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Viernes, 21 de Julio del 2017
Viernes, 09 Diciembre 2016

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. La boda

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Francisco López y Patricia Marcos Francisco López y Patricia Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Quienes hayan venido siguiendo estas comparecencias semanales mías, a veces algo impudorosas y desvergonzadas por lo personales y hasta por lo muy personales, sabrán que el sábado, 3 de Diciembre, fue un día grande en mi casa. Teníamos boda.

Se nos casaba Patricia, la pequeñica de la casa…ya saben, “mi novia Popotito”. Y yo era, o por decir con más propiedad, fui, el padrino (al menos de tal guisa acabé vestido…), una circunstancia inimaginable hace apenas seis meses, cuando una hemorragia cerebral “subaracnoidea” “benigna” (¿cómo se atreven a ponerle ese noble calificativo a una cosa tan horrible?) saben ustedes que me abocó a las puertas mismas de la muerte. Las puertas, afortunadamente, se cerraron sin culminar tan terrible, tamaño e irremediable despropósito, y la vida me permitió culminar al menos ese capítulo pendiente, cuya preparación había arrancado mucho antes, pues mi hija pequeña, Patricia, junto al que ya es su marido, el fino mecánico y esforzado piragüista, Francisco López, llevaban preparando su boda desde hacía casi un año.

 

El caso es que han sido unos meses frenéticos e intensos, casi paroxísticos en las últimas semanas, buscando siempre que la cosa saliera bien, ya que, hace no tanto, todo estuvo a punto de irse al cuerno. Pero dicen –y dicen bien- que todo llega en la vida, y la fecha del 3 de Diciembre acabó por ponerse a tiro en un plis plas. El domingo, 27 de Noviembre, a apenas seis días del gran evento, novios y padrino se citaron con el fotógrafo en una cafetería de la Plaza de España para precisar algunos detalles y conocerse más y mejor. Resultó que quien mejor conocía al fotógrafo, Carmelo Buitrago, era yo mismo, por haber sido alumno mío años atrás. Y ese mismo día – Carmelo aciago en dominical y pluviosa jornada- se desataron “las lluvias de Ranchipur”, que sólo pararían el viernes, 2 de Diciembre y la mitad del sábado, 3 de Diciembre, día de la boda, porque se ve que la docena de huevos llevados a las monjas Claras para que ese día no lloviera, fue algo pobre y dio resultado sólo a medias. Buscando exteriores y enclaves para las fotos esa mañana, la del domingo, 27 de Noviembre, acabamos dando, en medio de la lluvia, la vuelta más tonta de los últimos tiempos, saliendo de la plaza de España, para recalar después (calándonos…) en El Ginete y volver a Cieza por la carretera paralela al río, siempre lloviendo. Seguimos después hasta Abarán para recalar finalmente (calándonos siempre…) en la Noria Grande de Abarán, donde algunas fotos y tomas de vídeo sí pudieron hacerse (sin dejar de calarnos en ningún momento).

 

Entre aguaceros y soles refulgentes, la inestabilidad atmosférica alimentó nuestra incertidumbre durante el resto de la semana hasta que llegó el sábado, 3 de Diciembre, y la hora de la verdad, las 5 de la tarde, hora fijada para la boda. Aunque la tarde se puso tierna y amenazaba lluvia, la joven y bella novia, junto a su apuesto galán, pudieron hacer, en seco y sin incidencias dignas de mención, el paseíllo hasta el altar de una iglesia de la Asunción maravillosamente ornamentada para la ceremonia, oficiada por quien fuera párroco-arcipreste de la basílica durante muchos años, Don Antonio Muñoz Catalán, que supo ajustarse al guión previsto y no se extendió en demasía, en atención a no desatar los nervios, todavía no muy templados, del padrino que esto escribe, ni alimentar el inoportuno flemón aparecido en la mandíbula de la madre de la novia (¿podían pasar más cosas?) sin conseguir desbaratar su grácil figura y su agraciada y benévola expresión. Un extraordinario cochazo, un audi A8 en el que no sé si tendré ocasión de volver a subirme en la vida, nos trasladó hasta la Iglesia. Después de la ceremonia vinieron fotos, parabienes y buenos deseos por doquier de familiares y amigos. Un pasillo de palas de piragua sostenidas por compañeros de deporte del novio, acompañó la salida del templo de quienes ya eran marido y mujer, en medio de la consabida lluvia (felizmente aún no del cielo) de arroz y pétalos de rosas.

 

Después vendría la celebración gastronómica, el banquete de boda (que cumplió generosamente las mejores expectativas) en los salones la Daya de Calasparra, donde el joven pero experto banquetero Manuel Reales, último representante de una dinastía familiar dedicada desde hace muchos años al oficio, cumplió escrupulosamente sus compromisos de cantidad, calidad y servicio para con los más de doscientos cincuenta invitados asistentes al descomunal ágape, de cuya abundancia deja solitaria constancia ilustrativa –como muestra vale un botón- el arroz con bogavante servido como recena a las 4 de la madrugada, una sabrosísima extravagancia gastronómica de la que dieron buena cuenta los invitados que aguantaron comiendo hasta esa hora, cuando el cielo se desataba y llovía intensamente, con lluvia necesaria de la que moja y que –felizmente- empapa la tierra y la esponja, abriéndola fecunda para producir. Pero para entonces hasta el diluvio nos habría dado igual.

 

Este es viaje que, siendo a ninguna parte, me gustaría que alcanzara puerto abrigado y seguro. Y que como glosara en adelantada crónica nupcial el concejal ciudadano e inspirado plumífero José Luis Vergara “quiera Dios que la familia en ciernes sea fecunda y feliz su voluntario yugo y que sus hijos, y los hijos de sus hijos, crezcan siempre con salud, en paz y en libertad”.

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