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Jueves, 19 de Setiembre del 2019
Sábado, 17 Agosto 2019

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Una historia de hoy…de ayer…de siempre

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

I.- CONTEXTO

La Edad Media fue un tiempo teocéntrico. Dios era el centro, el eje del Universo, y todo en la Tierra y en la vida de los seres humanos giraba en torno a Dios. El Renacimiento nos traería después la hegemonía del hombre, el interés por lo humano; Dios estaba allí, lejos (y tantas veces distante, despistado e ignorante de nosotros), pero los seres humanos estábamos aquí y también éramos importantes. El Barroco, a pesar de los esfuerzos contrarreformistas, nos trajo el desengaño y el escepticismo. Nada era como habíamos soñado. Desde entonces, y después, ya sabemos lo que ha venido: el hombre perdió la fe y la confianza en Dios y decretó su muerte. El ser humano, limitado y contingente, pero poderoso apoyado en la fuerza de su razón, y en la ciencia como explicación única y auténtica del Universo (otra entelequia), sustituyeron la visión teológica, y la explicación teleológica, del mundo. Nos bastábamos a nosotros mismos, o eso creíamos…Llegaron luego las grandes crisis del siglo XIX y, sobre todo, del siglo XX, las grandes guerras y abominaciones, el apocalipsis mil veces aplazado pero omnipresente, el empecinamiento en el error, en el horror, y en la barbarie; fuimos conscientes de nuestra miserable condición, y perdimos también la fe en nosotros mismos. Así estamos y así seguimos…

 

II.- TEXTO

 

Pero todo podía arrancar de nuevo, todo podía reiniciarse, de manera que Pedro Sánchez Castejón (nombre que coincide con el del presidente del gobierno español aún en disfunciones, pero que no tiene nada que ver con él, si bien rivalizan en simplezas mil, uno de los tropecientos mil imbéciles que por doquier pululan) pulsó el interruptor del Apple que le había comprado su padre por aprobar el segundo curso de Bachillerato en la modalidad con Tablet y sin libros (que hay que joerse, ¿eh?, hay que joerse… con el inventito y con las ganas de hacerse el harakiri), y en pantalla (aquel no parecía un juego más), apareció un impactante mensaje: “Más de uno se va a ver pronto en el paro”, leyó al pie de una fotografía en la que se podía ver a un sacerdote vestido con sotana negra y bonete a la antigua usanza, rodeado de varios niños y niñas de unos diez o doce años. Intrigado por conocer la intención última del mensaje, Pedro Sánchez Castejón, Pedrito en lo sucesivo, pulsó la tecla enter y apareció una nueva pantalla con una preciosa imagen del Universo, reproducida impecablemente por su tarjeta gráfica de última generación, mientras desde una perdida y lejanísima estrella surgía hasta llegar a primer plano, dejando estelas brillantes en su recorrido, como en los títulos de “La guerra de las galaxias”, “un nuevo mensaje, que decía: “Porque ahora Dios eres tú”. Excitado y nervioso, Pedrito volvió a pulsar enter y sobre un maravilloso y edénico paisaje aparecieron tres nuevos mensajes: 1/ Elegirás tu apariencia y la de tus seguidores, 2/ Crearás un mundo poblado de criaturas y especies a tu elección, 3/ Para instaurar tu culto tendrás que suscitar amor, adoración y…miedo. Los tres mensajes venían rematados por un cuarto, en forma de estrambote interrogativo de provocadora incitación: ¿Podrás convertirte en el Dios de los Dioses?, y una recomendación que no hacía sino añadir morbo a la propuesta: “Ten cuidado, otros dioses (después le chivaron que uno se llamaba Pablo) lucharán por quitarte a tus fieles”…para rematar indicando: “elige y modifica el tipo de Dios que quieres ser, así como la manera en que quieres que te perciban y sientan tus adoradores. Altera tus mundos y cambia los entornos naturales. Modifica la geografía (haciéndola variable si preciso fuera), el tiempo (aunque ya te estás pasando un poco), los recursos…Altera tu población. Haz milagros, responde a las plegarias o deshazte de los no creyentes”. Pedrito, cada vez más nervioso y concentrado en la pantalla, pulsó de nuevo la tecla enter, dispuesto a reinventar el mundo como aquel remoto día en que un dios olvidado, en perfecto latín, dijo aquello del Fiat Lux, y parió un mundo negro lleno de colorines, pero, sorprendentemente, lejos de hacerse la luz, ocurrió todo lo contrario. La pantalla se oscureció y los altavoces del ordenador enmudecieron. El juego (porque era un juego…) se llamaba Deo Gratias, pero él soltó un rabioso “me cago en la puuutaaaa” al ver bruscamente contrariado su impulso creador. La omnipotencia a punto de ejercerse del divino Pedrito quedó truncada, y él corrido. Se había estrellado contra el atávico tercermundismo incompetente de Iberdrola, y sus afanes de caprichoso hacedor del mundo, deberían esperar como mínimo tres cuartos de hora, tiempo medio habitual para el restablecimiento del suministro eléctrico en los reiterados cortes que venían sucediéndose –sin que la compañía distribuidora ofreciera ni pocas ni muchas explicaciones, o sea, ninguna- en aquel tórrido verano del primer cuarto del agónico y epilogal siglo XXI.

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