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Viernes, 30 de Setiembre del 2022
Saturday, 06 November 2021

El VIAJE (más final aún) a Ninguna Parte. Noviembre de 2021: cita obligada con mis “santos amigos” (I)

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CLR/Bartolomé Marcos. 

Vuelve noviembre, lánguido en su devenir de mes frío de fúnebres resonancias, que el año pasado se nos llevó tempranamente, con apenas 68 años (que son años, pero no tantos como para morirse ya, caramba, que para eso siempre hay tiempo, ¿verdad usted?) a una extraordinaria mujer, excelente persona, mejor entre las mejores, Juani Guillén Ruiz, de indeleble recuerdo, esposa de uno de mis amigos más cercanos y queridos, Pedro José Lucas Díaz, “Pedrito”, por cierto que hermano mayor del actual alcalde de Cieza, e inscrita ya para siempre en la progresivamente cada vez más ensanchada lista de mis “santos amigos”.

Cumplir años tiene eso, que acabas mirando en derredor y no ves más que recordatorios sombríos de la muerte. Y yo -¡vive Dios!- cumplí recientemente los 70… Como le pasaba al gran poeta español Francisco de Quevedo y Villegas: Vencida de la edad sentí mi espada, /y no hallé cosa en que poner los ojos/ que no fuese recuerdo de la muerte./ ¡Ay, Dios mío!

 

Este año, en la mañana del domingo, 31 de octubre, tras haber faltado a la cita en 2020 porque el fantasmagórico y camaleónico coronavirus me tuvo confinado en casa, aherrojado en asintomática cuarentena, mi esposa me recordó que teníamos cita en el cementerio del Santísimo Cristo del Consuelo de Cieza, cita con las lápidas que en una angosta y triste callejuela sin salida- como son, por otra parte, todas las del cementerio- recuerdan el paso por este mundo de mis abuelos maternos, Bartolomé y Josefa, de mi santa madre, Antonia Carrillo Herrera, mi mítomi querida, querida mítomi, y de mi no menos santo padre (sin oropeles, peanas o alharacas de Santidad, que el mío no era un papa más, sino mi papa), Antonio Marcos Balsalobre, mi ferroviario de dinamita, que nos dejó -¡qué injusta es la vida, qué hijoputa la muerte!, a la tempranísima edad de 43 años, en plena flor de una vida plagada, eso sí, de flores del mal: dolor, espinas y miseria. Me jodió la visita al cementerio, y la hice desganado y a regañadientes, pero la hice, porque en mi casa, para qué vamos a engañarnos, quien manda manda y quien manda es ella, Merche, que para eso es mi señora…y dueña.

 

Recordé entonces también, y recuerdo ahora, a esa otra pareja de mis incondicionales en la corte celestial, mi suegra, Encarna Vázquez Herrera, y mi suegro, José Izquierdo Villalba. A mi suegra Encarna la conocía casi todo el mundo como “Encarna la guapica”, como le decían, con razón porque lo era, todos los que la conocían cuando trabajaba de costurera en “Géneros de Punto”. Encarna, que me acogió en su casa de la Gran Vía como un hijo más cuando le participé mis aspiraciones para con su hija más pequeña, Merceditas, como a ella le gustaba llamarla, generosa, cordial, cariñosa y desprendida siempre, que nos regaló en el año 2003 un décimo premiado de la Lotería de Navidad, que el banco nos canjeó por un pequeño (porque no nos iba a cambiar la vida) pero sustancioso capital, unas doscientas mil pesetas, aunque el premio ya lo cobramos en euros, ganándose desde aquel momento, para mí, el apelativo y referencia, merecidísimos, de “nuestra reina maga Encarna”, porque, después de toda una vida jugando a la lotería, por fin le tocó, y ella hizo que la suerte nos sonriera a todos, regalándonos, como mínimo, los Reyes de aquel año.

 

Su marido, pareja y compañero de toda la vida (sobrepasaron felizmente el rubicón de sus bodas de oro matrimoniales), José Izquierdo Villalba, mi pequeño gran hombre, sabio, trabajador, callado, humilde campeón del sufrimiento más extremo al que la vida ingrata lo sometió en sus dos últimos años en este mundo, “regalándole” un dolorosísimo cáncer de páncreas, fue otro de mis grandes santos amigos. Futbolero y sencillo, seguidor incondicional del mejor portero del mundo que para él siempre fue su hijo José Antonio Izquierdo, portero del Cieza- disfrutaba -mientras fumó- de su pitillo después de comer en la puerta de su casa, y a hurtadillas de su mujer, que no soportaba el tabaco, y de apurar su chato de vino tinto, siempre después del postre, contrariándole sobremanera que Encarna, su mujer, o cualquiera de sus hijas, tirase por el fregador el culico de vino que podía quedar en el vaso pensando que había terminado, cuando para él era el placer postrero y casi sublime que cerraba a completa satisfacción sus comidas. Su capacidad para encajar con entereza y estoicismo casi sobrehumano, el dolor y los estragos de su enfermedad, le hicieron ganarse definitivamente mi admiración. Una persona tan sencilla y de temple tan excepcional y formidable.

 

Baste por hoy. La relación no es, ni mucho menos, exhaustiva. Me quedan aún santos amigos a los que recordar. Con el permiso presupuesto de ellos y el tácito de ustedes, lo seguiré haciendo. Sé que allá donde estén quizá esbozarán una sonrisa, porque no esperarían que fuera yo -tan descreído- quien expresara este sentimiento. Y es que, sabrán ustedes que yo recé mucho en otro tiempo, pero ya no rezo nunca, porque no creo que haya receptor consciente de la plegaria al otro lado. Y si rezo, entendiendo por rezo cualquier súplica, o imprecación incluso, dirigida al cielo, creo que estos “santos amigos” son los que están en mejores condiciones de garantizarme el éxito en la gestión de mis desdichas.

 

Mientras escribo, se ha acabado por hacer prácticamente de noche. La mole inmensa de la Atalaya, que ya sé que no es un volcán, sino un humilde cerro testigo, domina la línea del horizonte más próximo, aunque detrás se aprecia el promontorio más elevado del Collado Portazgo. El cielo, en el que aún queda algo de luz diurna, se ha teñido de rojo, mientras que a la derecha de la postal que contemplo, la torre de la Basílica de la Asunción, que acaba de iluminarse, no parece encendida, sino incendiada por algún fraile loco como el Jorge de Burgos de “El nombre de la rosa”. A la derecha, más lejos, entre nubes oscuras, casi negras, la mole soberbia del Almorchón, nuestra montaña mágica.

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