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Viernes, 30 de Setiembre del 2022
Friday, 12 March 2021

El Viaje (más final aún) a Ninguna Parte. Cretinismo insufrible (y II)

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Parece que la Ley Trans preparada por el Ministerio de Igual Dá, de Irena Montera, no será una realidad tan pronto como habría deseado su aguerrida promotora y ridícula ministra, y sufrirá algún que otro frenazo.

Sí, mejor ponerle freno al disparate y más mejor aún relegarlo al olvido, si posible fuera y a bien lo tuvieren, que otras urgencias más perentorias e inaplazables paréceme que hay en el solar patrio, en esta tan adversa y desairada coyuntura y nefasta conjunción astral que estamos viviendo. Lo que sucede es que estos y estas que mandan hoy, aunque gobernar gobiernan más bien poquito, no se vayan a quebrar, aspiran no sólo a mandar, o pisar moqueta, sino a dejar huella, que es noble pretensión si de otros individuos e individuas de más calidad y nivel se tratara. No obstante, dedico la segunda entrega del artículo sobre la todavía nonata ley a algunas de las sorpresas -descacharrantes si no fuera para llorar- que esta gente nos tenía preparadas, al punto de que en estos momentos lo normal sería lo anormal y lo anormal lo normal.

 

Veamos: según el proyecto de Ley Trans, el género ha de sustituir al sexo, a efectos legales, existiendo infinidad de géneros, y cada persona ha de decidir por sí misma en cuál de ellos quiere ser encuadrada. Su decisión no puede ser mediada, ni interferida, ni opositada, por institución o persona alguna. Es más: hoy puedo decidir pertenecer al género “andrófilo” y el año que viene al “ginéfilo”, o viceversa (¡Madre mía, esto es más difícil que las clases de Lengua de mi Bachillerato, donde el profe nos decía que el género podía ser tan sólo masculino, femenino o neutro -neútro que decían los de Abarán!) Y mi decisión habrá de ser aceptada en el Registro Civil sin más pruebas que mi propia palabra. Basta con decir al funcionario: “me siento mujer” para que inmediatamente me cambien el carné de identidad y me pongan de nombre Juanita, o Antoñita. Por supuesto sin engorrosos trámites de cambio de sexo, compromiso de continuidad o permanencia en la casilla de género escogida, permisos paternos, informes de psicólogos, “hormonación”, cirugía, etcétera. Nada de nada de nada. Me siento mujer y quiero llamarme Margarita. Punto. Y el mes que viene, me siento de nuevo hombre y quiero llamarme Pepe. Perfecto.

 

Bien, lector. Si has seguido hasta aquí mi explicación es posible que creas que exagero o, lo que sería aún peor, que miento. Te remito al borrador que pretendía convertir en Ley el Ministerio de Igual Dá para que salgas de dudas. También te remito al manifiesto firmado por los grupos feministas de España (y hablo de las feministas serias, no de estas "irenitas chocholocos” que se han apoderado de la palabra “feminista”), en relación a las absurdas consecuencias prácticas que supondría una Ley que les anula a las mujeres la identidad sexual y, por tanto, sus derechos como mujeres. Veamos algunos ejemplos: las carreras de ingeniería, en España, están subvencionadas para las mujeres con casi el 100% de la matrícula. Es decir: desde hace décadas, el Estado se hace cargo de los gastos para fomentar que la mujer (tradicionalmente volcada en la rama sanitaria o en las carreras de humanidades) se decida por ingenierías. Bien. ¿Qué me impide a mí, Pepito Pérez, con 18 años de edad, acudir al Registro Civil y cambiar mi nombre por el de Pepita Pérez para matricularme gratis en ingeniería, y luego, a los 24 años, con la carrera acabada, volver “a sentirme Pepito”? Otro ejemplo: ¿qué impide a un hombre casado cambiar su nombre a Pepita, apalear luego a su mujer y, como ya serían una pareja lesbiana, librarse de la aplicación severa de la ley por violencia machista? Más:¿qué impide a un deportista varón sentirse de pronto mujer y competir en las Olimpiadas con el equipo femenino de su país y ganar todas o casi todas las medallas? Item más: ¿qué impide a un violador que cumple condena en la cárcel sentirse de pronto mujer y solicitar el traslado a una cárcel de mujeres, donde tendría que compartir con ellas el patio, las celdas, la sala de juegos y las duchas? O, ¿qué impide a un asesino en serie de mujeres sentirse mujer para ser trasladado a una cárcel de mujeres? O, finalmente, ¿qué impide a un padre maltratador de sus hijos sentirse -y declararse- mujer para no perder la custodia de sus hijos maltratados?

 

Nadie tiene respuestas. Nadie. Mejor dicho: lo que sí parece estar claro es que esta bien nutrida y mejor pagada legión de ignaras chocholocas va a lo suyo, a crear problemas donde no existen, orquestar la ceremonia de la confusión, y vivir después de la confrontación innúmera de “géneros”; a negar la biología, a borrar a la mujer y al hombre como sujetos sexualmente diferenciados, y a cercenar de un plumazo los derechos adquiridos con mucho sudor y sangre por las mujeres a las que dicen defender. Pues bien, frente al Igual Dá, yo proclamo con los franceses el tan clásico y divertido ¡VIVE LA DIFFERENCE!

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