y tiene otras muchas cualidades que espero que algún día descubras por ti mismo.

 

Y ahora, tengo el inmenso placer de anunciar a los cuatro vientos el nacimiento de mi primer hijo, Guillermo René, que un martes, diecinueve de octubre, tuvo a bien aterrizar en este asqueroso y fascinante mundo, empujado por la incontinencia de sus lascivos padres. La felicidad me embarga. Saludos. Pedro. P.S. 1: De veras, la felicidad me embarga. Otra P.S. :¿Qué Bartolo encontrará esta tarjeta?

 

La segunda, 10 años más tarde, se expresaba en estos términos:

 

2.- Altea, veinticinco de octubre de 2003

 

Hace apenas diez años que te envié mi última carta, y aquí estoy otra vez. Espero que mi incontinencia epistolar no te resulte agobiante. No me guardes rencor, te juro que no he escrito ni una sola línea a nadie desde entonces.

 

Ayer fue día de limpieza. El polvo y la mugre son cosas de Jolanda (sí, con jota). Lo mío es la limpieza gráfica. Cuando mi mesa y mis cajones no admiten ni una sola hoja más, ahí me tienes entre recortes de periódicos, revistas, tarjetas de visita, notas, recetas, documentos bancarios, cartas…en estos quehaceres ejerzo de cura y barbero a la vez, y mis disquisiciones acerca de qué papeles merecen ser salvados de la hoguera acaban inexorablemente con dolor de cabeza. Al final pagan justos por pecadores.

 

Por allí, claro está, apareció una carta tuya. Veinte de diciembre de 1993. Fue la respuesta al anuncio de mi primer hijo.

 

Te pondré al día en lo mundano: si haces bien tus cálculos, te darás cuenta de que ya dejé atrás los cuarenta. No me queda mucho pelo y la curvatura de mi barriga empieza a preocuparme. Trabajo en un banco de cuyo nombre no quisiera acordarme, y mi mayor aspiración (la de toda la vida) es dejar de hacer lo que hago. Mal está el asunto. Mi capacidad de maniobra no es la que era, la carga del navío (una carga preciosa, por cierto) se acaba de incrementar en otro pequeño monstruito de ojos grandes y azules, y me impone velocidades y rumbos más moderados. Cada vez cuesta más virar. Nada que no le pase a casi todo el mundo.

 

Mi presente sigue anclado en Altea. Me irrita este pueblo. Aquello que alguna vez fuera mi referencia, mi sitio de permanente regreso, se ha convertido en pasto del cemento, en un lugar en el que cada vez cuesta más moverse y respirar. Las verás desde la misma autopista: ¡Ahí estarán las grúas! Plantadas en los sitios más inverosímiles, son los nuevos menhires que conmemoran el dominio de una nueva estirpe de prohombres. Gordos, con el colesterol por las nubes, a estos cabrones se les saluda en el pan y circo de cada día como los baluartes de nuestra comunidad. Ante la alegría general por el progreso hacia una nueva era, no queda sino seleccionar los pedazos de cotidianeidad en los que merece la pena vivir, y dejar que la inevitable degradación siga su curso.

 

Así que, cada vez más, me centro en las fronteras de mi reino. Y, ahora mismo, mis fronteras son mis hijos. El mayor tiene casi diez años, y ya manifiesta de vez en cuando ese germen de rebeldía y furia que explotará inevitablemente con la inyección de hormonas que se avecina. De la pequeña poco se puede decir. Acaba de llegar. Tiene el don, común a todos los bebés, de convertir a su padre en un payaso embobado con los zapatos llenos de baba.

 

Y no sabría qué más contarte. Cualquier otro suceso disuelto en estos diez años de silencio me parece irrelevante, huérfano, como un eslabón suelto de una cadena muy larga. Si te parece, podríamos dejarlo para un vis a vis a no mucho tardar. La comunicación oral también tiene su encanto. Un abrazo.

 

Y esto es todo, apreciados lectores. Pedro Juan Lloret Escortell fue alumno mío (aunque estos posesivos están muy cuestionados últimamente) en el curso escolar 1977-78 y creo que le habría gustado serlo en el 78-79. Después yo escogí Cieza y a él lo eligió Altea, y lo eligió en sentido estricto, ya que concejal de Hacienda ha sido allí durante bastantes años, militando en Compromís. De inteligencia preclara, maravillosamente bien dotado para las ciencias experimentales y exactas, con un sentido del humor a veces cáustico, algo guasón y siempre irónico (de lo que dejan constancia algunas expresiones de sus cartas, más arriba transcritas) y con una sensibilidad y capacidad especiales para adentrarse en los entresijos y misterios del texto literario (circunstancia que a mí me encandiló en su día), acabó estudiando Derecho sin terminar la carrera y encadenándose después de por vida a un trabajo de empleado de banca, del que ha empezado a liberarse accediendo a la prejubilación. Nos vimos, en Cieza, y después en Altea, hace poco más de un año. Fue estupendo.

 

Pedro Juan, quiero que sepas que, aparte de tus dos hijos y de Jolanda (con jota), te quedará siempre tu gran Amiga Invisible, con su poderoso veneno y su proverbial y cervantina mala baba (que no sólo iban a ser las babas de tu preciosa hija Marina las que te empapen). Sí, tu amiga, silente e invisible, esa que tanto tiempo te ha estado esperando…la Literatura. Ya no antiguo alumno, que eso se ha quedado anticuado, in illo tempore: amigo, sólo amigo, tú también tienes la virtud (sic) de ser inolvidable.

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