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Lunes, 24 de Abril del 2017
Viernes, 11 Noviembre 2016

El Viaje (final) a Ninguna Parte. El Gran Silencio…pero menos…

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

En este caso mi paseo rural de buena mañana en el que les propongo que me acompañen hoy no discurre por los campos de Cajitán de Mula, a través de idílicas aunque resecas llanuras, donde el alma se recoge en su almario, se encierra en sí misma y se serena, sino por zonas y espacios muy cercanos, situados a apenas un tiro de piedra de la ciudad, bajo el aparentemente inalterado e ineludible telón de fondo del monte de la Atalaya y el cerro del Castillo, esos dos familiares y omnipresentes decorados que configuran la apariencia más o menos típica y tópica de nuestro entorno desde tiempo inmemorial.

Están ahí mismo, que esa es otra de las grandes ventajas que tiene el disfrute de los maravillosos alrededores de Cieza: la posibilidad de acceder a ese disfrute sin tener que desplazarse a ellos por otro medio que no sea el popular “coche de San Fernando”…o sea, andando. Pasear por la zona constituye un indudable placer, si bien la placidez se ve perturbada frecuentemente por conversaciones, gritos extemporáneos, o ruidos producidos por motores de vehículos, motocicletas de escape libre –que eso si que tiene delito, o debería- y maquinaria agrícola. O sea que tranquilidad. sí, silencio, también pero algo menos.

 

Hay una gran diversidad de recorridos, combinables a gusto del caminante, cuya distancia oscila entre los 8 y los 12 kilómetros, que pueden hacerse entre las dos horas y dos horas y media, a una velocidad discreta de paseo rápido de entre 4 a 5 kilómetros por hora. Se trata siempre de paseos circulares, porque a fin de cuentas una y otra vez se vuelve al punto de partida…Desde lo que yo he dado en llamar “poblado troglodita” por una peculiar construcción a partir de enfoscado de cañas y cemento, ubicada en una pequeña explanada contigua al Puente de Alambre, iniciamos la subida hacia el primer camino de la Atalaya por una empinada cuesta, promediada la cual nos encontramos con una primera sorpresa botánica, con placa explicativa y todo: la “olivera de los fantasmas”, un árbol espectacular, probablemente más que centenario, cuya denominación viene referida a una antigua leyenda que hablaba de horribles apariciones de espíritus entre las ramas de la olivera que podían llegar a abducir a quienes se atrevieran a pasear o curiosear por la zona, particularmente a determinadas horas de la tarde-noche. La realidad tiene poco que ver con los fantasmas, sino más bien con la existencia en las inmediaciones de un prostíbulo en las primeras estribaciones del monte de la Atalaya y el interés de sus propietarios en inventar y difundir una truculenta aunque inverosímil historia, que mantuviera alejados del lugar a los curiosos, niños, y moscones en general. La “olivera de los fantasmas” es un árbol espectacular que ha crecido desparramándose a lo ancho, como crecen las oliveras, mientras que apenas a 50 metros de la olivera alza su porte imponente un sensacional ejemplar de pino mediterráneo de unos 20 metros de altura. Aunque sólo fuera por saludar a estos extraordinarios seres vivos ya merecería la pena el paseo, pero es que además en ese mismo tramo del recorrido dos tupidas higueras de intrincada maraña ofrecen cada año su generosa y dulcísima cosecha de higos verdales y brevas al alcance de la mano del paseante, y un granado hace lo propio con una bien nutrida colección de rojísimas granadas que cuelgan tentadoras de sus ramas. Junto a ello, una sucesión de huertos de limoneros, mandarinos y naranjos y la sorpresa del regato saltarín de la acequia de la Andelma cruzando el camino. Idílico, sin duda.

 

Al culminar la cuesta giramos a la derecha, hacia el oeste, para seguir el recorrido que propone el primer camino de la Atalaya, mientras la vista se recrea con la visión, a un lado, del rosario de huertos que queda algo más abajo y del Paseo Ribereño más abajo aún, y, al otro lado, las entradas y salidas, los pliegues y surcos del bajo-monte de la Atalaya, alguno de los cuales aprovechan los caminantes para mear con discreción sin ser vistos, que todo hay que decirlo. Vamos por el primer camino de la Atalaya, un camino bautizado tiempo atrás como paseo de los eucaliptos por ser éste el tipo de árbol que más frecuentemente nos encontramos. El pestor a cagarruta nos anuncia la dura cuesta de las cabras, así denominada por la explotación caprino-lechera ubicada al término del camino. Ya podían pensar nuestras autoridades en un cambio de ubicación para las cabricas, o a ver si vamos a tener que hacerle la petición o encargarle la gestión al nuevo, inesperado y prepotente emperador del mundo. Despacico se sube la cuesta sin problemas, girando después hacia la izquierda para enfilar el camino-sendero que nos llevará hasta el cruce de los cuatro caminos, en un ascenso gradual y suave que nos descubre vistas y perspectivas bellísimas, extraordinarias, del propio monte, del pico de la Atalaya, o de los restos de la antigua fortaleza en inverosímil puntacana sobre el cerro al que da nombre. Hay zonas en que este camino, según cómo rebrille el sol sobre el suelo, o sobre los árboles, pinos ya en su inmensa mayoría, se configura como un sendero de ensueño, de película fantástica, de cuento de hadas o hasta de catástrofe soñada en la que el volcán de la Atalaya desata el infierno sobre la ciudad desplomándose finalmente sobre ella, que es lo que está haciendo lentamente desde hace siglos, porque es curioso comprobar que este monte amigo está hecho de derrumbes y cualquiera de las grandes piedras que hay desparramadas por sus laderas puede alcanzar el río, taponarlo y provocar tremendas inundaciones que pueden llevarse por delante toda la Era y el Fatego por lo menos, cuando no hasta el Hospital, el Tanatorio, el IES Los Albares, la sala de barrio, el campo de fútbol de la Arboleja, la Basílica de la Asunción y qué sé yo cuántas cosas y casas y personas más…Lo digo porque todo eso se ve desde allí y a mi cabeza, que no para, le viene un mal sueño que tuvo un día en el que la Atalaya se convertía en un castillo, pero de fuegos artificiales. La de la Atalaya con Cieza es una historia de amor (y de odio, como todas las historias de amor) y sé que un día, de tanto querernos, acabará por engullirnos.

 

Llegamos al cruce de los cuatro caminos y comenzamos la parte más dura, el medio kilómetro de subida en zigzag hasta la explanada del Santuario de la Virgen del Buen Suceso, copatrona de Cieza junto con San Bartolomé. Desde allí, bajada rápida, saltimbanqueando casi (cuidado con la artrosis) hasta el poblado troglodita. La excursión supone apenas hora y media y les puedo asegurar que queda uno reconfortado, física y espiritualmente, para los siguientes dos o tres días. Aunque no hayamos ido en realidad a ninguna parte (nunca, nadie, va a ninguna parte) se la recomiendo.

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