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Viernes, 17 de Agosto del 2018
Viernes, 02 Marzo 2018

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Floración en Cieza: “Belleza y bien en estado puro” (con algún pero importante…no tan puro)

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Buscar la Belleza, en la concepción platónica, es buscar el Bien…y, desde esa perspectiva, el Arte adquiere una trascendente dimensión ética y ontológica, que no sólo estética.

Pues bien, esa es la aventura – la búsqueda de la Belleza y del Bien- en la que, hace más de treinta años, decidió embarcarse el ciezano Fernando Galindo Tormo –con toda la parafernalia y aditamentos de la que se ha revelado como una travesía apasionante, incierta a veces y siempre llena de incidencias - ¡treinta años!, o sea, toda una vida detrás de una meta que finalmente se parece mucho al suplicio de Tántalo, porque cuando crees que estás a punto de atraparla, siempre se te acaba escapando, para dejarte en la pulsión permanente, en la pura ansia viva, que, por otra parte, es la que mantiene intacta la necesidad de la búsqueda, de volver a reemprender la inacabada aventura al día siguiente, de buena mañana, convertido para el artista el cómodo y placentero lecho en duro jergón de pinchos y espinas que no lo deja descansar y que lo empuja imperativa y hasta dolorosamente a proseguir la faena. Eternamente insatisfecho…

 

Así que: ¿qué haces aún acostado, Fernando? Te espera el río, te espera el monte, te esperan sus paseos, las veredas y senderos…y te esperan cada mañana tus paisanos y paisanas de una Cieza que redescubres cotidianamente para propios (hasta para ti mismo) y para ajenos, y eso es bueno, Fernando…y eso está… bien…¡Hola, Fernando; buenos días, Fernando!

 

Pero buscar la Belleza (y el Bien…) no quiere decir encontrarla siempre, aunque el largo periplo de Fernando Galindo ha sido un viaje con recompensa, lleno de hermosas sorpresas, las que le han deparado la variable meteorología, las cambiantes luces matutino-vespertinas, las ajironadas nubes, las espesas neblinas ocasionalmente ancladas en el monte del Castillo y la Atalaya, los frutos jugosos y rotundos a la vera de cada verano, o las asoleadas e inconfundibles figuras de los agricultores comprometidos y entrañados con su no siempre agradecido terruño, subsistencia propia y colectivo porvenir, si Dios quiere y las autoridades se lo trabajan, claro… imágenes todas ellas efímeras en su belleza circunstanciada y caduca y más hermosas aún por eso mismo, porque atesoran la belleza atemporal y eterna del fantasma, del espejismo, del visto y no visto.

 

Cuentan muchos, aunque yo sé que la historia es originalmente mía, pergeñada por mí en tiempos de delicuescentes y tantas veces peregrinas e insomnes reflexiones universitarias perdidas ya en la noche de los tiempos, la historia del artista que, movido por calenturiento e irrefrenable impulso, cada noche modelaba en hielo el extraordinario busto de una bellísima mujer desnuda, busto cuya sólida permanencia apenas si sobrepasaba en tiempo al final de la mañana del día siguiente para acabar siempre en prosaico y “amarranado” charco. La obra de arte sin permanencia, sin retórica, sin mercado y sin museos. El arte puro, el arte por el arte. Sin compromiso y sin beneficio salvo el puro placer, el placer puro del ensimismamiento abstraído de todo. El impulso creador hecho materia inconsistente y fungible, que dura lo que dura el placer de su contemplación, que el espectador debe apurar antes de que se desvanezca y vuelva al delirio del que surgió. Esa es la aventura de Fernando Galindo Tormo, cada día, desde hace más de 30 años. Resistirse al paso del tiempo, atrapar la fugacidad de la vida, su cambiante colorido y el eterno retorno de todo en la realidad circundante, que sólo estaba aparentemente muerta, aunar Heráclito y Parménides, Platón y Aristóteles, Séneca y Epicuro en torno a la cabeza de hielo, hermosísima, pero efímera, de la Floración.

 

¿Para qué darle más vueltas? Digámoslo ya: es empresa ésta de retratar la tierra propia, que tiene que ver con el Amor (y por tanto también, y evidentemente, de nuevo con Platón), porque el artista es un enamorado de su tierra y su paisaje lleno de colorido y huero al tiempo de color, en duro y violentísimo contraste, maravilloso milagro de una gota de agua que brinda cada mañana, durante los pocos días que dura, una nueva, multicolor y sorprendente obra de arte natural, efímera como una escultura hecha de hielo, sí, pero que atrapa al espectador con fuerza tractora irresistible, más aún por su carácter transitorio y fugaz, que lleva al contemplador a intentar fijar y mantener en su retina lo que se ofrece ante sus ojos asombrados.

 

Es mes y medio apenas de espectáculo para los sentidos. La exposición de fotografías del andariego Fernando Galindo Tormo, en el Museo Siyasa hasta el 17 de Marzo, acota, bajo la fina y sensitiva mirada del artista, parcelas de un espectáculo único en el mundo, que se produce en Cieza, su pueblo, un espectáculo que, lejos de cansar, ofrece múltiples y caleidoscópicas perspectivas, cambiantes cada amanecer, de una realidad natural agradecida que, a poco que se la trate mínimamente bien, es capaz de devolver ciento por uno.

 

El “pero” se lo pueden imaginar, porque es el de siempre: el sábado, 24 de Febrero, todo el campo de Cieza en floración y la misma ciudad, ofrecieron a propios y ajenos el espectáculo aterrador, insalubre y dantesco de una floración ahumada. La helada, como era de esperar, vino cuando era natural que llegara y la defensa artera y tramposa ante ella volvió a consistir en llenar de humo tóxico los pulmones de todos… Y no, así no. No a ese precio…

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