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Viernes, 21 de Julio del 2017
Sábado, 28 Enero 2017

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Elogio de la mentira

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Decía Francisco de Quevedo y Villegas (que no es el de “Ciudadanos”), en cita más o menos aproximada, aquello de “¿acaso no ha de haber un espíritu valiente?, “¿nunca se ha de sentir lo que se dice?, ¿nunca se ha de decir lo que se siente?...y lo decía, en una continuada e insistente, casi provocativa, interrogación retórica, para expresar después, de manera poéticamente rotunda, lo que él pensaba sobre una España que ya en su tiempo, hace más de tres siglos, empezaba a ofrecer inequívocos síntomas de degradación, miseria y decadencia.

Pues no, amigo Quevedo (que tampoco es este Quevedo el de los chistes, salvo el de los chistes muy requeteserios), mejor no ser valiente para decir lo que se siente, mejor no ser vibrante e impulsivo para sentir lo que se dice. Mejor la mentira que nos hace menos desgraciados, mejor la restricción mental, el enmascaramiento y atenuación de la verdad cuando ésta es dolorosa, la mentira clemente y piadosa que nos salva del enfrentamiento duro, cruel y hasta insoportable con la verdad, o con la verdad de cada uno, que a fin de cuentas es la única que existe y por tanto la única que importa. De lo contrario la convivencia se nos haría mucho más difícil y problemática, casi insufrible. Si todos fuéramos por la vida contándonos directa y sinceramente lo que pensamos unos de otros, nunca tendríamos paz y armonía, como no la tendríamos tampoco si de verdad nos contáramos nuestra verdad a nosotros mismos. Incluso entre amigos que se aprecian, o entre vecinos que se soportan cotidianamente, o entre compañeros que coexisten en medio de difíciles equilibrios, o hasta entre padres e hijos que se quieren, o marido y mujer que se aman, son necesarias buenas dosis de mentira para poder soportar y sobrellevar la existencia propia o la existencia en común. Si al tonto le decimos que es tonto, si pregonamos que es subnormal el subnormal, si al feo le recordamos su fealdad, y si al imbécil le decimos que lo es, por poner algunos ejemplos, se rompe la baraja de la armoniosa y pacífica convivencia. En buena medida, tratar a la gente con respeto equivale a tratarla desde el eufemismo, la atenuación y la mentira. Hablamos de personas económicamente débiles para no decir que son pobres, nos referimos a discapacitados físicos para evitar la palabra inválido, a discapacitados intelectuales para evitar la palabra tonto o subnormal, decimos niños con necesidades educativas especiales para evitar la palabra retrasados, o insuficiente para soslayar suspenso y personas mayores para evitar la palabra viejos. Se trata de mentiras piadosas que nos ayudan a todos a vivir porque todos tenemos horrores a los que nos cuesta trabajo y nos causa sufrimiento enfrentarnos. Si dijéramos siempre lo que pensamos seríamos más desgraciados y nunca habría paz. Por eso, hay que elogiar el fino, sibilino y sinuoso arte de la mentira, ensalzar y encomiar como buena la sublime y excelsa virtud de la hipocresía, en beneficio de la civilización, de la coexistencia pacífica, de la buena educación que nos hace la vida más llevadera. ¿Por qué ser desagradable? Hay que decir lo que a la gente le gusta oír, aunque sea mentira, hay que ir mintiendo por la vida para que la vida sea menos desagradable. Por eso, viva la mentira que nos hace civilizados y corteses, viva – lo digo otra vez- la sublime y excelsa virtud de la hipocresía…

 

Pero hay que saber mentir para que no se note, hay que ser hipócrita sin parecerlo. La mentira es un constructo que exige mimo, cuidados y depuración artesanal en su elaboración, además de labores de mantenimiento permanente, porque, de lo contrario, puede sonar a retintín, burla o ironía, y eso es peor, mucho peor, que la verdad a secas…

 

Hay que ver siempre la botella medio llena y nunca medio vacía, mirarse del mejor lado en el espejo y olvidarse del espejo de interiores, hay que aferrarse a la esperanza mentirosa de vivir más allá, porque tenemos la certidumbre y la pesadumbre dolorosa de que el vivir de acá se acaba, aunque el de allá no empiece nunca. Hay que mentir y hay que mentir bien; por eso, además de una virtud, la mentira es un arte. Mentimos para vivir porque la mentira es necesaria para la vida. Todo consiste en saber mentir bien para que el otro, la otra, o nosotros mismos, no nos demos cuenta de que estamos (de que nos estamos) mintiendo.

 

Amigo Quevedo, aunque tú no preguntabas realmente, y tus interrogantes sólo eran retóricos, yo respondo a tus preguntas como si reclamaran una respuesta: no, no ha de haber ningún espíritu valiente. Nunca se ha de decir lo que se siente. Nunca se ha de sentir lo que se dice. Seremos así más felices, o, siquiera, un poco menos desgraciados.

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