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Viernes, 20 de Setiembre del 2019
Viernes, 14 Agosto 2015

El Viaje (final) a ninguna parte, el viaje de mi amigo Pedro Luis

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Padre e hija en The Cavern Padre e hija en The Cavern

CLR/Bartolomé Marcos.

Después de muchos viajes imaginarios, alucinantes, disparatados, agónicos, e, incluso, a Ninguna Parte (que él ya ha estado allí, me consta, me ha contado lo que ha visto, y ha vuelto) y hasta a la Tierra de Nunca Jamás y el Érase una vez (que no sólo está en la Esquina del Convento), mi amigo Pedro Luis (Almela) por fin se decidió a viajar.

Como era de esperar (aunque él no lo sabe pero lo barrunta dolorosamente de vez en cuando) ha empezado por el final, por si no tuviera ocasión de repetirlo, y ha recalado durante 5 inolvidables días de Agosto, del lunes, 3 al viernes, 7, en Londres...y Liverpool...claro, que la de Liverpool era excursión obligada por inexcusables querencias intestinas e imperativo categórico de las entrañas y de su propia autobiografía. Si este maestro de escuela, pasado después a secundaria, ha vinculado su trayectoria profesional con la enseñanza del inglés, ha sido por influjo directo de su beatlemaníaca pasión, por saber lo que decían las letras de aquellas melodías rompedoras, pegadizas e inolvidables. Lo que él sabe de inglés lo sabe por ellos y lo que otros saben de inglés porque él se lo enseñó lo saben también por ellos. No podría morirse sin hollar con sus pasos mortales, dejando siquiera fotográfica constancia, el famoso paso de cebra de Abbey Road, ni dejar de posar en mimética expresión, frente a the Cavern, junto a uno de sus pocos ídolos, John Lennon.

 

Verán...les cuento...Pedro Luis recorre conmigo casi todos los días entre 8 y 12 kilómetros de esos senderos y caminos de los alrededores de Cieza que han sufrido el asedio hostil de las llamas esta última semana. Son dos horas de diaria conversación que dan mucho juego, aunque para la inmensa mayoría de los seres humanos, ciezanos incluidos, serían un verdadero coñazo, seguro. Bueno...a nosotros nos da igual. Así que mi amigo Pedro Luis me contó la previa del viaje, me hizo crónica sumaria y puntual de su transcurso y me sigue contando cada mañana la peripecia, el anecdotario y la vivencia, del que habrá sido, sin duda, uno de los viajes de su vida. A instancias mías, desde luego, en lo que ha resultado más siempre interrogatorio que confidencias. Y es que viajes como éste están hechos para vivirlos, revivirlos y rememorarlos.

 

Ha coincidido el viaje con la graduación de su pequeñica, su Bea, que a sus diecisiete maravillosos e irrepetibles años, acaba de culminar un bachillerato para quitarse el sombrero: ¡chapeau, Bea!, y que además ha formalizado matrícula universitaria en la Universidad de Murcia, zona noble, campus de la Merced, en Filología Inglesa. Así que el viaje resultaba pintiparado; pero no se llamen a engaño, no te engañes, Pedro Luis, no ha sido un regalo de padre orgulloso a su aplicada hija, sino que Pedro Luis se ha hecho un merecido regalo a sí mismo, se ha homenajeado, porque podía permitírselo, con un brindis al sol y a la bruma londinense, que ha resultado más completo y redondo, más íntimamente satisfactorio, porque iba acompañado de su hija. Pedro Luis tiene tres hijos, un chico y dos chicas, y estoy completamente seguro de que le habría gustado ir acompañado de los tres. Desde luego, en su corazón estaban.

 

Pedro Luis y Bea han hecho el viaje de la mano de “El Corte Inglés”, buena elección que, a pesar del pérfido apellido, es Marca España de la mejor, esa que, ahora, incomprensiblemente, tantos españoles a su pesar –y sólo por esnobismo trasnochado, recalcitrante cabezonería e insolidario peseterismo aureolado de patrioterismo barato y -¿por qué no decirlo?- ridículo, se esfuerzan porque desaparezca. Salvo algún pequeño desajuste inicial en la recepción en el aeropuerto londinense de Gate, y el inesperado cobro una mañana de 20 libras esterlinas por el desayuno, que en principio estaba incluido, como finalmente se aclaró, el viaje se desenvolvió punto por punto de acuerdo con el guión trazado, si exceptuamos el escrupuloso y humillante cacheo al que nuestro hombre en Londres y Liverpool se vio sometido antes de embarcar en viaje de regreso en Easy Jet, la línea de bajo coste que también funcionó perfectamente para llevarse a mi amigo y su hija y para traérnoslos sanos y salvos, pasando en apenas dos horas del brumoso y casi otoñal Londres al infierno desatado de esta querida y áspera tierra nuestra.

 

Aparte de la sentimental excursion (¿ven como el inglés no es tan difícil?...ahora, atrévanse a hablarlo de corrido con un nativo, o sea, un indígena de aquella isla, y a entender algo que no sea el a cup of coffee con leche in Plaza Mayor), Bea y Pedro Luis recorrieron en metro, autobús y finalmente por comodidad que podían permitirse, en taxi, los lugares más emblemáticos de la megalópolis (de 12 a 14 millones de habitantes), es decir, pagaron el peaje obligado de los tópicos inexcusables para el turista, y comprobaron como lo comprueba cualquier español que se acerca hasta aquellas tierras, lo mal que se come en Inglaterra; pero lo importante es que mi amigo Pedro Luis, en un hermosísimo viaje íntimo pleno de sensaciones intraducibles ni al español ni al inglés, estaba cerrando un círculo importante en su vida que acabó de confirmarle su mediterránea desafección y su irresistible vocación atlántica. Volvería a irse mañana mismo para nunca jamás volver.

 

Pedro Luis Almela, un idealista desilusionado que se ha quedado a las puertas de ser un cínico como yo, ha hecho realidad una de las ilusiones de su vida. Debería contarlo él, que sabe hacerlo, pero lo hago yo, que también sé, con o sin su permiso. ¡Va por usted, maestro!

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