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Martes, 21 de Noviembre del 2017
Sábado, 24 Diciembre 2016

Lluvias (por un tubo)

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Queridos lectores: por si no se han enterado, ha llovido. Y mucho.

Pero muchísimo. Recuerdo que a principios de este otoño que acaba de terminar los expertos en meteorología pronosticaban una estación más cálida y seca de lo habitual. Muy en la línea con el cambio climático que, aunque un tal Trump lo niegue, está aquí para quedarse.

 

En el primer adjetivo, cálido, medio acertaron. Las temperaturas tardaron en bajar, y desde luego no lo hicieron demasiado. Al menos aquí, en Murcia, todavía no hemos tenido un solo día de frío.

 

Pero en el segundo, seco, craso error. Al menos en la zona en la que vivimos. Los episodios de lluvias continuadas, al menos tres en este otoño, han sido anormalmente numerosos. Y no me refiero a las tormentas con las que la atmósfera tiene a bien obsequiarnos en éste nuestro terruño, y que las más de las veces parecen el fin del mundo. Me refiero a lluvias más típicas de las regiones del norte, con precipitaciones continuas y no puntualmente fuertes, pero que dejan totales elevados sin provocar casi nunca daños ni inundaciones.

 

Aunque casi nunca no es siempre. En este último episodio las lluvias han sido continuadas, hasta cuatro días. Pero además, han sido fuertes. No torrenciales, pero sí de una cuantía suficiente como para sumar cantidades casi impensables. De hecho, en algunas zonas de la Región de Murcia y regiones adyacentes ha llovido en estos cuatro días lo mismo que llueve de media en un año. O incluso más. Y las consecuencias han sido graves. Naturalmente, esta cantidad de agua caída ha tenido sus consecuencias desiguales según las comarcas, beneficiosas para algunas, catastróficas para otras. En Cieza hemos recibido unos 112 litros por metro cuadrado. La mitad del total anual, aproximadamente. En palabras de nuestros agricultores, una bendición que ha salvado nuestras tierras y rellenado los embalses. Pero en zonas como la costa interior del Mar Menor el agua caída ha duplicado esta cantidad. Incluso en la propia capital regional las lluvias han causado estragos. La cuestión es: ¿podrían haberse evitado estas nefastas consecuencias?.

 

Una de las cosas que con más nitidez recuerdo de mis tiempos de estudiante en la facultad es la explicación que nos dio nuestro profesor de Geografía Física sobre las lluvias en los climas mediterráneos, como es el nuestro. Nos dijo que por mucha preparación que se tenga, por muchas obras hidráulicas que se lleven a cabo, el clima mediterráneo siempre nos sorprendería con una tormenta o una serie de lluvias de mayor virulencia que las más virulentas recordadas, y que desbordaría todas las previsiones y preparativos realizados. Pero también nos dijo que era absolutamente necesario tomar precauciones, lo cual permitiría salvar vidas y bienes en la inmensa mayoría de los casos. Y desde luego, no permitir ciertas cosas que son de sentido común.

 

Precauciones: las redes de alcantarillado y de evacuación de aguas deben construirse de acuerdo no con lo habitual del clima (en nuestra tierra, precipitaciones escasas casi siempre), sino teniendo en cuenta las situaciones no habituales que se pueden presentar. Ello encarece su construcción, pero no se imagina el lector el ahorro que supone a medio o largo plazo en bienes económicos e incluso vidas que se salvan. Aunque su rentabilidad política es escasa, porque nunca podrá verse el bien que hacen, salvo que se conozca el tema en profundidad.

 

Más precauciones: una buena red de información meteorológica, que alerte de forma temprana del peligro, es fundamental. Y aquí podemos decir que en este aspecto, la actuación de las autoridades ha sido eficaz. Se avisó con tiempo, se prepararon y concentraron los medios de emergencia para actuar de forma rápida; todo estaba listo para cuando llegaran las lluvias, y se ha notado.

 

Pero en otros aspectos quizás no se haya actuado con tanta diligencia. En los últimos años se está planeando la construcción de tanques de tormentas que ayuden a regular el flujo de las aguas producto de las lluvias torrenciales. Pero esto se tenía que haber hecho mucho antes, y una vez puestos a la tarea, realizarla con diligencia. En España tenemos la mala costumbre de actuar siempre a toro pasado, cuando ya el daño está hecho. No estaría de más que fuésemos aprendiendo a prevenir en vez de curar, cuando muchas veces ya no hay nada que curar.

 

Otro tanto puede decirse de la limpieza de las cuencas de ríos y ramblas. Una limpieza que no siempre se lleva con diligencia y continuidad, y cuyo abandono obliga después a pagar un alto precio al formarse represas en los cauces que, al romperse, desencadenan riadas devastadoras.

 

Pero todo esto resulta muchas veces irrelevante ante la ocupación de zonas naturales de desagüe por edificaciones, infraestructuras y campos de cultivo. El agua no atiende a razones urbanísticas o agrícolas: busca siempre su camino cuesta abajo, hacia su nivel de base, que suele ser un río o el mar. Y si lo que encuentra en su marcha no es lo suficientemente resistente, como ocurre la mayoría de las veces, se lo lleva por delante. Eso lo sabe el ser humano desde siempre, pero seguimos ocupando las ramblas con zonas de cultivo, construyendo casas en las mismas ramblas o junto a ellas, desviando los cauces de desagüe hasta formar torrentes arrolladores o urbanizando áreas por donde el agua solía fluir, aumentando su velocidad y su capacidad destructiva.

 

Por tanto, no sólo el agua es la culpable. Es necesario hacer más cosas por un lado y dejar de hacer otras por otro. Y también seguir haciendo las que se hacen bien. Así, puede que la próxima vez que el agua caiga con fuerza los resultados no sean tan catastróficos.

 

Aunque, como es sabido, nunca llueve a gusto de todos.

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