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Martes, 12 de Diciembre del 2017
Sábado, 22 Julio 2017

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. El mundo en que vivimos

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Hace cuarenta o cincuenta años, y yo creo que incluso bastantes menos, casi nadie intuía hasta dónde podría llegar la televisión, que se ha convertido a la vez en antídoto contra problemas tan dispares como la soledad y el insomnio, y que ha contribuido y contribuye de manera decisiva a la entronización generalizada del aborregamiento, la banalidad y la burricie.

Sobre todo si la empresa que hay detrás de los canales se llama MEDIASET. Y aún dicen –incluso después de la aparición de Pedro Sánchez- que la del burro de pura raza es especie en peligro de extinción en España. Digo yo que serán los de pura raza, porque burros, lo que se dice burros, aún quedan en España muchos millones, y no están precisamente en peligro de extinción, sino de multiplicación prolífera y descontrolada. La inmensa mayoría de los españoles hemos pasado a engrosar la aburrada especie de los espectadores pasivos pero bien entretenidos. La consigna es huir del aburrimiento pero la oferta que se nos ofrece acaba por hacernos caer casi siempre en el divertido aburramiento.

 

Empiezo a no entender el mundo y va siendo hora de enarbolar la bandera de la individualidad responsable y empezar a afrontar nuestro futuro como personas y como especie lejos de la muelle y decadente contemplación de las pantallitas, donde están los otros, y donde, de estar nosotros, estaremos tan tontamente como ellos. Según parece, hemos llegado al estado de bienestar del que aún disfrutamos, gracias al progreso que, por cierto, de tanto correr sin freno, amenaza ya con paralizar el mundo, y si hace algunos años el coche era un medio de transporte para llegar antes a un sitio, está acabando por convertirse en el espacio en que se vive, atrapados como quedamos y como quedaremos aún más en el futuro, en el gigantesco atasco (ya está comprobado que en una gran ciudad, los antiguos coches de caballos tardaban menos tiempo en trasladarse de un lugar a otro de lo que tardan los actuales automóviles en hacerlo, dadas las complicaciones de tráfico que están convirtiendo las ciudades en varados montones de chatarra, clamor de cláxones y ensordecedora, arisca y destemplada babel de insultos. Una imagen para el optimismo, sin duda).

 

Sí. Hace treinta o cuarenta años no pensábamos adónde nos llevaría la televisión, fumar no producía tantos cánceres (qué raro, ¿verdad?), y en las películas americanas la mayor parte de los actores adornaba su actuación cigarrillo en ristre y envueltos en densas volutas de (ahora lo sabemos) tóxico humo; y hasta resultaba apasionante y no tan peligroso como ahora salir de copas al volante, haciendo parada y fonda en tres, cuatro o cinco bares de carretera, sacando la cabeza por la ventanilla para despejarla (o para echar la pota), o tomar el sol sin protección en la playa, o practicar el sexo, y no nos crecía la barba en un embotellamiento de tráfico en cualquier esquina.

 

Además, ahora tenemos también Internet. Entonces ya existía pero no nos habíamos dado cuenta de sus inmensas posibilidades; otro invento de un progreso que nos trajo la bomba atómica, la degradación medioambiental y la dieta –más mala que el tabaco, de la comida basura, que no sabemos adónde nos llevará –o llevará a los que puedan contarlo- dentro de otros treinta o cuarenta años. ¡Ah, Internet, otro buen invento para no enfrentarnos a la soledad, o, lo que es lo mismo, para no enfrentarnos a nosotros mismos, un invento que, en su desarrollo futuro, provocará conflictos innumerables de identidad personal y colectiva y conciencia del mundo, de la vida y de los otros y modificación profunda e irreversible de usos y costumbres. Ya lo está haciendo.

 

No estoy en contra de la televisión, sí de su avasalladora omnipresencia y de su decidida vocación por reducir a cero la actividad cerebral de los espectadores. No estoy en contra del progreso, aunque sí del progreso a toda costa, y determinadas derivaciones del progreso tecnológico, le hacen a uno añorar la selva. Por eso, miren ustedes: ni realidad virtual, ni historias para no dormir, ni entretenidos bodrios televisuales para dormir más y mejor. Mientras quede aliento sigo prefiriendo el estremecimiento tenso e intenso de la carne, el sabor y el olor de los cuerpos; sigo prefiriendo, en definitiva, tocar la vida.

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