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Lunes, 22 de Julio del 2019
Viernes, 18 Diciembre 2015

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. “Radiografía de una vida”, de Prudencio Gómez Cutanda, la “novela empujón”

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Portada del libro Portada del libro

CLR/Bartolomé Marcos.

Escribir un libro nunca es tarea sencilla. Escribir un libro como el que ha escrito el ciezano internacional Pruden Gómez Cutanda (si leen el libro descubrirán a qué me refiero con lo de internacional...), sí le ha resultado a él –seguro- relativamente sencillo, porque la necesidad surgió de dentro, de su interior, como un imperativo categórico de sus entrañas, como una necesidad íntima que tenía que satisfacer, en una coyuntura trascendente de su vida - la de la jubilación- y al hilo de un factor generador exógeno pero de los que han funcionado en la vida de Pruden con un vigor y unas potencialidades muy especiales e intensas: un viaje, y un viaje nada menos que a la India.

La India, mundo exótico y propiciador de la introspección, del buceo interior, lo motivó, y unas vacaciones de verano en Guardamar del Segura le dieron el empujón definitivo a un libro que bien podríamos caracterizarlo así, como un empujón, un impulso irrefrenable y loco (a su autor probablemente se lo pareció así en un primer momento) que derivó en un torrente incontenible de palabras, una novela vitalista, o, mejor, vital, pues que de vida, de su propia vida, va este libro, una vida azarosa siempre, sufriente a ratos, gozosa muchas veces, de aventuras...de vida auténtica y real, tamizada, eso sí, por el paso del tiempo, aunque Pruden parece gozar de una prodigiosa memoria de caballo.

 

“Radiografía de una vida” se lee de un tirón y en un verdadero “elan vital”, un golpe de ánimo, un empujón, se desenvuelve a lo largo de casi 300 páginas. Esto que ha hecho Pruden tiene mucho mérito. Había que atreverse a hacerlo y él ha abordado tamaña empresa consagrándose a ella full time y sin complejos de ninguna clase.

 

Desde el punto de vista formal, expresivo, hay que decir que el libro constituye un extraordinario ejemplo de fluidez narrativa, lleno de fuerza, viveza, dramatismo, intensidad y hasta gracia. Y todo eso sin perder en ningún momento uno de sus principales valores: su verismo, su esencial y constitutiva verdad humana. Lo que se cuenta aquí le pasó a una persona concreta, pero nos pudo pasar a cualquiera de nosotros y esa es la sensación que tenemos, derivada de la habilidad y la pericia como narrador de Prudencio Gómez Cutanda que, con un estilo de línea clara que cuenta las cosas por derecho y sin excesivos circunloquios, dota a su relato de elementos de objetivación suficientes como para que el lector se sienta motivado, identificado e interesado en la lectura de su novelesca vida novelada. Novelesca, sí, y novelada, pero tan real y auténtica como la vida misma. Y si no que se lo digan a él.

 

Hay que decir que, en cuanto a materia prima y sustantiva, los escritores o escriben a partir de lo que han leído o escriben de lo que han vivido. Pruden es de los segundos, aunque no hay que desdeñar su importante formación académica, hecha de tesón, trabajo y esfuerzo en no siempre fáciles condiciones de vida. Los escritores que escriben sobre lo experiencialmente vivido –casi siempre hay una identificación entre vivir y sufrir (y sufrimiento hay en esta vida y en la novela que la cuenta)- suelen prestar menos atención al estilo y fían más el resultado de su obra a la intensidad dramática de lo contado. Es el caso de este libro, aunque encontramos en él pasajes nada desdeñables en los que la sonoridad y jugosidad del lenguaje utilizado, la finura de pensamiento o la habilidad descriptiva (asómense por ejemplo a la espléndida descripción del bullicioso ambiente de la estación del ferrocarril de Atocha en los años sesenta) nos revelan a un escritor de más ambición literariamente hablando, quizás sin pretenderlo y desde luego sin pretensiones.

 

Desde el punto de vista estructural hay que decir que el autor, movido por irrefrenable impulso creativo, que prácticamente lo ha arrebatado hasta la enajenación, ha configurado su novela como unicapitular, es decir, novela de un solo y único capítulo, que ya es difícil esto puesto que tiene que contar nada menos que toda una vida en la que aparece un considerable número y diversidad de personajes, en numerosos espacios físicos diferentes: Cieza, el pueblecito manchego de Sierra, París, sobre todo París...pero también Amsterdam, Londres o Roma. Todos los hilos del relato que entretejen esos escenarios y esas vidas los maneja el autor con una soltura admirable y cervantina habilidad, y nos lleva de los años de su niñez a los de su juventud, de la desgraciada vida junto a su padre hasta la decisión más importante de su madre que llevó a la familia, madre e hijo, a trasladarse a vivir a París, el trascendental encuentro con Piedad en unas vacaciones en Cieza, la particular educación sentimental-sexual de Pruden, que fue desde unas prácticas colectivas onanistas en su primera adolescencia en Sierra, hasta el amor pleno y definitivo con Piedad, su esposa y madre de sus dos hijos.

 

Complejidad temático-estructural que el autor pudo resolver con otros planteamientos organizativos, con una estructura capitular más diversa, pero que ha resuelto por el camino más complicado para él, con un solo capítulo, aunque teniendo siempre presentes el antes, el ahora y el después y manejando como un verdadero maestro de la composición narrativa – le ha salido así de bien y no hay que darle más vueltas- los hilos de su historia, los momentos, las situaciones y a todos y cada uno de sus personajes. Suele repetirse que el Arte imita a la Naturaleza, a la realidad, pero no es menos verdad que la Naturaleza imita al Arte, y me atrevo a pronosticar sin temor a equivocarme que la novelesca vida real de Prudencio Gómez Cutanda acabará pareciéndose a esta novela de su vida que él ha escrito. Porque esa es otra: los escritores cuya materia prima es lo vivido suelen contar con “negros” que les pulan el estilo, pero Pruden ha funcionado aquí como “negro” de sí mismo y se ha tirado al cuerpo una novela entera de la ceca a la Meca sin ayudas externas de ninguna clase.

 

Elemento o factor importantísimo en la vida de Pruden, y por lo tanto, como no podía ser menos, en esta novela de su vida, el papel que en ella desempeña la amistad. Este es un libro lleno de relaciones, lleno de amigos y de amigas, bastantes de ellos forjados a través de otra de sus pasiones, ya referida: su afición, su gusto por los viajes, su generosidad para darse a los demás y su permanente capacidad de superación.

 

Y junto a la amistad, la familia, en su peor versión, con la figura aborrecible de un padre desnaturalizado, y en su mejor versión, con la figura omnipresente de la madre en la vida del hijo y, sobre todo y por encima de todo, con la conformación de una familia propia a partir de su matrimonio con Piedad Caballero.

 

He leído dos veces este libro y lo he leído en ambas ocasiones como siempre entendí que había que acercarse a los textos literarios. Sin apoyaturas previas ni prejuicios intelectuales o morales de ninguna clase, con una lectura virgen en la que lo único importante había de ser el encuentro entre el lector y el propio texto literario, el texto como propiciador de ese encuentro entre dos almas en que consiste la lectura, un encuentro que se produce si el texto motiva, comunica, llega, engancha. Ni que decir tiene que esa capacidad, esa potencialidad comunicadora la tiene, y sobrada, “Radiografía de una vida”, de Prudencio Gómez Cutanda. La sensación que deja el libro es la de haber disfrutado plenamente de la vida, incluyendo en ese disfrute, y asumiéndolos, incluso los muchos momentos, etapas o dosis de inevitable sufrimiento.

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