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Viernes, 30 de Setiembre del 2022
Friday, 21 May 2021

El Viaje (más final aún) a Ninguna Parte. El sábado, 15 de Mayo, cumplí los 70

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Perdonen que vuelva a hablar de mí, pero es que es de lo que más entiendo, y el asunto sobre el que, con diferencia, de más documentación dispongo, de primerísima mano, así que puedo conjurar perfectamente el pavoroso “horror vacui” que tanto aterra a quienes nos atrevemos a mancillar la inmaculada blancura de un folio.

Sí, voy a escribirles sobre la celebración de mi 70 cumpleaños, las 7 décadas completas que ha conseguido alcanzar esta peculiar persona humana (sic), que soy yo, nacida a mediodía del 15 de Mayo de 1951, en la muy noble y muy leal ciudad de Cieza, pequeña aldea universal y circular de mis afanes, quereres, descarríos (muchos) y (no pocos) desvaríos, como seguramente de la mayor parte de ustedes.

 

Lo mejor que puedo empezar diciéndote (sí, optaré por el tuteo)…a ti, lector, a ti, amigo, a ti, hermano, a ti, vecino, es que seas amable, que en este tiempo tan hosco y jodido por el que atravesamos, que desarrolles una actitud indulgente y benévola hacia ti mismo y hacia los demás. Que te quieras mucho y que trates bien a los otros. Con respeto siempre, que es una palabra muy noble y muy seria. A estas alturas de nuestra vida, o sea, de la mía, quiero decir, recién cumplidos los 70, ¿qué otra cosa nos queda? Porque yo sí, yo puedo decir con propiedad absoluta y con absoluto ajuste a la realidad, que nací un 15 M, de 1951, a mediodía, en una casa situada en el Paseo de los Mártires de Cieza, número 39, nombrecito alusivo a las víctimas de uno de los dos bandos del conflicto cainita que enfrentó a los españoles hace 80 años y que, bien mirado, no era nombre tan inapropiado, ¿verdad?, porque no había en él referencia política o ideológica alguna sobre quiénes eran aquellos “mártires”, ni si eran rojos o eran azules. Su sangre era del mismo color. Y martirizada sí que vivió -si eso era vivir- aquella heroica generación de posguerra. Fíjense si la gente no veía razones políticas en aquel nombre de “los mártires”, que muchas veces las cartas llegaban a un inexistente “Paseo de los Martínez”, o simplemente al Paseo, como el pueblo acabó refiriéndose a aquella vía principal de Cieza, obviando el aparente sinsentido de llamarse calle siendo paseo o de ser paseo sin dejar de ser tampoco calle. Dejándolo…innominado. Para qué molestarse en bautizarlo si en Cieza todo el mundo sabía y sabe que paseos podrá haber muchos pero que el Paseo, en Cieza, sólo es uno.

 

Pues bien, yo este año celebré bien celebrado mi setenta cumpleaños (que mira que el guarismo me daba y me da miedo y me infunde inmenso respeto), rodeado de la familia más cercana, con buen comercio, a base fundamentalmente de marisco, gamba roja, gamba blanca, pequeñica pero sabrosísima, y unas chapinas deliciosas, aunque se enfriaron muy pronto; y buen bebercio, unos butanos bien fríos de la Estrella y un rico y fresquito Albariño. Completaron el menú unos riquísimos pinchos morunos, de pollo creo que eran, ensaladillas varias y una originalísima tarta, regalo de mi hijo y de su pareja, Rosa, llena de tropezones y golosinerías, una verdadera tarta de cuento de la abuela, muy historiada, sobre una buena base de chocolate y galleta, que se la trajeron desde Santomera y cuya receta intentará emular para sucesivas ocasiones mi confitero ciezano de cabecera, Joaquín, el de las Delicias, que pudo ser de la familia, y al que también respeto mucho, faltaría más. Ya pueden ir comprobando que yo respeto a (casi) todo el mundo. No me tiren de la lengua de gato escrita esta que tengo, historiada y llena de irregulares geografías. Saben ustedes perfectamente quiénes no me merecen ningún respeto, así que ¿para qué voy a ponerlos aquí y que me odien? No, no, no ¡Oigan, un respeto! Que puedo tener setenta años, pero no estoy chocheando, aunque quizá sí “chocho-ando”, esto es, andando como un chocho, o un chochón, blando, vacilante y ¿por qué no?... presocrático, que no sé si tiene sentido aquí y ahora, pero que me suena requetebién.

