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Lunes, 16 de Diciembre del 2019
Sábado, 02 Marzo 2019

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Fatego´s road (I)

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

En los últimos tiempos me pasa cada vez con más frecuencia que me cuesta bastante trabajo fijar la atención, y, sobre todo, retener situaciones, tramas y personajes en los libros que leo, o en las películas que veo, actividades ambas que llenan mi vida actual en porcentaje nada desdeñable.

Será quizás esa etapa progresivamente senil y como de despedida de la vida en la que voy entrando. Será…No sé…De hecho, he renunciado a ver películas (¿quién me lo iba a decir a mí o quién se lo iba a decir a quienes me conocen de toda la vida y saben de mi pasión por el cine?). Tampoco consumo televisión, que para mí hace ya tres o cuatro años que más bien es como si no existiera (también parece increíble, ¿verdad?, después de más de veinticinco años haciéndola en Tele Red Cieza). Me he acostumbrado, eso sí, a ver series y devoro capítulo tras capítulo con fruición. La última, que me ha gustado, las dos temporadas de “14 de Abril. La República”, de puesta en escena bastante digna y muy folletinesca, como debe ser, con amores contrariados, malos muy malotes y dramones para llorar. O aquella otra –bastante inverosímil, por cierto- de “Estoy vivo”… He vuelto a los tiempos en los que devoraba seriales radiofónicos como “Ama Rosa”, llorando caudalosos, amargos y sentidos lagrimones una siesta sí y otra también. ¿Qué le vamos a hacer? “Corasón” tierno y mucha sensibilidad ñoñica y a flor de piel que tiene uno…En cuando a las lecturas, he decidido volver a los clásicos, a ver si me enteraba de algo, dado que empezaba a no enterarme casi de nada, a no entender bien, la literatura contemporánea, y, en uno de mis largos paseos matinales, arrebujado, meditabundo y del mundo aislado dentro de la pequeña tienda de campaña de mi todavía invernal indumentaria, a cobijo de los intensos fríos de las mañanicas heladas de febrerico el corto, me he topado con mi particular “Platero” transmutado en astroso y amarronado poni que vive solo en amplia parcela bajo improvisado chamizo, rumiando aburrimiento y pan duro que le dejan paseantes y vecinos de la zona del Paseo de Ronda. He de decir que el poni del Fatego, triste, ensimismado y melancólico, me ha llevado a releer “Platero y yo”, o mejor, “Platero y él” (Juan Ramón Jiménez), otro raro donde los haya mejorándome a mí mismo, y esa lectura ha determinado que crezca mi autoestima porque lo he entendido todo, sin lagunas ni despistes, ya que, por encima de cualquier otra consideración, es un texto maravillosamente bien escrito que ha conseguido, una vez más, emocionarme: Vive tranquilo, Platero. Yo te enterraré al pie del pino grande y redondo del huerto de la Piña, que a ti tanto te gusta. Estarás al lado de la vida alegre y serena. Los niños jugarán y coserán las niñas en sus sillitas bajas a tu lado. Sabrás los versos que la soledad me traiga. Oirás cantar a las muchachas cuando lavan en el naranjal y el ruido de la noria será gozo y frescura de tu paz eterna. Y, todo el año, los jilgueros, los chamarices y los verdones te pondrán, en la salud perenne de la copa, un breve techo de música entre tu sueño tranquilo y el infinito cielo de azul constante del… Fatego (sic).

 

El poni, al que ya dejamos tranquilo rumiando sus mendrugos de pan, es vecino del colegio D. José Marín, que lleva el nombre de mi viejo, original y pintoresco maestro de Matemáticas en sexto de Bachillerato en la vetusta academia Santo Cristo de la calle Espartero, allá por 1967, cuando éramos tan jóvenes que ni siquiera había acaecido Mayo del 68, al que veíamos llegar cada mañana con su andar tambaleante que le valió el mote, cariñoso por otra parte, de Mister Campanelli…Éramos ocho o diez alumnos. Como por ensalmo, desaparecíamos todos mientras Don José entraba en la Academia, se sentaba en su viejo sillón oscuro de madera y se aplicaba en rebuscar los más difíciles problemas de Matemáticas (concebidos por una mente sádicamente calenturienta) que llevaba en su –para nosotros diabólico- libro de problemas. Luego íbamos entrando en la pequeña habitación que nos servía de aula, situada justo después de la puerta principal de acceso, a mano derecha, tras algunos amagos de pasar como una exhalación por delante de la puerta provocando que el bueno de Don José alzara la vista del libro, pero sin tiempo suficiente como para retener la imagen y conocer la identidad de quien pasaba por la puerta sin entrar. ¡Eh!, ¡ah!, ¡gamberros! Finalmente la clase comenzaba, si es que aquello podía considerarse como una clase al uso desde una perspectiva actual, porque para Don José la única estrategia pedagógica consistía en plantear la resolución de problemas, uno detrás de otro, seleccionados a bote pronto por su nivel de dificultad, y desechando ostensiblemente (pasando páginas de su libro a toda velocidad, entre asqueado y despreciativo) aquellos que le parecían “muy fáciles”, de manera que, indefectiblemente, sacarte a la pizarra, era exponerte a un estoico martirologio en el que lo único seguro es que no sabrías resolver el problema propuesto lo que llevaría aparejada la correspondiente torrentera descalificadora de Don José: ¡¡¡Buurrrooo!!! Un fresco, es usted un témpano…, y lo que es peor, al cabo de un año completo con aquel método, acabábamos convencidos de que no teníamos ni puñetera idea de matemáticas, hasta que llegábamos al examen final en el Instituto Alfonso X el Sabio de Murcia y -¡oh sorpresa!- redondeábamos con éxito un curso entero en apenas dos días, con buenas calificaciones…incluso en Matemáticas. Claro está que la clave estaba en que enfrentándonos al reto de no saber resolver lo difícil, lo fácil, aunque creíamos no saberlo, nos resultaba “tirado” de dificultad, que ése era el intríngulis del peculiar y extraño método pedagógico (sic) del viejo maestro de Matemáticas.

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