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Domingo, 05 de Julio del 2020
Sábado, 15 Febrero 2020

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Sí, usted también se morirá…

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

¿Se ha parado usted a pensar alguna vez que, no ya todo el mundo, que eso ya lo sabemos, sino que usted, justa y precisamente usted, tendrá que morirse algún día?¿Se ha parado usted a pensar alguna vez que ese día podría ser hoy mismo, y que -todo lo más- será mañana?

Probablemente la respuesta será que sí, que alguna que otra vez lo ha pensado…pero que, asumida esa realidad de la vida, que es la muerte segura de todo lo que vive, y –lo que es más difícil de aceptar- la muerte propia, la de cada uno, habrá zanjado la cuestión considerando que tampoco vamos a estar permanentemente pensando en que hemos de morir, que lo que importa es vivir, de la mejor o de la manera menos mala que sea posible, el tiempo que nos corresponda. Sin embargo, el pensamiento torturante y deprimente de la inevitabilidad de la propia muerte se suele apartar de usted de manera relativamente rápida porque no se lo acaba de creer de verdad, en el fondo está usted convencido, aunque sepa que es mentira, de que “sólo se mueren los otros”, porque cada ser humano tiene íntimamente arraigado, de manera natural, el sentimiento –contra toda evidencia, por otra parte- de su esencial y constitutiva inmortalidad. Un sentimiento que deriva de su conciencia de individualidad irrepetible (otra absurda y falaz jactancia de los seres humanos). Cuando la idea de la muerte de uno mismo acaba por admitirse, surge entonces la idea paralela de que la propia muerte no será como la de los demás, la idea de que, tras la desaparición de usted, “el mundo no será el mismo”. Pero se equivoca de nuevo. Sus familiares y amigos lamentarán su ausencia durante algún tiempo, y le recordarán a usted unos pocos meses más; después la sucesión implacable de los días lo relegará a usted al olvido. Los vecinos, los conocidos, comentarán detalles del acontecimiento, hablarán sobre lo inesperado y sorprendente del mismo, lo bien que estaba usted hasta ese momento, lo simpático, vitalista, cordial y buena persona que usted era, y tendrán con ello un tema de conversación que excepcionalmente se aparte de las referencias a la situación meteorológica, los partidos de fútbol del fin de semana, los problemas en el trabajo, lo caro que está todo, la crisis económica, las paridas de los contertulios del “sálvame”, las noticias del Telediario, los últimos modelos de móviles aparecidos en el mercado, o el enésimo escándalo del hijito o la hijita de la vecina del tercero. No se engañe usted: el mundo no se acabará cuando usted se muera. No estará usted, pero todo seguirá igual. Por eso, cuando ocasionalmente se han producido profecías sobre la inminencia del fin del mundo, más de uno, además del sentimiento de temor, ha experimentado otro paralelo de cierto (estúpido…) alivio… El fin del mundo ¡Qué espanto, es cierto!, pero…bueno…moriremos todos… Y podrá usted decirme: - Muy bien, ¿y a cuento de qué viene todo esto? Pues bien: a cuento de nada, simplemente se trata de dejar constancia una vez más de lo ilusos, egoístas y tontamente complicados que somos los seres humanos…

 

Los encargados de intentar retrasar en el tiempo su exitus, su inevitable y obligada salida del mundo de los vivos, son los profesionales de la medicina, por los que siento un gran respeto, al tiempo que una gran desconfianza hacia la medicina en general, desconfianza que deriva de la observación de algunas realidades: la práctica de la medicina consiste en escuchar (cuando se le escucha) al paciente, examinar (cuando se le examina) al paciente; y recetar (casi siempre) al paciente los fármacos que se consideran idóneos para aliviar sus dolencias (casi nunca para curar, porque en gran parte suelen ser para ayudar al cuerpo a curarse solo, o a seguir enfermo, pero sin morirse). En buena medida, la medicina de ahora sigue siendo como la existente hasta el siglo XIX, cuando bastaba con saber latín (ahora dominar una jerga ininteligible con la que ofuscar al profano, y escribir cuantos más garabatos mejor). Que, por ejemplo, los resfriados y la gripe se curan solos, o no se curan nunca, es algo bien sabido por todos desde siempre, aunque la medicina pueda proporcionar algunas ayudas para aliviar los síntomas, o para acelerar el proceso natural de autocuración. Otra cosa es la Medicina quirúrgica, aquella del “cortar por lo sano”, que, en las fronteras límite de la vida y de la muerte, puede extirpar el mal y posibilitar la vida, o puede tropezarse abruptamente con la propia constatación evidente y trágica de sus insuficiencias, con la muerte del enfermo. Ese es el gran reto, condenado al fracaso, de la medicina: dejar de extender certificados de defunción, evitar que usted muera hoy o que nos deje mañana. Vencer a la muerte. Lo demás son, fundamentalmente, avances de la química, la tecnología aplicada, la farmacología y otras ciencias, pero no exactamente de la Medicina. Por eso no acaba de entenderse bien la sobreestimación, a mi juicio excesiva, que de la medicina tiene nuestra sociedad, y que frecuentemente se traduce en un estatus social privilegiado frente a otros menesteres, ocupaciones, profesiones u oficios.

 

¿Cómo está usted, amigo lector? ¿Bien? Me alegro. ¿Delicadillo?...Bueno…ponga usted de su parte todo lo que pueda, mejórese y no se nos muera hoy. Para morirse espere siempre a mañana. Morirse es lo último, pero nos sucederá a todos. A usted también.

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