 

Así que yo celebré mi setenta aniversario en el décimo aniversario del 15M, que, tras el resultado de las elecciones autonómicas de Madrid, catastrófico para la izquierda, para algunos fue más un funeral que una celebración festiva. Con motivos más que sobrados para la indignación, la crisis que arrancó en 2007, golpeó duramente a la sociedad, y especialmente a la juventud, que ha ido de mal en peor desde entonces, y que así sigue, mientras quienes iban a ser sus redentores, se han agarrado al clavo ardiendo de la casta y les han dejado a los jóvenes el espejismo y la ilusión rota de lo que pudo ser y no fue, y más frustración aún. Muchos, probablemente, se sentirán estafados. Y con razón. Otros muchos, enfadados. Claro que “enfadarse es como dar patadas a una roca. Todo el dolor se queda en tu pie”.

 

En los últimos tiempos, primero en compañía de mi irrenunciable amigo del alma Pedro Luis Almela, y últimamente en íntima y silente conversación conmigo mismo, me ha dado por pensar y cavilar mientras camino, siguiendo la sabia y fecunda estela de los peripatéticos aristotelianos. Varias de las últimas mañanas, a eso de las siete y media, ya con mis setenta a cuestas, he recalado en la triste estación de ferrocarril sin trenes de Cieza, con sus andenes de rojizo cemento y sus recurrentes mensajes de megafonía pregrabados advirtiendo sobre el peligro de cruzar las vías por pasos no autorizados, o la ridícula obligatoriedad de la mascarilla en el desierto recinto de la estación y andenes aledaños. Allí me he sentido como la Mars Polar Lánder, como un explorador marciano, hasta encontrar una forma de vida elemental y primitiva: un caracol chupaero, con el rastro plateado de su particular viaje a ninguna parte en círculos sin sentido ni destino. Por un momento me ha asaltado la tentación de aplastarlo, imaginando el breve pero estrepitoso y crujiente amasijo de baba y cáscara resultante, pero he resistido. Al día siguiente el caracol ya no estaba. La megafonía de la estación me ofrece una explicación, sin pretenderlo, al anunciar el paso, desenfrenado y sin parada, de un tren de mercancías: vagones cisterna que irán hasta Cartagena, seguramente. La llegada del tren, formidable y espectacular, está a punto de abducirme hacia la vía y experimento una sensación de pánico a la que se sobrepone pronto la belleza impactante y fuerte de la secuencia que contemplo. El caracol probablemente salió disparado tras el impacto del vendaval sonoro desatado por el paso de un tren sin parada como aquel.

 

Pero esto no iba esta semana de caracoles, sino de mí y de mi 70 cumpleaños. De entre las muchas felicitaciones recibidas, todas las cuales agradezco, transcribo a continuación la remitida por José Antonio Marín Ayala, ciezano jefe del Parque de Bomberos de Mula y muy notable escritor, senderista y peripatético pensador, que dice así: Cada 15 de mayo, / Casi un mes antes de retirar el sayo, / Es el cumpleaños de un señor, / Que para más señas es mi amigo y mentor. /Erudito y con mucho sentido común/ Transita por la vida, ilusionado aún,/ Redactando ensayos, con enjundia y sin resquemores,/ Haciendo las delicias de quienes somos sus fieles lectores. / Como el célebre Paco Umbral decía, / Bartolomé Marcos Carrillo, escribiendo, lee la vida día a día. / Y lo hace con gracia y elegancia, / En estos embrutecidos tiempos donde reina la ignorancia. /Así que deseo que pases un Feliz día/Y que sigas muchos años alumbrándonos con tu pluma, cual Faro de Alejandría/.

 

Nada que añadir, José Antonio, salvo que “así será si así os parece”. Gracias.

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