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Martes, 21 de Noviembre del 2017
Sábado, 19 Noviembre 2016

Hágase la luz (si puedes pagarla)

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Es España país abonado a acordarse de Santa Bárbara sólo cuando truena. Y ahora que llega el invierno nos acordamos de lo cara que está la electricidad y de la pobreza energética que sufren muchos españoles.

Lo primero: nuestra electricidad es ya casi la más cara de Europa. La historia de la electricidad española en los últimos siete-ocho años es la historia de una subida de precios sin fin salpicada con algunos, pocos, periodos de bajada de los mismos que ni de lejos consiguen corregir la corriente general de subidas.

 

Si a la subida de los precios del Kw/hora le añadimos algunos capítulos del recibo, como el pago de peajes eléctricos (el coste de que te lleven la electricidad a casa), el alquiler del contador, los impuestos por no sé cuántos conceptos, etc., lo que pagamos al final por nuestra factura eléctrica es, para ser claros, una barbaridad. Casi el doble de lo que pagaba una familia española media hace sólo diez años.

 

Y lo peor es que va a subir más. Por un lado, la sequía que padecemos hace que haya menos agua disponible para producir energía hidroeléctrica, lo que hace aumentar los precios. Aunque hay que tener en cuenta que cuando había agua de sobra, las compañías eléctricas la desembalsaban para que los precios no bajaran. Por otra parte, las eléctricas argumentan que la subida de los precios se debe también a que estamos vendiendo electricidad en grandes cantidades a Francia, donde un tercio de las centrales nucleares están ahora mismo paradas. Según ellas, al haber más demanda suben los precios. Pero no dicen que España tiene una gran capacidad de producción de electricidad, una gran sobrecapacidad, en realidad, y que además la electricidad se vende a Francia a menor precio que la que se vende en España. Por no hablar del déficit de tarifa, lo que las compañías eléctricas dejan de ingresar en teoría al estar las tarifas reguladas por el gobierno y por el que claman dichas compañías. Curioso déficit, digo yo, ya que en lo que va de año las compañías eléctricas españolas han tenido un beneficio neto de 4.000 (sí, cuatro mil) millones de euros.

 

En España las eléctricas mandan mucho. Muchísimo. Tanto que ningún gobierno se atreve a ordenar de verdad el sector, dado que hacerse enemigo de estas compañías significa perder ayudas económicas, apoyos políticos y puertas giratorias a través de las cuales colocar a los políticos salientes en los consejos de administración de las grandes empresas eléctricas. Y el pato lo paga, lo pagamos, los consumidores de a pie (a las empresas, sobre todo a las grandes, las facturas les son menos onerosas), pagando cada mes más que el anterior y nutriendo con nuestro dinero no sólo esos enormes beneficios, sino los escandalosos sueldos de los directivos de las grandes eléctricas, muchos de ellos antiguos cargos políticos.

 

En resumen: la subida de los precios de la electricidad en España se debe mucho más al poder de las grandes compañías suministradoras, que hacen literalmente lo que les da la gana, que a un aumento real del coste de producción de energía eléctrica o a la demanda francesa. Y la cosa no tiene visos de mejorar.

 

Y la otra cara de la moneda es la más trágica: la pobreza energética, un eufemismo para nombrar una lacra social que produce incluso víctimas mortales y que relega a millones de personas a unas condiciones de vida tan penosas que no es que sean propias de países menos desarrollados, sino que lo son de siglos pasados. La electricidad es un servicio básico, esencial. Privar a una familia, a una persona, de este suministro porque no puede (que no es que no quiera) pagarlo, condenar a ancianos y niños al frío y a la oscuridad en sus propios hogares, a no poder siquiera cocinar muchas veces sus alimentos, es cosa de sociedades bárbaras, incivilizadas, en las que el sufrimiento de los más débiles no importa. Y peor aún es que las instituciones no sólo no tomen cartas en el asunto, sino que rechacen de forma sistemática cualquier intervención al respecto, cuando no justifican esta penosa situación en nombre de esa libertad de mercado que para algunos es tan sagrada pero que tanto sufrimiento produce.

 

Y mientras tanto mucha gente, a oscuras, pasa sus noches tiritando de frío con la única esperanza de que el tiempo pase y llegue la primavera, y con ella el calor. Aunque sólo estemos a mediados de noviembre.

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