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Lunes, 15 de Julio del 2019
Sábado, 12 Diciembre 2015

La política de las pequeñas cosas

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

¡Elecciones! ¡Elecciones generales! Ya tocaba. Hacía más de cuatro años que los ciudadanos de este sufrido país llamado España, o Estado Español, u Opresor Estado Español, o Patria, o lo que cada uno prefiera, fuimos llamados a las urnas para elegir a nuestros representantes y, aunque indirectamente, a nuestros máximos mandamases, que luego nombrarían a los mandamases de nivel intermedio y éstos a los de nivel de andar por casa.

Cuatro añitos pasan volando. Y ya han pasado. Y he aquí que nos llaman, a grito pelado, voceando, por sendas y cañadas, por montañas y valles, por playas y secanos, para que vayamos a depositar la papeleta que nos aconsejan prometiéndonos cosas que, al menos en mi caso, no entiendo muy bien. Dígame, señor político. ¿Qué me ofrece usted? Es que le oigo a usted poner a sus contrincantes como p… por rastrojo. Es que me ha parecido escucharle que España va de p… madre, o de p… pena. Que esto es Jauja, o el infierno. Que este país que usted me cuenta no me parece mi país. Se lo repito, señor político, ¿qué me ofrece?.

 

Mire usted, señor político: cuando me ofrezca algo, no me venga con monsergas. Dígame que es lo que va a hacer, que ya veré yo si le voto. Dígame, por ejemplo, si hay que apretarse aún más el cinturón, y sobre todo, dígame quién va a sacar tajada de la apretura. Cuénteme usted si puedo poner la hebilla un poco menos apretada, y si me voy a enterar de que la llevo menos justa. Hágame saber si me va a caer alguna miga del banquete de los de siempre o, si como siempre, tendré que pagar de mi bolsillo lo que se comen… los de siempre. Por favor. Quiero saber qué me depara el futuro que usted me prepara. Dígame usted qué hay de lo mío. Mire, tengo dos hijos, y aunque en ese librito que se llama Constitución pone que tienen derecho a una educación gratuita, ¡anda que no he pagado libros, cuadernos, tasas, matrículas, excursiones, materiales, etc., etc., etc.! Dígame si puedo confiar en no tener que arruinarme para que reciban la buena educación que la Constitución les promete y, ¡oh, my god!, les garantiza.

 

Por cierto, garantíceme usted bajo juramento que, en un plazo prudencial, tendrán una mínima oportunidad de encontrar un empleo mínimamente remunerado que les permita algo tan inaudito como independizarse y crear un proyecto de vida propio. Y, dígame usted, ¿qué hay de lo mío? Mire, mis padres están jubilados, y la pensión ya no les alcanza para lo mínimo. Dicen que cuatro millones de eméritos, de los ocho largos que hay en España, andan con el mismo problema. Pero, señor político, dígame usted. ¿De verdad cree que ese mal de muchos me va a consolar? Sólo me consolaría si fuese tonto. Pero no lo soy. O eso creo. Fírmeme usted ante notario que las pensiones de nuestros padres y abuelos les permitirán llevar una vida digna, sin apreturas en los años dorados que preceden a la despedida. Y entonces, a lo mejor, y sólo a lo mejor, le voto.

 

Y, si no le importa, señor político, infórmeme de un asuntillo que me ronda la cabeza desde hace tiempo: ¿por qué pago yo, un currito de los de siempre, más impuestos que un jugador de fútbol? ¿Y por qué me devuelven los poderes tributarios menos que a un empresario multimillonario? ¿Por qué se salva a los bancos, pero no a las familias, con el pastón que todos los años tengo que pagar en tributos? Fíjese usted, señor político, que yo pagaría con gusto aún más (aunque no mucho más, que tengo que procurar que mi familia coma, al menos, una vez al día) si usted me prometiese, ateniéndose a las consecuencias si me mintiese, que el dinero de mis impuestos va a ser destinado a ayudar a quien lo necesita, y que no acabará en manos de cuatro (o cuarenta, o cuatro mil, o cuarenta mil) hijos de sus respectivas madres, que conducirán deportivos y veranearán a bordo de yates con el dinero que debería financiar comedores escolares o ayuda a domicilio para ancianos. Prométalo usted, señor político, y hasta le votaré.

