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Jueves, 17 de Octubre del 2019
Domingo, 15 Septiembre 2019

¿Está la humanidad suicidándose?

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Desde el miércoles pasado llueve sobre nuestra Región. Y en cantidad. De hecho es la primera vez desde que hay registros que toda Murcia se encuentra en alerta roja por previsión de fuertes lluvias, provocadas como suele ser habitual por una gota fría (ahora la llaman DANA) típica de finales de verano-principios de otoño.

No se trata de algo extraño. Nuestro clima mediterráneo se caracteriza por eventos de este tipo, además de por la irregularidad de las precipitaciones. Pero lo llamativo es que vamos en los últimos años de récord en récord en cuestiones meteorológicas: de temperaturas, de precipitaciones, de días sin lluvia. Batir récords no es lo raro: lo raro es batirlos uno tras otro en un corto espacio de tiempo. Y ello sucede por un motivo muy simple: un cambio climático que, aunque algunos desinformados o manipuladores lo nieguen, tiene un único culpable, que no es otro que el ser humano.

 

Si a esto le añadimos la contaminación de aguas, tierras y aire y la sobrexplotación de los recursos del planeta que está en muchos ámbitos ya próxima a alcanzar el punto de no retorno, el panorama es simple: el futuro no es oscuro, sino absolutamente negro.

 

Es curioso, pero no se encuentran muchos estudios serios sobre qué puede ocurrir de seguir la humanidad con esta destrucción suicida de nuestro entorno. Ni siquiera en el cine o en la literatura hay mucha producción sobre el tema. Desde luego la crisis que está cercana a producirse no sería espectacular; no se trataría de un meteorito golpeando la Tierra o de una invasión de zombis. No, nuestro suicidio como civilización sería más lento, a oleadas sucesivas de estragos y de desesperación. Bienes que hasta ahora damos por inagotables y accesibles como el agua o los alimentos comenzarían, incluso en los países desarrollados, a escasear. Primero por las malas cosechas provocadas por los fenómenos meteorológicos extremos y adversos propios del cambio climático; después por el desplazamiento y el encogimiento de los grandes cinturones productores de alimentos, casi imposibles de ser seguidos por nuestra agricultura en un corto periodo de tiempo. Los países ricos tendríamos alguna posibilidad, aunque con gran sufrimiento, de garantizar mínimamente el acceso a los bienes básicos. Pero los países pobres no tendrían ninguna, por lo que inmediatamente estallarían en ellos y entre ellos revoluciones y guerras, a las que seguirían auténticos tsunamis migratorios que dejarían pálidos a todo lo que hemos visto hasta ahora.

 

En cuanto a las materias primas, estas escasearán hasta límites insospechados. Nuestra economía y nuestro nivel de vida se derrumbarán. El paro y la pobreza se enseñorearán de las sociedades avanzadas y los sistemas democráticos caerán ante demagogos y salvapatrias sin escrúpulos que prometerán solucionar todos los problemas aun sabiendo que la hora de esas soluciones pasó ya hace décadas. Los estados probablemente no desaparecerán, pero sí la cobertura y la protección que ofrecen a los ciudadanos. La vida que hoy conocemos, hecha de comodidad y de posesión de todo tipo de productos de consumo, se convertirá en poco tiempo en un recuerdo, sustituida por la precariedad, la pobreza y el miedo. Los valores humanos y políticos que hoy en día nos rigen serían pronto sustituidos por otros en los que la propia supervivencia, al precio que sea necesario, sería el único valor. La violencia y la insolidaridad se extenderán por todo el planeta, pero donde más impacto causarán será en los países que hoy conocemos como ricos, poco o nada acostumbrados en la actualidad a este tipo de situaciones.

 

La pobreza, la falta de medios, el hambre, la contaminación y la desaparición de la asistencia de estados e instituciones traerán consigo un aumento espectacular de las enfermedades y de epidemias ya olvidadas que diezmarán a la población mundial, en especial en los países más pobres. La miseria y la inseguridad se adueñarán de la humanidad y la civilización no tardará en caer, en retroceder a épocas de barbarie e incultura donde el único argumento será la fuerza bruta y el control de la producción de alimentos y de los recursos de agua y materias primas daría a quien lo tuviese el poder absoluto.

 

Pero hay cosas peores. Los conflictos por poseer las escasas fuentes de bienes de primera necesidad y las luchas sociales llevarán en todo el mundo a un periodo de conflictos y guerras sin precedentes. Las muertes se contarán posiblemente por cientos de millones, la destrucción será inmensa, pero además hay que tener en cuenta que esas guerras, muchas de ellas seguramente de exterminio, se combatirán empleando los actuales arsenales militares, con armas capaces de arrasar varias veces el planeta. A quien piense que no hay nadie capaz de llegar a esos extremos sólo le pido que se fije en algunos líderes que gobiernan hoy en el mundo y que piensen en cómo serían quiénes lo hicieran en una situación como la que puede llegar.

 

He resumido mucho lo que puede ser el negro futuro que nos aguarda y no he tratado algunas de las cuestiones, todas negativas, a las que tendríamos que hacer frente de no mediar un cambio en nuestra actuación en el presente. Calculando grosso modo y con cierto optimismo, de aquí a un siglo la población mundial podría pasar de los más de siete mil millones actuales a menos de la mitad. La mayor catástrofe de la historia de la humanidad, con mínimas perspectivas además de mejora posterior; más bien todo lo contrario. Y no piense el lector o la lectora que él o ella no sufrirían ninguno de estos desastres, porque ya están comenzando a suceder.

 

Pero tenemos una alternativa: empezar desde ya a cuidar nuestro planeta, a consumir menos, a reciclar más, a limpiar lo que hemos ensuciado y a reconstruir lo que hemos destruido. Probablemente no anulemos del todo el problema que hemos creado, pero quizás consigamos que nuestro futuro y el de nuestros hijos no sea negro; puede que gris o marrón claro. En definitiva, debemos empezar a detener nuestro suicidio como civilización y como especie.

 

Nos queda poco tiempo para hacerlo.

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