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Miércoles, 13 de Noviembre del 2019
Domingo, 24 Enero 2016

¡Malditas líneas rojas!

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Una de las cosas que más me disgustan de los medios de comunicación es la utilización de frases hechas que, una vez oídas, se emplean hasta la saciedad durante un tiempo. Últimamente hemos escuchado mucho eso de “en sede parlamentaria”, “a fecha o día de hoy”, “líneas rojas”, y unas cuantas más.

Y no sólo a los medios de comunicación me refiero. También el ciudadano de a pie las adopta, intentando así aumentar la propiedad de su lenguaje. E incluso los políticos las hacen suyas, y llegan a convertirlas en leit motiv de sus ideales.

 

No sé si el lector o lectora lo recordará, pero hace un mes más o menos tuvimos elecciones generales, con inciertos resultados. Inciertos en cuanto a que no hay ningún partido que pueda gobernar por sí solo, y como mínimo tres partidos (o hasta nueve) tienen que ponerse de acuerdo para que veamos la fumata blanca en el Congreso (si no lo hay, habría que instalar el correspondiente dispositivo, que queda muy chulo) y podamos decir: tenemos gobierno.

 

En mi modesta opinión, lo que el pueblo español ha querido decir al votar como lo ha hecho es lo siguiente: no quiero que ni usted ni nadie me gobierne en solitario. No quiero mayorías absolutas, ni gobiernos que gobiernen por decreto sin discutir las leyes, ni imposición a toda la población de las ideas de sólo una parte de ella. Quiero estabilidad, sí, pero la estabilidad que ofrece un gobierno de base muy amplia, que represente al mayor espectro político posible, y cuyas medidas sean fruto del consenso y el debate.

 

Pues ahí estamos. Bueno, perdón: ahí deberíamos estar. En realidad estamos esperando, y empezamos a preocuparnos. Porque en un momento en el que debería haber conversaciones de todos los partidos políticos con todos los partidos políticos para lograr un gobierno que dé estabilidad al país y responda a los retos que éste tiene ante sí, cada día y sin descanso oímos a los líderes de esos partidos políticos decir la frase hecha de la que hablaba al principio: “líneas rojas”.

 

La frase, extraída del título de una película bélica de hace una década, tiene lo suyo. Las líneas rojas son, para nuestros políticos, las que marcan lo innegociable, lo que o se cumple o no cuente usted conmigo. Por una parte podríamos incluso decir que estas líneas rojas son incluso loables, ya que demuestran la entereza de los ideales políticos, que no ceden en sus convicciones más definitorias e íntimas. Pero, por otra parte…

 

La política es el arte de lo posible. Y lo posible es lo que se puede hacer. Incluso me atrevería a decir que lo que se debe hacer. Y para los políticos, lo que se puede y se debe hacer es muy simple: gestionar España en beneficio de los españoles, a quienes representan y deben servir. Como he dicho antes, el pueblo pide consensos, negociación, acuerdos de amplia base, gobiernos de amplio espectro que trabajen para todos. Pero nuestros políticos empiezan por decir que esto o aquello constituyen “líneas rojas” que no se tocan. Si quieres pactar conmigo, te impongo estas condiciones. Como decía el otro día un reputado analista político, nadie está negociando. Todos dicen lo que es inamovible de su programa, lo que impondrían en una negociación, pero nadie negocia. Sostenella y no enmendalla, como se decía antaño, ese es el camino que siguen los partidos políticos españoles.

 

Negociar es ceder en unas cosas y ganar otras. Negociar es buscar el término medio que satisfaga a ambas partes, o bien que menos daño les cause. Negociar es dar y recibir, con la idea de que al final, de la negociación saldrá algo mejor que lo que había en un principio. Pero en España parece que tras 35 años de mayorías absolutas o relativas muy amplias, es un arte que se ha perdido. El partido vencedor en las elecciones, aunque sea una victoria sin futuro, tras cuatro años de gobierno por decreto e imposición de las propias ideas no encuentra ahora a nadie que quiera negociar con él. No es de extrañar tampoco, cuando su líder afirma que no piensa cambiar una coma de las leyes que más oposición han encontrado durante su anterior mandato. Corta vida parece que le queda en el gobierno tras su pírrica victoria. El primer partido de la oposición, que ha cosechado un sonoro fracaso, se desangra en una lucha interna que pone a su actual líder en la curiosa disyuntiva de vencer (léase formar gobierno de coalición) o morir (perder su liderazgo). Busca apoyos a diestra y a siniestra, pero con las líneas rojas propias y ajenas hemos topado. El tercer partido del país pone sus topes, sus líneas rojas, para pactar con el segundo, mientras que el cuarto se acoge a la indefinición como arma política, aunque eso sí, pocas veces habla de líneas rojas, al tiempo que su discurso va rotando según rolan los vientos políticos. Los demás, más pequeños pero que con la actual aritmética parlamentaria tienen su importancia, imponen condiciones durísimas (más que líneas rojas, de color bermellón) a cambio de una simple abstención en una investidura. Otros pasan por completo del tema, ya que consideran que ni España es su país ni el español su parlamento. Nadie da su brazo a torcer, pero nadie tiene en realidad fuerza ni mandato político para darlo.

 

Los ciudadanos han demandado consenso y pacto. Negociar es un deber, y lograr acuerdos el fin último a alcanzar. La estabilidad se consigue con los apoyos más amplios posibles, y actuando con el convencimiento de que hay que buscar el bien de España, que no nos equivoquemos, es el bien de todos los españoles, o al menos de la mayoría de ellos. Por eso, señores políticos, olvídense por el momento de “líneas rojas” y muestren al pueblo español que la única línea roja que de verdad nunca debe ser traspasada es precisamente el bien del pueblo español.

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