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Martes, 12 de Noviembre del 2019
Domingo, 23 Junio 2019

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Mis “ANTONIOS” (I)

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Se llama Antonio Marcos (y Carrillo, que mi madre también tuvo que ver con la obra bien hecha, y mucho…). Por cierto que ella, que amasó con amor y buena madera la masa madre y le añadió de la mejor levadura para que fermentara, también era Antonia (la del Campo).

Como Antonio fue nuestro ferroviario de dinamita, nuestro padre, forjado a fuego lento en recia pudinga de carbonilla y soles (aunque -¡ay¡- de corazón frágil), que puso la fecunda semilla, preñada en su caso de bondad. De manera que bien puede decirse que en nuestra casa y familia (como en buena parte de las familias españolas), los Antonios (nombre de no muy clara significación, al que se le atribuye la de “hombres valientes que plantan cara a los enemigos”) son legión.

 

Él, Antonio Marcos, es mi único hermano biológico. Cuando nació él dicen que se rompió el molde (de los maestros de escuela como Dios manda y de las buenas personas como manda Dios). Y, en estos infaustos tiempos nuestros de post-verdades más o menos impostadas, y mentiras a troche, moche, fantoche, y “quevengaDiosylovea”, esa que digo de mi hermano es pura verdad, verdad de la buena. Aún no he oído a nadie hablar mal de él (ni siquiera a su mujer, su Marujica, que lo conoce tanto como lo conocía la madre que nos parió) y yo tampoco voy a hacerlo, porque lo valoro, lo respeto… y lo quiero. Y porque es que tampoco encuentro nada malo que decir de él. Es un santo vivo…pero humano…humanísimo. Cordial, amable, comprensivo, y, en los últimos tiempos, a medida que crece en edad, dignidad, desgobierno (uno se vuelve con los años algo abuelete cebolleta, caótico, maniático, estrambótico, ¿verdad?, y hasta cantarín fingido), cuando le sobreviene algún que otro achaque de salud, nada preocupante por el momento, se ha vuelto más sereno y tranquilo, también más realista, prudente y sabio que nunca. Ante cualquier problema que surge, dice que siempre se plantea si está en su mano hacer lo que sea necesario para resolverlo. Si en su mano está, pues va y lo arregla. Si no lo está, no desespera por eso, y se resigna. Es la vida…Sí, así es la vida…Tuvimos, ambos, otro hermano, casi biológico, hijo de una hermana de nuestra madre, malograda en plena juventud. Un hermano mayor que aún vive, que se llama también (¡cómo no!) Antonio (Piñera Carrillo en este caso), a quien siempre he querido en su casi permanente laconismo y circunspección (él es así) con su habitual, irónica y apenas insinuada sonrisa- algo así como un “je muecoso” grabado en la expresión y al que la magdalena proustiana de los recuerdos infantiles me lo sitúa en sinestésica rememoración, en un patio pobre – vivía con nosotros en la misma casa- frente a un espejo inverosímilmente pequeño en el que a malas penas cabía su cara, enjabonándose profusamente para irse rasurando después con una maquinilla de afeitar rudimentaria campillo palmera a veces algo esportillada, bien pertrechado de un librillo de papelillos de fumar para secar la sangre de los numerosos cortes que inevitablemente tenía uno que hacerse con aquella “herramienta” tan sutil. Después se iba al campo a trabajar con su moto Bultaco, y más después, aupado en su tractor azul y alto, a labrar esos campos…

 

Como maestrico, mi hermano, Antonio Marcos, tuvo su librico, vaya que si lo tenía y lo tuvo, único e irrepetible como todo librico de maestro escuela que se precie, hecho de capacidad comunicadora, mucho sentido común y no poco sentido del humor, optimismo y alegría de vivir, cualidades todas ellas que conserva porque son consustanciales con su persona, además de amor por lo que hacía sin distingos de ninguna clase entre los destinatarios de su quehacer, sus alumnos, a quienes siempre, en cualquier circunstancia, apreciaba y respetaba. Presumido y postinoso como él solo, llegó a marcar un ominoso, blanquecino, y potencialmente peligroso círculo (que amenazaba agujero negro inminente y hundimiento seguro en el endeble suelo de yeso pintado de rojo de la alcoba de nuestros padres, situada en la primera planta de la casa en que vivíamos en el Paseo), de tanto giro, vuelta y revuelta como daba, mirándose en el espejo desde todos los ángulos y perspectivas posibles, antes de salir a la calle, para comprobar el resultado de su buena apariencia dominguera ante el espejo del modesto armario de luna, que duró lo que duró nuestra santa madre, hasta el año 2004, lo menos cuarenta años como único espejo de casa en el que mirarse de pies a cabeza. Vaya que le sacó jugo mi hermanico…para salir cada domingo a la calle en perfecto estado de revista. ¿Te acuerdas, hermano?

 

Mi hermano “Antoñico”, Marcos como todo el mundo le dice, es mucho más que todo eso, pero ocurre que en última instancia la vida se resuelve –y se resume- en estupefacciones mil y un par de anécdotas, que son las que les cuento, en este caso de uno de mis múltiples “Antonios”, sobre los que volveré porque hay muchos e interesantes capítulos. Ya decía al principio que mis “Antonios” son auténtica legión…En lo que concierne al de hoy, afortunadamente sigue vivo y no ha agotado su capacidad de sorprendernos.

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