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Jueves, 23 de Noviembre del 2017
Sábado, 15 Julio 2017

El Viaje (final) a Ninguna Parte. Vacaciones en el "pestor" de la Manga (y II)

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Bartolomé Marcos con su familia en La Manga Bartolomé Marcos con su familia en La Manga Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Escribo de nuevo desde un chalet de ricos alquilado para 15 días (que ya habrán expirado cuando ustedes lean estas líneas) en el kilómetro 5 de El Pestor, de la Manga del Mar Menor, pestilente, cloacal y epigonal, en la epifanía de un seguro fin del mundo (ya hasta el diario La Verdad pronostica un terremoto catastrófico para 2018), que habrá de llegar (el fin del mundo), con o sin terremoto, más pronto que tarde.

Y cuando el único asidero que nos queda quizá sea el de un buen libro en una tórrida siesta de julio, mientras poniente impone su ley, el termómetro marca los 36 grados a la sombra, revolotean pesadas las moscas cojoneras sobre la sardineta fresca recién abrasada en la barbacoa, y el mundo se parece demasiado al de ayer mismo como para ser verdad. Igual pero sin pasta, lo mismo pero sin marco, idéntico pero sin tiempo, no te jode...Lo cierto es que sólo leen ellas...mi hija pequeña Patricia...mi mayor, María Mercedes, o mi nietecica Alba María, de 10 años, que, tras descubrir el maravilloso mundo de la lectura de la mano del club de las zapatillas rojas (antesala del club de los poetas muertos), entra en abductivo trance imaginario cada tarde al volver de la playa, para no regresar al mundo real hasta bien entrada la tarde-noche. Tal es el poder de seducción del mundo de la fantasía que ha acabado por atraparla como incondicional neófita de su disfrute. Ni mi hijo, ni mis yernos, ni mi nieto...ni yo...leemos ya prácticamente nunca...nada...¿qué nos está pasando a los hombres de un tiempo a esta parte?

 

La cotidianeidad es una circunstancia preñada de incertidumbre y hasta de aventura...y de aventuras. Por eso yo les cuento mi vida de familia, la vida de mi familia, ahora en vacaciones. Sigo pensando, con el soñador inglés de Pont on Avon, que la vida es (siempre) un cuento contado por un idiota, lleno de estrépito y furia, sin ningún significado...pero con mucha peripecia. Por eso la vida es el territorio de la literatura, o del teatro, pero no el de la filosofía. No hay que buscarle sentido a lo que ocurre, basta con limitarse a contarlo. Contarles, por ejemplo, que hemos estado a punto de salir en las noticias (al menos las de la 7 Región de Murcia) cuando un descuido con el fuego de la barbacoa, en un mediodía muy ventoso, como son frecuentes en el Pestor, generó un incendio de cierta envergadura que, de milagro, no se propagó a los tres coches de la familia aparcados en sus inmediaciones, y que, de milagro también, no acabó quemando el chalé entero. Al final la cosa terminó en anécdota para reír tras los nervios pasados, pero el incidente se sumaba a la nada corta trayectoria que ya vamos teniendo en la familia como "pirómanos" de las barbacoas, asunto del que no me voy a ocupar aquí y ahora, dado que el artículo es más corto aún que las vacaciones y las disgresiones no caben, que me riñe Marivi.

 

Esta segunda y última semana hemos cambiado la cafetería de los desayunos, porque mi mujer, que además de mía es muy suya, descubrió que cada mañana el excesivamente servicial y obsequioso camarero de ratonil sonrisa se obsequiaba a sí mismo con una propina extra de 70 céntimos. ¿Y será por los 70 céntimos? No, pero es la molesta sensación de sentirse estafado. Así que hemos cambiado de dirección y nos hemos ido en sentido contrario, hacia el zoco de la Alcazaba, que en realidad ahora que lo escrbo no sé si se llama así porque me suena demasiado a cordobés, hasta una cafetería donde nos atiende un simpático, bohemio y muy tatuado camarero que nos cobra 3.30 euros por los dos desayunos, frente a los 4 euros del zafio camarero de sonrisa ratonil. En esta última cafetería del zoco nos dan las 8 de la mañana en la 1 de TVE, mientras suena el chupinazo que anuncia un nuevo encierro de San Fermín en Pamplona, más multitudinario que nunca, y es que España, tan vilipendiada, denostada y maltratada por los propios españoles, está más de moda que nunca y los turistas van ya por los 75 millones este año. Algo tendrá el agua cuando la bendicen, o sea cuando dicen bondades de ella, y España se salva por el boca a boca. No hay más.

 

Para las tardes caen sin remisión gigantescos, escandalosos batidos de chocolate y/o fresa (yo no, yo mi habitual y austero granizado de limón, mediano), en una heladería con futbolín incluido, que me brinda la oportunidad de probar, con mi nieto Ricardo como compañero en defensa y portería, la recuperación de mi brazo roto. Apenas aguanto 2 bolas, de las 7, y el inapelable 7 a 0 final adverso sirve para que este abuelo venido a menos defraude a su nieto y para constatar que la vuelta a la normalidad del brazo se hará aún bastante de rogar, aunque tiempo habrá, o eso espero, para recuperar al legendario futbolinero. Pero... qué decepción tan grande, me digo a mí mismo mientras le comento a mi esposa que a mí, a lo largo de mi ya dilatada vida, sólo me salieron callos en las manos de tanto jugar al futbolín en los futbolines del solar de doña Adela, a cargo por entonces de un tal Cayetano, supongo que una buena persona que sin embargo a los niños, con su pata de palo y su aire de siniestro filibustero o pirata sanguinario de "La isla del tesoro", nos daba un poquitín de repelús. La abuela Merche, coincidiendo con el octavo cumpleaños de mi principito valiente, invitó a comer a toda la familia en un invento que se llama Foster Hollywood, y que a él le encanta, y ahí que nos tienen a todos, disfrutando de la comida, de la bebida, y, sobre todo, de la buena compañía. Casi a la par del chupinazo nos llega desde Cieza la triste noticia del fallecimiento de Juan Ortiz, "el Pollo", maestro jubilado, personalidad afable y cordial, amigo del deporte en todas sus formas y modalidades, marcado también en su vida por la tragedia personal que supo sobrellevar con temple y entereza. Juan fue nuestro inesperado muerto de estas vacaciones, como hace unos años lo fue Manolo Dato y hace alguno más Antonio Salvador Piñera López. Ya saben, sic transit gloria mundi et al.

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