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Martes, 23 de Julio del 2019
Sábado, 04 Abril 2015

El Viaje (final) a Ninguna Parte. ¡Marranos!

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Yo reconozco que lo soy. Sí, soy un marrano, en el sentido de que convierto en una marranera cualquier sitio en el que estoy más de una semana. Polvo, desorden y caos por doquier, aunque yo siempre sé dónde está cada cosa.

Quienes me conocen y me han visto en mi salsa...muchas veces más espesa de lo recomendable, saben que digo la verdad. La sensación puede llegar a ser de agobio para cualquiera que no sea yo mismo. Pues bien, el titular del artículo de esta semana, en plural, me incluye a mí, pero lo peor es que no es achaque de mi exclusividad, porque en Cieza marranos somos muchos, demasiados, y cualquier gobierno municipal que conozca la idiosincrasia del pueblo que aspira a gobernar, debe plantearse luchar contra esa lacra que por otra parte nos constituye y constituye una de nuestras más negras, asquerosas y vituperables señas de identidad como pueblo.

 

Pero resignarse al denigrante y vergonzoso sambenito porque marranos somos todos o porque somos muchos, equivale a aceptar aquello de que mal de muchos, consuelo de tontos, con lo cual, ergo, además de marranos, seríamos también tontos, del culo, de capirote, del haba y de no sé cuantas cosas más. Cueste lo que cueste, el de la limpieza del pueblo es un problema que cualquier partido que aspire a ganar las próximas elecciones del domingo, 24 de Mayo, tiene que planteárselo como una prioridad. Están en juego nuestra propia calidad de vida, nuestro decoro y dignidad como pueblo y la imagen que ofrecemos a quienes nos visitan, que parece que van siendo cada día más y que muchas veces se contagian de nuestro mal hacer y acaban agravándolo, pero que acabarán diciendo aquello de: “de Cieza, ni las olivas”.

 

Porque la suciedad era tanta que incomodaba. Y no se trata de que yo piense que hay que instrumentar más y mejores medios para garantizar la adecuada limpieza diaria de la ciudad, que sí que lo pienso, sino que entiendo que habría que intentarlo por el camino mucho más difícil de cambiar a golpe de campaña de concienciación y multa nuestra natural y perniciosa propensión al estropicio, la desidia y hasta la coprofilia, que de tan marranos que somos pareciera que nos gusta sobrenadar la mierda. Tal que así fue la impresión que me produjo el pasado domingo de Ramos, entre las seis y las siete de la tarde, pasar por la zona del Teatro Capitol y calles de los alrededores, después de que durante las seis o siete horas previas, la zona se convirtiera en un auténtico abrevadero y comedero al aire libre, con una muchedumbre endomingada, enjalbegada de estreno, dispuesta a dar buena cuenta de la producción cervecera regional (y un porcentaje alto de la producción de las destilerías) sin reparar en detritus ni residuos, sólidos, líquidos y – aunque esos no se veían- supongo que también gaseosos. Y todo ello, al hilo y reclamo de una procesión. Jamás, insisto, nunca jamás en mis casi 64 años de vida, había contemplado semejante acumulación de suciedad como la que podía verse en la mismísima puerta del nuevo Teatro Capitol, en la plaza correspondiente o en la calle Doña Adela, que conecta la plaza del Capitol con la de España. La degradación, la incuria, y la desidia, a las puertas mismas de un espacio concebido para el crecimiento cultural y el refinamiento de la sensibilidad...¡ja!. Con la Cieza marrana hemos topado.

 

Y eso que mi excursión urbana exploratoria de los desastres del domingo de Ramos en Cieza se limitaron a una zona, la que comento, porque tuve que bajar hasta la cuesta del Molino a recoger a mis nietos en casa de mi hija. No fue en modo alguno una inspección rigurosa o exhaustiva, que, de haberlo sido, otros espacios habrían incrementado mi sensación de estupor y vergüenza. De hecho, siquiera de refilón y muy de lejos, también tuve ocasión de contemplar el botellón montado en las laderas de la ermita del Santo Cristo del Consuelo, entre cuyos participantes, por cierto, parecía haber gente muy joven. Y el Traslado del Santo Cristo fue apenas una hora escasa antes.

 

Si esto significa que estamos saliendo de la crisis, mejor volver a ella, o instalarnos para siempre en ella, con la convulsión de conciencias que cualquier crisis implica o debe implicar. Pero esto que pudimos ver el domingo, 29 de Marzo de 2015, no, esto no. Esa estampa asquerosa de consumismo desnortado, no, esa vuelta del imperio del banquete hasta el hartazgo, la arcada y el vómito, no. Para refocilarnos en la mierda, mejor que impere la germánica austeridad, o la austeridad espartana, mejor que no dejemos al aire nuestras vergüenzas como pueblo y mejor que no sigamos cimentando la leyenda de Cieza, la desdichada. ¿Por qué no podemos ser, por ejemplo, como Oviedo, una ciudad ordenada, acogedora, limpia y amable?. ¡Ah!, enhorabuena a los establecimientos de hostelería que seguramente hicieron saneadísima caja el domingo y que habrán redondeado los ingresos con las excelentes expectativas que había para la Semana Santa. Me alegro de verdad, sí, pero el domingo de Ramos (y me atrevería a decir que algo semejante habrá ocurrido Jueves y Viernes Santo), con la Cieza marrana nos topamos. ¡Marranos!.

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