 

Señor político: tengo miedo de enfermar. Tengo miedo de las colas, de los dos minutos que mi agotado médico tiene para decirme ¡Hola!, que no para diagnosticarme; tengo miedo de tener que esperar meses y meses para una operación en la que me va la vida, de que mi hijo esté en una cama en un pasillo porque el hospital está colapsado, de que ya no pueda pagar algunas de las medicinas que antes eran gratuitas y que ahora “copagamos”… no, mejor dicho, “repagamos”. No crea, sé que no soy inmortal, pero sí me gustaría que si a mí o alguno de los míos, y mire usted, de todos los demás, se nos puede curar, pues eso, que se nos cure. Es que, de verdad, señor político, todos los meses pago una buena parte de mi jornal para que me cuiden a mí, a los míos, y a todos los demás. Y aunque cada mes pago más, cada mes recibo menos. Y luego me recomiendan que contrate un seguro privado. ¿Y por qué, si hasta hace poco con el público me sobraba?

 

¿Sabe, señor político? Me gustaría que usted me asegurase bajo su responsabilidad que no me van a echar a la calle si pierdo mi trabajo y no puedo pagar la hipoteca. Me encantaría que usted me garantizase que podré tener una guardería para mis hijos a un precio razonable. Me volvería loco de contento que me prometiese que tendré una pensión decente cuando me jubile, si no me muero de viejo antes. Y le votaría una y mil veces si, además, persiguiera usted y castigase a esos elementos que se llevan no sólo lo mío, sino hasta lo suyo, y hasta ahora no han rendido cuentas. ¡Hay tantas, tantísimas cosas que me gustaría que usted hiciera! Y fíjese, no quiero que usted lo haga todo; de trabajar, de producir, de crear riqueza, de esas cosas sin importancia ya me ocupo yo. Usted preocúpese de repartir justamente, de proteger a su gente, y no sólo a unos pocos contra el resto, de hacerme creer con hechos que soy un auténtico ciudadano responsable y libre, de hacer de mi país, que a lo mejor es el suyo, un país que merece la pena, del que podamos sentirnos orgullosos.

 

Haga usted, señor político, política de las pequeñas cosas, de la que de verdad importa a los ciudadanos, porque la vida de los ciudadanos, su vida diaria, depende de ella, de la política de las pequeñas cosas. No me haga, señor político, cambiar de canal cuando le veo decir lo de siempre en su televisión. Sea usted un buen profesional, como lo soy yo y casi todos los currantes de este país, y apechugue con los resultados de su trabajo. Como tengo que hacer yo, y cualquier otro ciudadano de mi querida España.

 

Haga usted política de las pequeñas cosas. Y verá cómo le votan. Y hasta le aplauden, señor político. Y recuerde usted: en democracia, el ciudadano tiene la última palabra. Esa palabra es el voto, y usted se alimenta de esos votos. Mal asunto es morder la mano que te da de comer. Y peor aún no tener eso que antes llamaban “vocación de servicio”, esa convicción de servir al pueblo que te eligió. Y tenga usted en cuenta que el tiempo y la vida, inexorables, ponen a cada uno en el lugar que merece. Sea usted un buen político, íntegro, honesto, preocupado por el bienestar de su gente y no por el de alguna gente o el suyo propio. Y haga usted política de las pequeñas cosas, de las que me importan a mí, a mi familia, a mis vecinos, a mis conciudadanos, a los seres humanos en general.

 

Lo necesitamos. De verdad.

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