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Lunes, 21 de Agosto del 2017
Viernes, 17 Junio 2016

El Viaje (final) a Ninguna Parte. Frutoterapia

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Mi familia (incluido mi hermano Antoñico y mi cuñada Maruja) se ha volcado en este largo mes infausto de mi vida y ha sido pieza necesaria y esencial para sacarme a flote y mantenerme en el mundo de los vivos. Gracias…os quiero.

Mención especial aparte merece también la frutoterapia, bendición de esta tierra nuestra, canalizada sobre todo a través de mi consuegro Morcillo, también algo delicadillo de salud – gracias, tío- de mi cuñado Pedro y su esposa Marisol- extraordinarios y sabrosísimos albaricoques - y de mi noble chicarrón del Sur, Paco, el novio y esposo próximo de mi pequeña Patricia. Será en Diciembre. Será. Seguro. Será. Terapia intensiva de melocotones y albaricoques de la tierra de los que me surte la familia y que en mi situación de limitadísima movilidad reducida a deambular por el pasillo del pequeño piso que heredé de mi madre, en el que siempre he vivido y vivo, termina siempre en la cocina, donde me espera tentadora una bien provista fuente de fruta a la que, vuelta sí, vuelta también, voy dando repetidos tientos. Es el único aliciente de cada penoso “paseíllo”.

 

Pues bien, mi último artículo, antes del adiós casi postrero y definitivo que el azar, la decisión más o menos caprichosa (pero que agradezco) de autoridad de mayor nivel, la fuerza y la energía de influyentes plegarias de mistérico alcance que sobrepasan mi natural y racional entendimiento (me consta que han rezado por mí hasta las descalzas reales que acampan desde hace siglos sin pagar IBI en la Puerta del Sol de Madrid, y no es intercesión que desdeñe desde el estado de extrema fragilidad por el que he atravesado o que me ha atravesado a mí, dejándome a pesar de todo inmaculado -y muy lejos de mi intención pecar en estas circunstancias de irreverente, ¡válgame Dios!-decía que mi último artículo publicado antes de que la vida, que sin permiso se me concedió, sin permiso estuviera a punto de serme arrebatada, se titulaba (aquel artículo reciente de esotra vida tan remota) “Mirar al futuro” (el de nuestro pueblo de Cieza) y fíjense qué ironía con el poco futuro que a la vista de lo sucedido parecía quedarme a mí. Por escaso que pudiera ser el de Cieza. Desenrollo el lío y abrevio no sea que vaya a darme otro ataque.

 

Porque, fíjense bien en la magnitud de lo que me ha ocurrido desde la entrega de aquel artículo, hace poco más de un mes: en fin, lo sabe ya casi todo el pueblo de Cieza, porque estas cosas suelen comentarse desde la sinceridad del aprecio, la novedosa fuerza del acontecimiento, o el más o menos morboso alivio de que le ha pasado a otro. El viernes, 6 de Mayo, a eso de las 16.30 horas, estando en casa acompañado de mi hija pequeña Patricia, me sobrevino inopinadamente (nadie le había pedido opinión alguna al engendro) un potente derrame cerebral, en diagnóstico médico posterior, técnica y literalmente, hemorragia subaracnoidea…benigna (menos mal), que no por benigna menos dañina, ya que estadísticamente, hace hincar el pico ipso facto al 40% de los afectados, mientras otro 30% suele quedarse con graves secuelas y el resto presenta una diversidad de situaciones que incluyen la de que te quedes como si no te hubiera pasado nada, expresión textual (que no acabo de creerme aún del todo) utilizada en mi caso por los médicos especialistas para referirse a la ausencia total de secuelas…ni orgánicas ni funcionales. Los especialistas subrayaron la gravedad del accidente cerebro- vascular sufrido por mí y quienes no eran especialistas se refirieron a la suerte que había tenido e incluso a lo “milagroso” del resultado final.

 

Lo cierto es que sigo vivo contra pronóstico y que tendré que volver al hospital para una revisión dentro de 6 meses. Pero mi primera experiencia de ingreso hospitalario ha sido pródiga en sensaciones y vivencias que creo dignas de ser contadas y hoy, aquí y ahora, inicio una saga de artículos en los que les iré dando a ustedes la tabarra sobre lo que se siente en la centrifugadora diabólica de la resonancia magnética o en un escáner (que yo siempre había pensado que era un aparato de captación de imágenes, pero no de imágenes de tu cerebro). Nunca perdí la consciencia, o al menos eso creo. Al revés. Durante casi un mes tuve la sensación de que una mano perversa había encendido el botón (y eso sé que no le gustaba oírlo a mi querida esposa, que ha sufrido mucho) de la vigilia permanente. Imposible dormir. Eso y los terribles dolores de cabeza provocados por la sangre en proceso de interminable centrifugación, han sido dos de las características más definitorias de un doloroso trance que aún colea y que ha tenido episodios oníricos como el de mi salida de la UCI del Hospital al día siguiente de ser ingresado para aparcar en mi propio coche, junto a mi mujer, en el parking del hospital “Virgen de la Arrixaca”. Un episodio que me dicen que nunca ocurrió y que yo sigo viendo con absoluta viveza y realismo pero que me abstuve de contar a los médicos porque la unidad médica en la que me mantuvieron ingresado era contigua a la Unidad Psiquiátrica y no era cosa de tentar a la suerte.

 

Y si una cosa me ha ido quedando clara tras esta (sin juicios de valor) “maravillosa” experiencia, es que tu mente (siempre maravillosa) te puede matar y tu mente te puede salvar. No puedo ni debo rematar (¡oh, perdón!) esta primera entrega sin agradecer su preocupación a los cientos de ciezanos y ciezanas que se han interesado por mí en estos días azarosos y tristes en los que, de vuelta de un más allá que parece bastante cercano del acá, puedo comprobar que España sigue atascada.

 

Amigos. Seguiré contándoles si ustedes se dejan.

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