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Viernes, 15 de Noviembre del 2019
Sábado, 13 Febrero 2016

¿Llega otra crisis?

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

En las últimas semanas asistimos a un goteo constante de noticias cada día más alarmistas sobre la posibilidad de que estemos a las puertas de una nueva recesión.

La crisis, de la que algunos han declarado demasiado alegremente que hemos salido, sigue ahí, latente, apenas sujeta con un tenue hilo. Y es que nadie ha actuado contra sus causas, sino tan sólo contra sus efectos.

 

Los economistas hablan claro: las familias y los estados están demasiado endeudados, los bancos no han recuperado su equilibrio, y la economía china, que actuaba de locomotora de la mundial, está frenando. La economía mundial se está estancando, el crecimiento desaparece, y ello resulta mortal para las economías ultraliberales de principios del siglo XXI.

 

¿Las causas? Hay varias, pero una es la principal: el crecimiento en las últimas décadas se ha basado exclusivamente en el crédito, mientras que la riqueza se concentra cada día más en pocas manos. Al igual que sucedió hace casi un siglo, cuando los “felices años veinte” dieron paso a la Gran Depresión, el reparto de la riqueza es más asimétrico a cada minuto que pasa. Es decir, mientras que por ejemplo en España hace 20 años el 60% de la riqueza que se generaba eran rentas del trabajo, y sólo el 40% rentas del capital, ahora la proporción es exactamente la contraria. ¿Qué significa esto? Que como la riqueza no es infinita, los consumidores (la gran mayoría de ellos vive de su trabajo) tienen menos dinero disponible para comprar bienes y servicios, porque la mayor parte de éste se queda en manos de los más ricos, que no por tener más dinero consumen más de esos bienes y servicios. ¿Y qué pasa entonces? Que las empresas que producen esos bienes y servicios ven cómo sus pedidos disminuyen de forma paulatina, y reaccionan despidiendo trabajadores, que ya no pueden comprar esos bienes y servicios, o bajando los salarios, por lo cual la demanda de bienes y servicios disminuye aún más.

 

Hay que buscar una solución a este círculo vicioso. Y esta solución es el recurso al crédito. Los bancos, las financieras, ofrecen a los consumidores préstamos para adquirir bienes y servicios a los que, de otra manera, la mayoría de ellos no tendría acceso. Pero claro, esos préstamos suponen el endeudamiento de los consumidores, que tienen que destinar parte de su cada vez menor salario a pagar las deudas contraídas, con lo que les queda aún menos dinero para consumir. Y llega un momento en el que ya no se pueden endeudar más, y tampoco consumir de manera apreciable, por lo que la corriente de compras y ventas se ralentiza, se estanca e incluso retrocede: es decir, entramos en recesión.

 

¿Y qué decir del sistema financiero? Los bancos son los encargados de “engrasar” la maquinaria de la economía capitalista. Pero cuando la economía necesita para subsistir un recurso continuo al crédito al consumo, los bancos prestan cantidades ingentes de dinero, en muchas ocasiones de difícil cobro, y se quedan literalmente, con poco menos que lo puesto. Cuando ya no hay demanda de crédito ni dinero para prestar, el futuro de los bancos se hace incierto, y la gente pierde su confianza en ellos, e intenta recuperar el dinero de sus cuentas. Pero el banco no tiene ese dinero, ya que lo ha prestado, y el sistema financiero se derrumba, precisamente por falta de liquidez y de confianza. Y con él, toda la economía.

 

¿Solución a este segundo mal de la economía ultraliberal? Buscar nuevos mercados que sustituyan a los nacionales. Cuando existen países en los que la economía crece casi exponencialmente, como es el caso de China, con un mercado interno en teoría gigantesco, se busca en ellos la salida a los productos y servicios que ya no se pueden vender en el propio país. El problema es que en China el mercado interno, a pesar de su enorme población, no es excesivamente amplio, ya que los niveles de vida de sus habitantes son en general bastante bajos, y no pueden permitirse muchos dispendios. Por otra parte, China ha basado su crecimiento en el “dumping social”, en vender sus productos industriales a los países ricos con precios muy baratos logrados a base de sueldos de miseria y de explotación laboral. Así, muchísimas empresas de los países ricos cierran sus fábricas en Europa o América del Norte y las trasladan a China (y a otros países similares) para pagar infinitamente menos a sus trabajadores, así como menos impuestos a sus estados; y eso aunque hasta entonces tuvieran beneficios. Pero cuando muchas, muchísimas empresas occidentales, hacen lo mismo, muchísimos trabajadores industriales hasta entonces bien pagados engrosan las filas del desempleo, a la vez que otras empresas bajan los salarios para competir con los productos chinos. Y se da entonces la paradoja de que los habitantes de los países ricos, clientes hasta entonces de las fábricas chinas, empiezan a no comprar sus productos porque su nivel de vida, y en general el de todo el país, ha bajado. Y, en consecuencia, el crecimiento de la economía china desciende, y no puede buscar un mercado alternativo a lo que no vende ya en el exterior dentro de su propio país, porque sus propios habitantes son en general tan pobres que ni siquiera pueden comprar los productos que fabrican. Y todo se derrumba.

 

En resumen: un alud de efectos que, aunque más complicados que los que aquí resumo, llevan todos en la misma dirección: un ciclo de estancamiento y de recesión que no es ni mucho menos nuevo, que ya hemos visto en varias ocasiones desde que el capitalismo reina en la economía mundial. Y eso es lo malo: no aprendemos. Bueno, más bien, nuestros líderes políticos y los grandes capitales no aprenden, y siguen aplicando recetas que son como echar gasolina al fuego, como la austeridad a ultranza, que al bajar aún más el gasto no hace sino agravar la crisis económica. O las inyecciones de capital a los bancos, que los endeudan aún más y que éstos tienen que prestar para intentar amortizar. Y hacen oídos sordos a lo que propone la mayor parte de los economistas: aumentar el nivel de vida de los consumidores, básicamente de los trabajadores, para que así puedan consumir más, y aumente la producción al calor del aumento de la demanda, y se creen nuevos puestos de trabajo cuyos afortunados poseedores se conviertan de nuevo en consumidores. Y redistribuir un poco mejor la riqueza, para que los estados puedan ofrecer servicios sociales que, a su vez, creen nueva riqueza. Y establecer mecanismos a nivel estatal y mundial para vigilar los excesos del sistema financiero y económico en general y corregirlos. No es difícil. Incluso sería fácil.

 

Y, fíjense, lo curioso del caso es que, cambiando de política, todos saldríamos ganando. Incluso los que en la actualidad acumulan la mayor parte de la riqueza obtendrían más beneficios que hoy en día con una mayor actividad económica, cediendo parte de su riqueza para poder así ganar más. Pero no. Seguimos como hace cien años. Y las consecuencias son la pobreza, la miseria, la desesperación, la desestructuración de las sociedades, el aumento de los extremismos, y finalmente la guerra y la destrucción. Por medidas equivocadas, el mundo salió de la Gran Depresión de 1929 mediante una guerra, la Segunda Guerra Mundial, que destruyó continentes enteros y causó sufrimientos indecibles. ¿Llega otra crisis? ¿Habrá otra recesión? De las medidas que se tomen dependerá que la respuesta sea positiva o negativa. Con las consecuencias que cada una de ellas conlleva.

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