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Viernes, 17 de Agosto del 2018
Domingo, 29 Julio 2018

Listillos

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

España, el mundo, están llenos de listillos. De gente que pontifica sin tener rapajolera idea del tema. De sabiondos tan sabiondos que no ni siquiera saben que no saben nada.

Esto es inevitable y cada vez más habitual. Y se ve cada día más agrandado el fenómeno por la gran penetración a todos los niveles de las redes sociales, en las que se pueden encontrar datos útiles, sí, pero también estupideces de talla XXL que muchos y muchas, carentes de formación y educación, toman por auténticas verdades.

 

Hace unos días un deportista español afirmaba con rotundidad que el hombre no había llegado a la luna. Es un buen chico, al menos en mi opinión, pero no sabe de lo que habla. Esta teoría conspiranóica de la falsedad de la llegada a la luna es ya vieja y la comparten desde talibanes integristas hasta frikis muy frikis. Se apoya en afirmaciones tales como que las imágenes están tomadas en un estudio o que la bandera ondea al viento y en la luna no hay viento (aunque menos aún hay viento en un estudio). En su falta de rigor y formación a estos críticos o negacionistas ni se les pasa por la cabeza buscar explicaciones racionales a las pretendidas pruebas a su favor, como la escasa gravedad lunar que hace que la bandera permanezca erguida. Mucho menos se les ocurre bucear en la física o en la ingeniería para ver si fue o no posible técnicamente este viaje interplanetario.

 

Lo malo es que estos mensajes carentes de rigor calan cada vez más en una sociedad en la que seudocientíficos y conspiranóicos se ven reforzados por la creciente falta de formación científica y de rigor analítico de la población. Lo de llegar a la luna es anecdótico, no causa mal a nadie; al menos de momento. ¿Pero qué ocurre cuando estos charlatanes se meten en asuntos más serios que pueden incluso afectar a la vida y la salud de las personas?

 

Las vacunas son un buen ejemplo. El movimiento en contra de la vacunación se extiende de día en día de la mano de individuos cuyos conocimientos sobre el asunto son mínimos o inexistentes, y que encuentran eco en políticos y religiosos radicales. En esencia estos enemigos de las vacunas juran y perjuran que su inoculación no sirve para nada y además es dañina. Es difícil siempre demostrar lo bueno que es algo que previene un efecto, en este caso la enfermedad. Pero si se posee una mínima formación es fácil ver cómo enfermedades que no hace mucho mataban a millones de personas hoy simplemente han desparecido en buena parte del planeta gracias a las vacunas, como es el caso de la polio, de la viruela y de otras muchas. Y eso significa millones, cientos e incluso miles de millones de vidas salvadas. Y también una mayor esperanza de vida para todos los seres humanos, cuya inmunidad les hace además más fuertes ante otras enfermedades. De hecho en aquellas zonas donde se extiende el rechazo a las vacunas están rebrotando enfermedades desconocidas desde hacía décadas como el sarampión, la tuberculosis y otras hasta hace poco mantenidas a raya mediante la vacunación.

 

Hay padres que no vacunan a sus hijos basándose en las dudosas afirmaciones de seudocientíficos que las más de las veces carecen de titulación y formación y que pretenden más que nada ganar dinero. Después sus hijos enferman de las enfermedades que podían haber prevenido mediante las vacunas. Es algo que podían haber evitado, pero no lo han hecho. Y no sólo eso: cuando sus hijos enferman por no haberse vacunado se convierten en vectores de la enfermedad que podrán contagiar a todos aquellos que, al igual que ellos, no hayan sido inmunizados por decisión de sus padres.

 

Hay muchos más casos de este tipo. Un ejemplo son los creacionistas, que niegan de forma categórica el origen y la evolución de la vida en la tierra y dan a todo el proceso una explicación religiosa que ni tiene pies ni cabeza ni ninguna prueba que la apoye, negando al mismo tiempo las abrumadoras pruebas que demuestran la realidad del proceso evolutivo e incluso las declaraciones de instituciones como la Santa Sede que han reconocido la evolución como una realidad científica incontestable.

 

Peor aún son los charlatanes que proponen tratamientos alternativos para enfermedades graves como el cáncer o el SIDA. Estos charlatanes se aprovechan del miedo y la desesperación de los enfermos para venderles (literalmente) tratamientos sin ninguna base científica que acaban casi siempre con el empeoramiento o la muerte del paciente debido al abandono del tratamiento médico ofrecido por los auténticos especialistas, los médicos que le atendían. Y para el charlatán la respuesta a la acusación que se le hace de embusteros es sencilla: dejó demasiado tarde el tratamiento tradicional, si hubiera empezado antes con el mío se hubiera salvado.

 

En esta misma línea podemos comentar el auge de la homeopatía. La homeopatía no tiene ningún efecto curativo, y eso está completa y científicamente demostrado. Tampoco parece tener efectos perniciosos excesivos. Y sin embargo y a pesar de su inutilidad, el auge que ha experimentado y los intereses económicos que mueve han hecho que continuamente se celebren congresos y reuniones sobre el tema y que incluso algunos hablen de incluir sus tratamientos dentro de los ofrecidos por la Seguridad Social. Naturalmente los médicos y los expertos en el tema han puesto el grito en el cielo, pero ahí sigue la homeopatía tan campante, a pesar de su absoluta inutilidad.

 

Y como estos ejemplos, muchos más. El procedimiento es sencillo: un listillo o listilla casi siempre sin formación o experiencia profesional dudan de la veracidad o utilidad de lo que la ciencia nos ofrece y plantean alternativas descabelladas que además les suelen reportar un sustancioso beneficio económico. Y como hay mucha gente con muy poca formación y capacidad de discernimiento y fácil de convencer, los listillos y listillas se hacen, literalmente, de oro. Y cuando sus recomendaciones fallan y se les exigen responsabilidades, su defensa es tan fácil como decir que las personas a las que han engañado eran mayores de edad y capaces de tomar sus propias decisiones.

 

En resumen: los antiguos embaucadores hoy se disfrazan de seudocientíficos y se siguen aprovechando de la misma gente crédula, ignorante o necesitada de siempre. Pero si me aceptáis un consejo, antes de meteros en estas camisas de once varas preguntad a alguien que sepa de verdad de estos asuntos. Seguro que os irá mejor.

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