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Lunes, 24 de Abril del 2017
Sábado, 14 Enero 2017

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. La otra historia de Jesús…y de Judas, el día maldito... salvo para los memes

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Quienes pasan de la política deberían saber que la política no pasa de ellos.

Porque la política, bien como digno y noble ejercicio de la actividad social y ciudadana, o como servicial, generosa, altruista y desprendida misión que implica olvidarse de uno y entregarse a los demás, o a veces también cuna, cama, sepultura, semillero y vivero de ambiciones, o incluso como nido de víboras donde germina y crece toda discordia, la política, digo, siempre está presente en la vida de los hombres y va estándolo de manera creciente en la de las mujeres, donde anida cada día más, en vaginal –y natural- cobijo y pajarera.

 

Por eso es absurdo pasar de la política, porque va y está con nosotros allá donde vamos o allá donde estemos; en la Economía, en el Derecho, en la Literatura o el Arte, en las nuevas y en las viejas tecnologías, en la justicia y –más frecuentemente- en la injusticia. Por supuesto que también en la Religión, y me refiero aquí a las religiones oficiales, aquellas que han tejido sus credos respectivos con dorados y rígidos lazos de la más pura ortodoxia. Esas creencias institucionalizadas y comúnmente reconocidas, acartonadas pero siempre poderosas, han servido y sirven las más de las veces de oportunistas y eficaces compañeras de viaje a la Política, aunque…esa es otra historia.

 

Al hilo de la reflexión que hago, me ha llamado mucho la atención una referencia leída en los últimos días sobre los decisivos acontecimientos finales de la vida de Jesucristo, y el papel desempeñado en ellos por el más político de los apóstoles, Judas Iscariote, que debería ser el patrón de los políticos, por lo menos como arquetipo, merecido o no, de traicionero. Según algunos investigadores, Judas, el discípulo infiel, no habría cobrado del Sanedrín las 30 monedas que dicen los Evangelistas por traicionar a Jesús. Según parece, al propio Sanedrín le interesaba que hubiese un denunciante antes de que Jesús soliviantase a las masas – lo que ya estaría haciendo desde el púlpito de la gran plaza del templo- para impedir la intervención de los romanos, lo que habría acarreado consecuencias trágicas para todos. Judas Iscariote, hijo de Simón-Pedro, y zelote al igual que su padre, quería el levantamiento de todo el pueblo judío para expulsar al odiado romano, y también a los miembros del Sanedrín, que lo apoyaban, y poner como rey a Jesús, al que le correspondía por legítimo derecho de sucesión, al ser descendiente por parte de su padre José del mismísimo rey David. La tardanza e indecisión de Jesús en dar la orden de iniciar la revolución habrían cansado a Judas, y también a algunos de sus propios familiares que lo seguían desde Galilea; y así, los miembros del Sanedrín, conociendo el descontento que reinaba entre ellos, habrían contactado con Judas con la promesa de no condenar a Jesús, sino más bien encarcelarle para que todos pudieran regresar a sus casas. De ahí la rabia, indignación y desesperación de Judas al ver que, contrariamente a lo previsto, Jesús era juzgado por Pilatos y condenado a muerte. Esta interpretación de un acontecimiento decisivo en la vida de aquellos dos judíos universales subraya el aspecto ya conocido de la personalidad de Judas como un individuo de fina sensibilidad social (recuérdese el episodio del perfume de María Magdalena cuyo importe Judas habría preferido destinar a los pobres, y no hay por qué suponer que estaba fingiendo); una personalidad, la de Judas, de animoso militante de radical compromiso político con la causa aún irredenta de los pobres, que no acababa de entender, ni mucho menos compartir, la tibieza y vacilaciones del líder de la revolución, al que por otra parte admiraba y amaba y cuya condena lo sume en la desesperación que finalmente lo aboca al suicidio.

 

Jesús, y quienes con él estaban, hacían política; porque aunque su reino “no era de este mundo”, sí había venido a transformar el mundo en el que se había encarnado, y quizá- como hombre que era- habría querido buscar esa transformación desde una posición privilegiada, la de rey, que le habría proporcionado más poder y más resortes para ello. Por otro lado, la intención y el mensaje transformadores de Jesús no podían dejar impasibles a quienes tenían el poder o querían alcanzarlo. Judas era simplemente un político y para él, el fin –salvar la revolución- justificaba los medios- entregar a Jesús. Después, la operación meticulosamente planeada (como tantas veces sucede en política) lo desbordó, y las consecuencias derivadas de su acción lo condujeron a un trágico desenlace. Esta interpretación no resta (ni se lo añade, por supuesto) un ápice de racionalidad a cualquier creencia trascendente, pero sí alivia en parte el descrédito histórico que durante siglos se ha cebado en la figura patética del Iscariote, el traidor, que probablemente lo fue, pero no por las traídas y llevadas treinta miserables monedas. Muchas veces, lo aparentemente obvio no lo es tanto porque deriva de interpretaciones parciales, torticeras, interesadas o políticamente sesgadas, y “el malo de la película” reclama un poco de justicia y que se reubique su papel y dimensión en la trama.

 

Así que ya lo saben. Cuando en la próxima Semana Santa (que este año cae del 9 al 16 de Abril) pase por delante de ustedes el paso del Beso de Judas, miren a Judas Iscariote con ojos más benévolos, de universal y piadosa comprensión de todo lo humano. Él sólo era un político, y la política es actividad evidente y eminentemente humana (Aristóteles dixit).

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