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Lunes, 22 de Julio del 2019
Viernes, 04 Septiembre 2015

El Viaje (final) a ninguna parte. Muros

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Nací, crecí y he llegado a este arrabal de senectud, bajo el agobio asfixiante de los muros, el miedo paralizador de quienes por miedo los levantan y mi propio espanto irrefrenable hacia quienes por miedo al miedo los construyen o proponen su construcción. La cosa no parece tener remedio. Es un sino en la bárbara hegemonía sobre la Tierra del mono desnudo: cae un muro (que siempre acaban por caer) y se levantan cuatro...o treinta y cuatro.

Levantaron el Muro de Berlín, como un Muro de Protección Antifascista (¡Ja!) en Agosto de 1961. Después de muchos años y bastantes muertos, el 9 de Noviembre de 1989, en medio de la general satisfacción, caía el que fue conocido como “Muro de la Vergüenza”, siniestro monumento que por enésima vez dejaba constancia de que la humanidad ni sabe evitar los conflictos ni sabe cerrarlos sin abrir otros. Del muro de Berlín, sólo un recuerdo amable: la divertidísima comedia de Billy Wilder “Un, dos, tres”, que recreaba en clave de humor y parodia una historia de amor y espías con la Coca Cola, James Cagney, Pamela Tiffin, Horst Buchholz, y el propio Muro de Berlín, por entonces en construcción (la película es de 1961) como protagonistas.

 

El Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén, es sagrado para los judíos debido a que es una de las pocas partes que quedaron en pie después de que los romanos destruyeran el Templo. Debieron completar la faena. El Muro se convirtió en el lugar tradicional de oración de un pueblo perseguido y perseguidor, víctima y verdugo a la vez, que está en el centro de algunos de los conflictos potencialmente más peligrosos y enquistados de la historia contemporánea de la humanidad. Además, rezan incansablemente para que llegue un dios terrible, el mesías judío, y les restituya a ellos el lugar de privilegio que por caprichoso designio divino supuestamente les correspondería. Ojalá que no les haga caso y que sigan lamentándose mucho tiempo más.

 

Esos y otros, como el Muro de Adriano, en la antigua Britania, la Gran Muralla China, el otro muro de la vergüenza que se construye en la frontera sur de los Estados Unidos con Méjico, el muro-valla de Melilla con sus despiadadas concertinas, el muro de Hungría con el que Europa se hace el harakiri como tierra de asilo, y hasta las Murallas de Ávila o el modestísimo Muro de Cieza, son todos ellos muros, topes, limitaciones, muros de la vergüenza hechos para la contención y el rechazo de unos seres humanos hacia otros seres humanos.

 

No es una excepción a la perniciosa costumbre de levantar muros, la que representa la magnífica pieza musical “El Muro”, de Pynk Floyd, en la que el protagonista, Pink, se reprime debido a los traumas que la vida le va deparando: la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial, la sobreprotección materna, la opresión de la educación británica, los fracasos sentimentales, la presión de ser una figura famosa en el mundo de la música o su controvertido uso de drogas sumado al asma, problemas todos ellos que, entre otros, son convertidos por él en «ladrillos de un muro metafórico» que lo aísla, construido con el fin de protegerse del mundo y de la vida, pero que acaba conduciéndolo a un mundo de fantasía autodestructiva. Se trata en definitiva de la generalizada tragedia contemporánea: el hombre, solo, desnudo, desvalido, ante su propia insignificancia y ante la manifiesta incomprensión del sentido último de su función en este mundo. Literatura y música para la decadencia a las que habría que oponer –eliminando el muro- regeneración y exultante “wagnerismo “ para afrontar el futuro con una dosis mayor de optimismo, es decir, para levantarle el ánimo a un mundo blando, lánguido y adormecido que camina imparablemente hacia su (auto) aniquilación.

 

Constatar –desde mi punto de vista- la absoluta inutilidad de todos los muros, que se levantan para inevitablemente caer, que separan y dividen (incluso al hombre de sí mismo).

 

La consigna debe ser tender puentes en lugar de construir muros, y habría que recordárselo al impresentable terrorista de la convivencia entre españoles que se llama Artur Mas que no debería pasar ni una semana más sin ser puesto a disposición judicial, con reforma (o sin ella) del Tribunal Constitucional, por desobediencia y deslealtad flagrantes, cínicas y descaradas. Artur Mas es el principal muñidor y sustentador del muro catalán, que separa a catalanes de españoles y europeos e incluso a catalanes de catalanes, que separa, que separa y que separa, en lugar de unir, unir y unir.

 

Todos los muros son muros de la vergüenza. Así que menos muros y más puentes, señorito.

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